Creatividad
Mi mamá tarareando.
Desde la antología "Reinos piadosos" de Letraria editorial. Espero disfruten la compañía de un amigo tan viejo como el mundo.
Por Raziel A. Llanes
No era la primera vez que lo había visto. Talvez era la tercera. La primera fue cuando murió mi hurón “Both”. La segunda cuando mi madre murió. Esta vez, vino a visitarme a mí. Los últimos rayos de sol estaban entrando por la ventana, haciendo ver las partículas como nieve dorada con brillos rosados. Me siento tan cómodo, y el atardecer es tan perfecto, le pedí a la enfermera una silla para no perdérmelo. Por fortuna no tenía interés en cuidarme la muchacha por estar hablado con su novio, que me dio privacidad. Este silencio, le falta una canción. Comienzo a tarareas lo mismo que mi madre cuando me arrullaba para dormir, cuando me abrazaba para consolarme, y cuando quería decirme que me amaba. Por desgracia alguien interrumpe mi hermoso momento.
— Buenas tardes Samuel. Haces bien en disfrutar este momento. No siempre te detienes a ver los atardeceres. Y tenía tiempo que no pensabas en tu madre. — hablo el joven.
No es un doctor este muchacho. Lleva un uniforme, pero no parece un enfermero.
— Ah. Eso es porque no lo soy.
Miro por un rato al muchacho desenvuelto frente a mí. Tengo noventa y cinco años. Y no me resultaba difícil, ni de pequeño reconocer a un personaje tan celebre como este.
— Llegas un poco tarde ¿O no? ¿Las muertes no saben el concepto de la puntualidad? Mira la hora que es. — digo burlándome.
— Al contrario, amigo mío. Lo conozco muy bien, solo disfrutaba mi camino aquí. Fuera del hospital tienen unos helados deliciosos. Pero eso tu lo sabes. Tu hija Adriana te trajo uno de dulce de leche que te encanto. Y con razón, es exquisito.
Este muchacho. Hasta se parece a mi sobrino cuando tenía veinticinco años. Siempre me lo llevaba a escondidas para comer helado mientras su padre se iba a trabajar. Ahora que lo pienso, es un buen momento para morir. Tal vez yo ya había vivido lo suficiente, pero no siento miedo. El dolor en el pecho que sentía esta mañana dejo de existir. Morir sin dolor. Que alivio.
— Tu tomate tu tiempo Samuel. Tu hermosa “esperanza” te espera, pero no olvides lo que te dijo: “De mí no te libras ni muerto, te cuido mientas estas vivo. Porque aún muchos lugares a donde ir, aunque estemos muertos después. Ni desperdicios tus pensamientos en mi porque me veras. Aprovecha y piensa en otra persona que no veras después”. — dice la muerte.
— ¡Jajaja! Mi Leticia. Ni muerta olvida nada. Yo era el olvidadizo desde que nos conocimos en aquella tienda cuando nos peleamos por la ultima lata de garbanzo para el caldo de res. Ese gancho lateral que me dio en la cara fue lo que me hizo querer hacerla mi esposa. Ninguno de mis alumnos en mis clases de boxeo logró algo así.
Doy un suspiro. Miro la ventana por ultima vez y chasqueo los dedos. La habitación se convirtió en un fondo de acuarelas mojadas de color azul pastel.
— Que arrogante eres Samuel. Eso me tocaba a mí. — dice la muerte.
— Llegaste tarde, no te presentaste y encima llegas todo presumido como un enfermero. Por supuesto no te cedería el privilegio de tener total control niño. — Me burlo del chico. — ¿Y que esperas tonto en darme tu nombre?
— Dime “Domingo”. En honor a este día.
— Mejor te digo tonto. — me río otra vez. — Desde aquí se nota que envejecí con gracia. Hasta mi calva se ve de galán.
— Ahora quien es el arrogante anciano. — dice Domingo con ironía.
— ¿Anciano? Mírame, ahora tengo treinta años.
Di tres aplausos, y la vista de mi cuerpo se fue. Transforme la habitación de acuarela, en un con pisos de madera, de ladrillos y una vista a la cocina. Se podía ver el vapor de las ollas. Una brisa de café estaba en el aire junto al olor de malvaviscos frescos.
— La casa de mi infancia— susurré
Tuve momentos felices con mi esposa, con mis hijos, mis nietos, mis sobrinos e incluso hermosos bisnietos. Ellos ya fueron honrados. Pero ahora, toca honrarme a mi mismo, con un arrullo de mi mami. Mi cuerpo ya no era el de un anciano cansado con dolor, respiraba bien, mi corazón latía sanamente, mis manos eran firmes y sin manchas. Vi a mi madre limpiando la cocina mientras cocinaba un guisado de hongos. Estaba tarareando con una sonrisa. Tenía el cabello recogido con unos ojos cansados.
— Este no es el momento que quiero tener. — dije con un nudo en la garganta— Ella aquí no era feliz.
— Ten paciencia - respondió Domingo— Los recuerdos también se disfrutan como en las películas.
La escena avanzó, como un largometraje. Vi las discusiones difíciles de mi madre, vi cuando se escondía para llorar, vi su fatiga luego de haber trabajo en sus dos trabajos. Yo era un niño que observaba sin entender nada. Sentí la vieja culpa, esa que nunca se va del todo y no dejas de recordar. Me duele mucho.
— ¿Por qué me muestras esto? — pregunté molesto—. He vivido bien mi vida, de forma honesta y decente, hice lo posible para que a mi familia no le faltara nada, y que no pasaran lo que mi madre. Me esforcé para que ella no se volviera a cansar así ¿Es divertido verde así? ¿Intentas torturarme?
— ¿Por qué la felicidad que buscas nació aquí? — dijo— Y solo se entiende cuando ves lo que la precede.
La cocina cambió. El aire se llenó de música de radio, una canción sencilla, alegre. Vi a mi madre sentada. Estaba tarareando al ritmo de la canción. Se veía tan calmada, era su propio espacio.
Un niño se acercó corriendo con un peluche en su espalda. Era yo.
— Mami, mira lo que te compré.
— ¡Mi vida! ¡Qué hermoso! — mi madre se puso a abrazar su regalo. Abrazo a mi “yo” niño con fuerza y me dio muchos besos escandalosos. — Gracias, mi niño hermoso, gracias.
Me acordé. Trabajé a escondidas recogiendo latas y ayudando en mandados para comprarle un peluche a mi mamá.
Vi a mi mamá con muchas ganas de tenerlo. Me dije “tengo que comprarlo para ella”. Lo olvidé un tiempo, pero lo que me dijo después de recibir el peluche me cambió por completo.
— Mi niño. Te voy a decir un secreto. Cuando tú naciste cumpliste uno de mis sueños, ser madre. El otro, que crecieras sano. Uno nuevo, que te vuelvas un hombre sin arrepentimientos. Pero acabas de cumplirme un sueño que había olvidado.
— ¿Cuál?
La energía juvenil que tenía hace poco, había desaparecido. Mis piernas perdieron estabilidad, me ahogué en llanto mientras me abrazo a mí mismo. Toda mi cara está mojada por mis lágrimas. Tomo fuerza para soportar el momento y no perderme ni un solo momento.
— Mi primer peluche. Cuando era niña nunca pude tener uno porque, tenía que ser “grande” para cuidar de mis hermanos. Entonces los adultos no podían tener juguetes. Pero mi hombrecito, me dio este regalo. Soy muy feliz.
La música se escucha más fuerte. Y empecé a hablar a la mujer enfrente de mí.
— Mamá. Si fui feliz. Tú también lo fuiste. No me arrepentí. Fui feliz, y te compartí esa alegría, mis hijos, mis nietos te conocieron o lloraron conmigo cuando te fuiste. Festejamos que viviste. Siempre te extrañé. Siempre te amé. Gracias mamá, me hiciste muy bien. Me hiciste muy feliz.
Dejó de llorar cuando la música dejo de sonar, y mi mamá estaba frente a mí. Me estaba mirando. Me estaba sonriendo. Abrió los brazos y me estrechó, sentí su calor, me estaba abrazando como cuando le tenía miedo a la oscuridad. Dio un suspiro y me dio un beso. La casa empezó a apagarse, y ella a desvanecerse.
Volví a la habitación del hospital. Los últimos rayos de sol, se habían ido.
— Fuiste un buen cliente. — dijo Domingo con una sonrisa.
— Lo sé. Ahora llévame con mi esposa. Necesito que me consienta un rato. Y el jardín que “allá” seguro necesita cuidado. Siempre dejaba bien fértiles los jardines, pero era muy perezosa para quitar las hierbas malas y para podar las plantas. Ya tuve suficiente de ti.