Creatividad
Lo que fue, lo que pude ser y lo que nunca pasó.
Hay respuestas que llegan demasiado tarde y preguntas que nos acompañan durante toda una vida. Hoy tengo el valor para decirle todo lo que callé.
Por Neritza Moya
La luz del sol me molestaba.
Y no porque me quemara. Era algo más personal.
Brillaba demasiado. Tan hermosa, tan pacífica, tan maravillosa... como si el mundo no tuviera motivos para detenerse.
En serio, no podía creerlo.
¿Pero cómo había terminado allí?
Ni idea.
—¡No puede ser! —Su risa todavía resonaba en mi cabeza—. Te juro que revisé todos lados, Kate. ¡Todos!
—¿Y no se te ocurrió mirar mejor?
—Créeme, si hubiera sabido que estaba justo delante de mí, me habría ahorrado unas cuantas horas.
Me limpié una lágrima con rabia.
Odiaba esto.
Odiaba que los recuerdos se acumularan en mi mente, que aparecieran cuando menos los necesitaba y que, por más que lo intentara, nunca consiguiera silenciarlos.
Basta, basta.
—Di que te rindes.
—No lo haré.
—¡Ahhhhh!
Me golpeé los muslos y cerré los ojos.
Basta, Katerine. Basta ya.
Pero ¿cómo se suponía que debía hacerlo?
—¿Te gustó, Kate?
Aquellos ojos color miel me miraban.
—Sí, y mucho.
Su sonrisa.
Mi cabeza inclinándose hacia delante, buscando sus labios.
Me limpié las mejillas con fuerza. Ya empezaban a dolerme.
Estaba furiosa.
Con el universo.
Con el sol.
Con el cielo.
Con Dios.
Con el mundo.
Con todo.
Sentía el pecho apretado.
¿Por qué?
¿Por qué tenía que pasarme esto?
—¡¿Por qué?! —le grité al vacío.
Me levanté. Iba a marcharme. Ya había tenido suficiente.
Pero entonces...
—Kate, ¿en serio ya no me quieres?
Me detuve.
—Kate, por favor, dime algo.
Tragué saliva.
—Está bien. No quiero molestarte, nunca fue mi intención. Prometo no volver a buscarte. Solo quiero que seas feliz.
Mis rodillas cedieron.
Caí sobre el suelo y sentí el golpe, pero no me importó.
Durante mucho tiempo creí haberlo superado. Creí que ya no importaba aquel chico que me gustó, con quien disfruté de un verano maravilloso, pero al que tuve que dejar ir.
Y hoy, volver a verlo fue como si el universo me hubiera dado la cachetada más grande de mi vida.
Lo peor fue que, cuando finalmente quise disculparme, otras manos llegaron primero.
Lo supe.
Lo había perdido.
Antes de que pudiera verme, me escondí detrás de aquel edificio. Por primera vez en mi vida agradecí que algún ingeniero hubiera decidido construirlo justo allí.
Apreté una mano contra mi pecho.
—Perdóname...
¿Kate, en serio ya no me quieres?
—Sí, te quiero. Muchísimo.
Kate, por favor, dime algo.
—Tengo miedo. Solo tengo miedo.
Está bien. No quiero molestarte, nunca fue mi intención.
—No lo haces. Solo... abrázame.
Prometo no volver a buscarte. Solo quiero que seas feliz.
—No pude serlo completamente. Solo aprendí a vivir sin ti.
¿Por qué me hiciste esa promesa?
—Porque tenía miedo de que te quedaras por mí. Porque no quería ser la razón por la que renunciaras a todo.
Kate, yo te quiero.
Cerré los ojos.
—Yo no te quiero...
Una lágrima cayó sobre mis manos.
—Yo te amo.
Habían pasado diez años.
Diez años imaginando qué habría ocurrido si hubiera respondido aquella pregunta, si me hubiera atrevido a detenerlo, si hubiera corrido detrás de él en lugar de esconderme.
Diez años construyendo conversaciones que nunca sucedieron.
Hoy había respondido cada una de sus preguntas.
Todas.
Las que me hizo aquella tarde y las que se quedaron atrapadas en mi garganta.
Pero él ya no estaba allí.
No podía escucharme.
No podía abrazarme.
Ni siquiera podía saber que, después de tanto tiempo, por fin había encontrado el valor para decirle la verdad.
Me quedé mirando el horizonte.
El sol seguía brillando.
Y yo seguía aquí.
Con diez años de respuestas para alguien que ya no podía hacerme más preguntas.