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Misterio y Terror

El susurro de la insuficiencia

El terror petrifica la piel cuando susurra la insuficiencia

Por Susana

La neblina comenzaba a desprender un olor a trementina suave, a madera vieja mojada y a resina fresca que se activaba con el frío de la sierra de laurel. La noche caía con tal peso que el nudo en su estómago se hacía más profundo. El eco de sus pasos entre la hojarasca retumbaba en sus pensamientos confusos, mientras el corazón parecía empeñado en llevar un ritmo distinto al de su respiración.

Aceleró el paso, dejando caer los pies con mayor firmeza, como si en cada uno pudiera entregarle a la tierra el fuego que la consumía entre tantas posibilidades. Pero cuanto más avanzaba, más crecía su ansiedad. Había comenzado a escuchar otros pasos. Se detuvo. Los pasos también.

Miró hacia atrás. La neblina apenas le permitía distinguir los troncos húmedos de los árboles. No había nadie. Volvió a caminar, esta vez más despacio. Escuchó cómo las hojas crujían bajo sus zapatos y, apenas un instante después, volvió a oír aquel sonido. El mismo ritmo. La misma cadencia. Pero ahora no era un solo par de pasos. Eran decenas, quizá cientos, pisando la hojarasca a su alrededor. Algunos ligeros, otros apresurados, todos empeñados en seguirla. Aceleró, y el sonido se multiplicó. Se detuvo. El bosque entero pareció detenerse con ella. No podía ver a nadie, pero tenía la aterradora certeza de que todos esperaban algo de ella.

Se sentía rota, agotada, completamente drenada. La pasión que alguna vez encendió su fuego en energía creadora ahora parecía atropellarla en dudas y expectativas. Había pasado tanto tiempo intentando anticiparse a todo, encontrar soluciones, cuidar los vínculos, responder a cada necesidad, que ya no sabía distinguir entre lo que deseaba y lo que temía perder.

El sonido se acercaba, haciendo eco. Quiso correr, pero las piernas dejaron de sostenerla. Cayó de rodillas frente a un espejo de agua que, inexplicablemente, permanecía inmóvil a pesar del viento, evocando una pasividad que siempre le había provocado ansiedad.

Se inclinó para reincorporarse, buscando de dónde tomar una reserva de energía, y encontró su reflejo. Conocía aquella imagen mejor que nadie: los ojos cansados, el cabello desordenado, el rostro húmedo. Sin embargo, esos ojos vacíos le provocaron ese nudo en el estómago que anuncia que algo no está bien.

Su reflejo permanecía inerte. Ella llevó una mano al pecho. La figura del agua siguió su movimiento con el vacío de sus ojos. Retrocedió. Entonces, desde el fondo, aquella imagen levantó lentamente la cabeza y sonrió.

Quiso gritar, pero el sonido se quedó atrapado en su garganta. El agua comenzó a agitarse desde el centro, aunque nada la tocaba. Primero emergieron las manos, después los hombros y, finalmente, un cuerpo idéntico al suyo, empapado, con los ojos tan vacíos que parecían absorber la poca luz que atravesaba la neblina. La criatura caminó hacia ella y se sentó enfrente. Durante unos segundos, ninguna habló.

—¿Por qué no quieres mirarme? —preguntó finalmente—. He tratado de hacer todo para que me escuches.

Aquella voz le resultaba insoportablemente familiar. No solo por su sonido, sino por la manera en que pronunciaba cada palabra, por las pausas, por ese pequeño temblor que aparecía cuando estaba a punto de llorar. Era su voz. Ella intentó incorporarse, pero las manos le temblaban. Su corazón golpeaba con tanta violencia que sintió que terminaría rompiéndole las costillas.

—¿Qué eres?

La criatura inclinó la cabeza, casi con ternura.

—Te diría que me impresiona tu capacidad de escuchar con atención, de guardar en tu memoria cada deseo, necesidad, anhelo o antojo de quienes amas. Esa manera de abrazar con el corazón al otro para hacerle el trayecto más ligero, de buscar siempre la solución que le brinde paz.

Hizo una pausa.

—Pero no me impresiona. Conozco desde dentro cada uno de tus gestos.

Ella comenzó a llorar. Quiso apartar la mirada, pero descubrió que la criatura había reproducido exactamente la posición de sus manos.

—¿Qué quieres de mí? Estoy demasiado cansada. No pienso con claridad. ¡No puedo hacerme cargo de ti ahora!

La criatura no respondió inmediatamente. Levantó una mano y la acercó a su rostro. Ella retrocedió, aterrorizada ante la posibilidad de sentir aquellos dedos húmedos sobre la piel.

—Eso es lo que siempre dices —susurró—. Ahora no. Después. Cuando todo esté resuelto. Cuando nadie necesite nada de ti.

El viento dejó de soplar.

—He estado contigo cuando te has quedado despierta intentando encontrar una respuesta. Cuando has sentido vergüenza por no saber algo. Cuando has confundido una equivocación con la posibilidad de dejar de ser amada.

Ella apretó los ojos.

—¡Cállate!

—También estuve ahí cuando te exigiste un poco más, aunque ya no podías. Cuando sonreíste para que nadie notara que estabas agotada. Cuando pensaste que, si dejabas de ser útil, alguien terminaría marchándose.

Los pasos volvieron a escucharse entre los árboles. Ella giró la cabeza, aterrorizada. La criatura, en cambio, permaneció inmóvil.

—¿También los escuchas? —preguntó.

—Desde hace mucho tiempo. Son todas esas expectativas que has cargado, las tuyas y las que has creído que los demás tienen sobre ti. Algunas ni siquiera te pertenecen, pero las has alimentado tanto que ahora saben seguirte.

Un sollozo le sacudió el cuerpo.

—¡Basta! ¡He hecho todo esto para cuidar de ti! Para que los vínculos de amor no se rompan, para que puedan quedarse en mí.

La criatura se levantó. Por primera vez, ella reparó en algo espantoso: mientras su propio cuerpo temblaba, aquella otra mujer permanecía perfectamente serena. No parecía sentir frío ni cansancio. Sus pies mojados no dejaban huellas sobre la tierra.

—Lo sé —respondió—. He sentido cada uno de tus esfuerzos.

Un relámpago iluminó el bosque. Durante un instante, los ojos vacíos resplandecieron y ella alcanzó a distinguir, bajo la piel de la criatura, una red de pequeñas grietas que recorría sus brazos y ascendía por el cuello.

—Tus heridas fueron tejiendo una fibra rígida alrededor de nuestra consciencia —continuó—. Pensaste que así nos protegerías. Pero cada vez que intentaba detenerte, me llamabas miedo. Cada vez que te pedía descansar, me llamabas insuficiencia.

La criatura extendió las manos.

—Mírame.

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Mírame.

La orden no fue más fuerte, pero algo en aquella voz hizo que levantara los ojos. Entonces lo vio: las grietas de la criatura eran idénticas a las pequeñas marcas que comenzaban a aparecer en sus propias manos. Se frotó la piel desesperadamente. No desaparecieron.

—¿Qué me estás haciendo?

—Nada que no hayamos comenzado hace mucho tiempo.

La neblina se cerró a su alrededor. Ya no distinguía los árboles ni el camino por el que había llegado. Solo quedaban el espejo de agua, la criatura y aquel silencio que parecía respirar entre las dos.

—Sé que tu herida te ha convencido de que, para ser amada, tienes que ser suficiente. Que debes resolver, anticiparte, sostener, demostrar. Has hecho del sobreesfuerzo una forma de pertenecer.

La criatura se acercó hasta quedar a unos centímetros de su rostro.

—Pero dime algo…

Ella sintió el aliento helado sobre los labios.

—Si mañana dejaras de hacer todo eso, ¿quién crees que se quedaría?

La pregunta le atravesó el cuerpo con una violencia que ningún grito habría conseguido. Quiso responder. Pensó en nombres, en rostros, en todas las veces que había sido necesaria. Buscó una certeza, aunque fuera pequeña, algo a lo que aferrarse. No encontró ninguna.

El terror le petrificó la piel.

La criatura observó su silencio. Sus ojos, antes vacíos, comenzaron a llenarse lentamente de lágrimas.

—Eso es lo que he intentado decirte —murmuró—. No necesitas demostrarme nada para que pueda amarte.

Ella extendió una mano, todavía temblorosa. Por primera vez no quiso huir. Sus dedos tocaron los de aquella figura y sintió algo más aterrador que el frío: reconoció su propia piel.

El agua comenzó a moverse detrás de ellas. Miró hacia el espejo. En la superficie había una sola mujer arrodillada. Pero cuando volvió la cabeza, la criatura seguía frente a ella.

—¿Cuál de las dos soy yo? —preguntó.

La criatura sostuvo su mirada durante un largo instante.

—Esa es la pregunta que llevas toda la vida evitando.

Y en algún lugar del bosque volvieron a escucharse pasos. Esta vez, ninguna de las dos se movió.

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