Misterio y Terror
Silencio Roto
La única frecuencia que ya no existe es la que más necesito.
Por Volumen Cero
Todo empezó el martes pasado, justo a mitad de una rola de jazz fusión que me fascina. Estaba tirado en la cama con los audífonos puestos, disfrutando del bajo pesado, cuando de repente la melodía se desdibujó. Los instrumentos se separaron de golpe y se convirtieron en ruidos insulsos. Pensé que era la aplicación del teléfono que estaba fallando, así que le puse play a un corrido tumbado que siempre me prende para limpiar la casa. Nada. Los acordes de la guitarra eléctrica sonaban idénticos al golpeteo de una cuchara contra un vaso de plástico.
Al principio creí que era una broma pesada de mi mente, un cansancio acumulado por tanto chambear en la agencia y desvelarme buscando vinilos raros en la Lagunilla. Pero no. Con los días, la anomalía se volvió absoluta. Ya no hay atajos sonoros que me salven. Me puse los audífonos en el Metro, entre Chabacano y Balderas, esperando que el bullicio de la gente me devolviera la fe, pero los vagones traen la misma maldición. Veo a los chavos cabecear al ritmo del reguetón que sale de una bocina portátil y yo solo percibo un golpeteo hueco y monótono, como si golpearan una caja de cartón con los nudillos.
Y no es que me esté quedando sordo, ojalá fuera eso. El audiograma que me hice la semana pasada salió impecable, con los agudos y graves bien marcados. Escucho perfectamente el claxon de los micros, el ladrido lejano del perro del vecino y hasta cuando mi jefa me grita desde la cocina que ya se va a hacer tarde. El problema no es el sonido.
El problema es la música.
Lo más tenebroso no es el silencio, sino lo que ocupa su lugar. Ayer por la noche intenté escuchar una sinfonía de Beethoven, una de esas piezas que te erizan la piel. Me quedé en completo silencio en mi cuarto, con las luces apagadas, dándole play al estéreo. La música seguía sin sonar, pero la bocina empezó a emitir otra cosa. Era un murmullo bajo, una especie de respiración acompasada que no venía de la grabación.
Apagué el aparato de inmediato, con el corazón en la garganta. Sin embargo, el sonido no se detuvo. Venía de la esquina de mi cuarto, justo donde se juntan las sombras del librero. Agucé el oído y me di cuenta de lo que era. Era una voz diminuta y arrastrada, como si alguien estuviera cantando despacito por debajo de la tierra, tarareando una melodía desafinada que me taladraba las sienes.
Me asomé con miedo y no había nadie. Hoy por la mañana intenté poner una cumbia para relajarme mientras me hacía un café. La bocina volvió a callar la melodía, pero esta vez el murmullo se escuchó más claro, más cerca, casi pegado a mi oreja izquierda. Me dice cosas sin sentido, notas que no existen en ninguna escala, frecuencias graves que me taladran los huesos y me dejan una sensación helada en la nuca.
Ya entendí lo que pasa. No estoy perdiendo el oído. Estoy perdiendo el mundo. La música era lo único que tapaba el ruido de fondo que siempre ha vivido en lo más recóndito de mi cabeza. Y ahora que las canciones se apagaron, ese otro sonido ya encontró la puerta abierta para entrar.