Narrativa y ficción
500 años después de ayer
Walter Mark Albert es un chico muy inteligente, que es enviado al futuro por equivocación. ahora deberá intentar regresar...
Por Melany Yarenzi
500 Años después de ayer
Walter Mark Albert no era un buen nombre, créanme.
Su madre lo había elegido de dos de sus libros favoritos, y su padre no se había opuesto para nada. Habían decidido ponerle el nombre de dos científicos de la era. Su hermano tenía un nombre mucho más cuerdo, pero extraño. Su hermano era Derek Sebastián.
Al ya tenía 18 años. Tenía un fuerte sentido de la ‘’positividad’’, optimismo, y si algo malo le pasaba, hacía un recompilado de lo que pudo haberle tocado vivir y se había salvado.
Y se preguntarán ¿Cómo era su vida? Bueno. Su hermano era tres años mas pequeño que él. Al sabía que era un inútil. Nunca sacaba más de siete en calificaciones, y se ponía orgullosísimo cuando sacaba seis. Era un mimado. Sus padres les daban todo lo que querían. Un día le había dado porque quería un castillo. Su madre quiso comprarle un castillo de juguete, pero el chico pataleó y gritó hasta que su padre le compró un castillo enorme de plástico, que tenía escalones y toda la cosa, que tenía sus torretas, y que abarcó todo el patio trasero.
En cambio, Mark Albert hubiera sido el niño perfecto para unos padres decentes. Era un chico alto, de cabello negro y ojos azul oscuro. Tenía la piel así como los griegos esculpían a sus diosas. Su rostro era algo afilado, y sus ojos irradiaban amabilidad y carácter. Era calmado y tranquilo, y tenía una sonrisa encantadora. Aunque podríamos decir que su nombre ‘’no encajaba con su aspecto’’. El nombre que él creía que más le quedaba era Walter, pero no le gustaba que todo el mundo lo usara. Era el más inteligente de toda la escuela. No tenía muchos amigos, porque todos eran unos loquillos. No muchos. Sólo dos, que eran igual de inteligentes que él. Los maestros conocían su ‘’condición’’, y por eso le tenían mucho cariño. Siempre que pudieran ayudarlo a saltarse un castigo absurdo infringido por sus padres diciendo que tenía que ser castigado por parte de la escuela, lo hacían. Le ayudaban incluso a comprarse el desayuno. No es que Al lo pidiera, pero lo agradecía. Y si hubiera necesitado tres puntos extras para pasar su examen, los maestros se lo hubieran dado.
Pero esto no era necesario, pues él era muy inteligente. Era ‘’hijo de los maestros’’, y adoraba leer.
Así que juntaba las tres cualidades: era bastante apuesto, inteligente y buena persona. Pero sus padres no lo veían así.
Para sus padres, él era un error. Había nacido por error, había crecido por error, era inteligente por error.
Cuando su madre se embarazó, se enojó. Ella no quería. Como consolación, pensó que le encantaría tener un hijo con el pelo color castaño. Así que cuando nació él, se decepcionó. Cuando tenía tres años, enfermó de gravedad. Todos creyeron que moriría. Pero sobrevivió. Los padres ya habían hecho los preparativos para que muriera, así que se enojaron por su dinero gastado. Cuando tenía cuatro años, salió por televisión por lo inteligente que era, aún en primero de kínder, sabía hacer sumas y contar hasta el cien, y leer mejor que los niños de secundaria. Incluso estaba enterado de varias cosas básicas de física y química, como que existía un señor con los pelos de punta que había inventado vete tú a saber qué fórmula... Se enojaron con él porque su promedio fuera de 9.9 en lugar de 10.
- Si vas a intentar ser el estúpido niño genio, hazlo bien – gritó su padre mientras azotaba la puerta de su cuarto.
Pero a mitad de su tercer año de vida, nació su hermano.
Él era como sus padres deseaban. No era un niño genio, si no uno normal. Lloraba todo el tiempo como todo bebé, y tenía el cabello castaño que tanto anhelaba su madre. Tenía los ojos cafés y la piel color caramelo. No fue como a veces dicen que ‘’el mayor sintió la falta de atención’’ porque de por sí a él no le prestaban atención. Pero de inmediato adivinó la preferencia que tenían sus padres para con el pequeño.
Una vez, cuando Al ya tenía cinco años, su hermano le dio un tirón de cabellos, a lo que él respondió dejando de jugar con él. El hermanito se enojó y arrojó todo por todas partes hasta que los padres llegaron y castigaron a Mark. Lo dejaron en el patio toda la tarde, arrancando la maleza, hasta que dieron las siete de la noche. Pero como era tan pequeño, arrancó también la mitad del césped.
Conforme pasaron los meses de su quinto año de edad, Al comprendió que sus padres lo iban a castigar siempre. Usó sus conocimientos de programación para programar una simple placa arduino , para que cada vez que sus padres se acercaran a su cuarto, un sensor de movimiento lo detectara, y eso hiciera que se encendiera un foquillo LED para que él dejara de hacer lo que estuviera haciendo y se pusiera en pose de mártir. Obviamente, tomó la computadora de su padre y después borró el historial. Cómo lo hizo, quién sabe.
Como sus padres no le compraban libros, los maestros se encargaron de la situación. Sabían que era un chiquillo brillante, y en especial el maestro de matemáticas estaba contentísimo con él, así que le enseñaban hasta donde su comprender alcanzaba, y le regalaban libros.
Comenzó la maestra de español, cuando al cumplir los cinco le regaló ‘’Juan Salvador Gaviota’’, un libro que consideraba que debía leer tuviera tres o mil años. Después el de matemáticas le dio un ejemplar de ‘’El principito’’ que tenía guardado desde hace tiempo, aunque le advirtió que no lo leyera hasta que tuviera mas edad. El maestro de historia le regaló ‘’Las crónicas de Narnia’’, la colección completa cuando cumplió seis años, y más tarde, cuando cumplió ocho, le regalaron ‘’Harry Potter’’. Además, le ayudaban a aprender cosas avanzadas y diversas, desde programación hasta primeros auxilios.
¿Y cómo es que los maestros tuvieran ánimos para ello, se preguntarán? Lo que pasa es que eso sí, los padres serían cualquier cosa, pero lo mandaron al colegio mas bueno de la ciudad. Para que ‘’dejara de dar lata’’. Y ahí los maestros no podían entrar a menos que tuvieran una licenciatura en pedagogía y una carrera de la materia que querían impartir. Y no es que tuvieran otra cosa que hacer, porque todos los niños eran unos fresas y estirados, que no daban mayores problemas, y hacían la enseñanza monótona, así que para matar el tiempo, le enseñaban y hablaban con alguien que si los entendía, les prestaba atención y les daba cierto aire de superioridad. Y eso sumado a que les daba mucha risa ver al pequeño de cinco años yendo hacia una mesa con una computadora bajo el brazo. Y era tan divertido cuando le preguntaban
-
¿Qué vas a hacer, Mark?
a lo que él respondería en media lengua
- voy a ploglamar una placa alduino
Cuando Al hubo tomado la medida del detector de movimiento, decidió investigar. A sus padres les molestaba que no jugara con su hermano cuando él quería, pero también les molestaba si él lloraba mientras jugaban. El truco estaba en hacer lo que el pequeño quisiera. Como Al tenía mejores cosas que hacer que soportar a su hermano, programó un juego en la computadora de su padre para que su hermano lo jugara. Así se libró de él.
Cuando cumplió los ocho años, sus padres se enojaban con él por todo. Lo mandaban al patio siempre, así que Al trepó a un árbol y se instaló ahí. Pero cuando sus padres se dieron cuenta de que casi ansiaba que lo mandaran al patio, cambiaron de táctica, y ahora lo mandaban al ático.
Pero no es que Al fuera a quedarse sin hacer nada. Ingenió un sistema con poleas, donde una cuerda iba a dar al piso del patio, atada a una cubeta. Así, cada vez que volvía de la escuela, depositaba su mochila en la cubeta, para que cuando lo mandaran al ático, pudiera hacer la tarea con sólo jalar de la cuerda para subir la cubeta con su mochila.
Entre una que otra azotaina, los días de Al se pasaban. No había día en el que sus padres no se enojaran con él, excepto los fines de semana, cuando lo dejaban solo en casa, mientras ellos y su hermano se iban de paseo fuera de la ciudad.
También era costumbre de sus padres olvidarse de darle de comer. Pedían de comer lo que el hermano quisiera, pero sólo pedían lo que él decía, y a veces se olvidaban de pedir para Albert. Cuando eso ocurría, él se iba a casa de sus amigos, o con el tendero, que también entendía su situación y a veces le regalaba un taco o dos. Si el tendero no quería darle ese día, entonces iba a la casa del maestro de matemáticas, que terminó convirtiéndose en su segunda casa.
Así pasaba sus días. Descubrió que una buena manera de no meterse en problemas era desaparecer desde que llegaba a la escuela hasta que era hora de cenar.
Pasaron sus primeros años, y cumplió 18 años. Tenía buena suerte por una parte, porque podía seguir con la misma escuela, con los mismos maestros, y los mismos compañeros. En su casa tenía tantos problemas como siempre, pero su escuela era una vía de escapatoria. Si en su casa lo trataban mal, entonces iba a la escuela y les contaba sus problemas a sus amigos y maestros. No para que se compadecieran de él, pero era un alivio contárselo a alguien.
Cuando cumplió 18, ya sabía un montón de cosas que se supone que no debería de saber para su edad. Había conversado con algunos físicos de la facultad de matemáticas de una universidad famosa, había conocido a un famoso escritor, había tocado el piano con el pianista más famoso de América, y había vuelto a salir en televisión, pues a sus 16 años, ya había estudiado dos carreras, con ayuda del maestro de matemáticas. Sus padres se enfadaron muchísimo.
- ¡¡TENGO QUE SOPORTAR VER TU CARA TODOS LOS DÍAS Y ENCIMA APARECES EN TELEVISIÓN, EL ÚNICO MOMENTO CUANDO PUEDO OLVIDAR QUE EXISTES!! – gritó su padre, arrojándole un libro, a lo que Al desapareció escaleras arriba.
Nuestra historia empieza el veinte de abril, una mañana como cualquiera, un lunes, cuando Al se levantó temprano como siempre para evitar toparse con sus padres al bajar a desayunar. Apagó su alarma y se estiró, con su encantadora sonrisa ya puesta. Se vistió con un pantalón de mezclilla café, una playera blanca y una chamarra negra con rojo. Cogió su mochila color azul, su botella de agua negra, y salió disparado hacia la puerta.
Corrió al fondo del pasillo de arriba. Cuando abría la puerta del ático, su hermano salía de su cuarto, despeinado y soñoliento.
- ¡Bueeeeeeeeeeeenos días! – gritó al pasar corriendo a su lado
¿Y por qué iba al ático? Pues porque desde ahí podía salir a la calle sin tomarse la molestia de pedirle las llaves a su madre, quien seguro le gritaría.
Llegó al ático y abrió la ventana, miró a ambos lados para ver que no hubiera gente, y se colgó de la tubería, y bajó por ella.
Jaló a correr hacia su escuela. Recientemente se había esguinzado el tobillo, y no había podido correr, así que ni imaginan lo bueno que es correr después de meses de no hacerlo.
Llegó a la enorme escuela, algo cansado y jadeante. Éste era un día especial porque un experto en física llegaría a dar una plática. En realidad, a exponer una idea ‘’simple’’. Se suponía que acerca de los giros de los viajes en el tiempo.
- Buenos días, Al – lo saludó uno de sus amigos, Jake, rodeando su cuello con un brazo - ¿Listo para la plática de hoy?
- Me pregunto qué teorías tendrá Mark Dason – comentó Albert
- Dicen que quiere inventar una máquina del tiempo
- Vamos, esa es una tontería, cuántas y cuántas personas lo han intentado… y sin éxito
- Pero la clave estaría en dejar de intentar esa tontería de ir al pasado. Aún sin contar los problemas que plantea la ciencia ficción, se romperían las leyes más básicas de la física y la curvatura del tiempo. La clave estaría en ir al futuro
- Tendrías que viajar por el espacio un montón de años para lograr viajar en el futuro más de veinte segundos – suspiró Al
Siguieron avanzando hasta su salón, a la clase de español, que no era de esas clases donde te ponen a estudiar gerundios y participios, si no que te incitaban a escribir historias y corregirlas en base, sí a las reglas gramaticales, pero al menos eran más divertidas que mis clases de español de la secundaria.
A Albert se le daban muy bien las historias
- ¿Hay algo que no se te de bien? – suspiraba Jake
Al se lo preguntaba muy seguido, y todas las veces encontraba algo: no se le daba bien hacer la limpieza, no se le daba bien patinar si no era en hielo, no se le daba bien resolver ecuaciones de tercer grado, no se le daba bien jugar ajedrez con temporizador, no se le daba bien leer libros largos sin un bocadillo… cosas que tal vez algunos considerarían nimiedades, pero que él tenía por absolutas desgracias.
Su otro amigo se llamaba Peter, y siempre llegaba tarde, así que Jake y Al no lo esperaban hasta bien empezada la clase de español.
Jake era alto, de ojos castaños, al igual que su pelo, que estaba muy tieso y miraba hacia arriba. Peter tenía el cabello más claro que él, rubio, y llevaba lentes frente a sus ojos negros.
Se suponía que a mitad de la tercera clase, los que quisieran escuchar la conferencia, irían al salón de actos. Albert y sus amigos habían decidido ir juntos. También se habían apuntado otros diez niños (algunos para saltarse la clase de matemáticas), aunque Al no se llevaba con la mayoría.
Cuando el director llegó a anunciar que la conferencia estaba lista y podían ir, a Mark Albert se le escapó un gritito de emoción. Iba al fin a ver a su famoso tocayo, gran científico e inventor. Sin él, ¿Quién habría inventado los chocolates con miel encima o las palomitas caramelizadas? Sería un caos.
Peter, Jake y Al se dirigieron hacia la sala de actos.
- Buenos días, estudiantes – saludó el director desde el estrado, con el rostro serio – como saben, hoy Mark Dason ha venido a hacernos el honor de venir a explicarnos algunas maravillas de la física, al igual que exponernos un proyecto suyo, y elegir a algunos estudiantes para que lo ayuden en su descubrimiento… - Al se revolvió de emoción en su asiento – así que espero que presten atención
- Sí, director – voceó la sala
Han de saber que el director no era de esos que dan miedo, sino que era completamente amigable y podías charlar con confianza con él.
- Así, pues – exclamó el director, cuando hubo reaparecido su sonrisa – démosle la bienvenida a ¡Mark Dason!
La sala estalló en aplausos, y se llenó de hielo seco.
De entre la niebla formada salió una figura algo gorda, con un poco de gris que empezaba a asomar en su rubicundo cabello y una sonrisa ancha, con sus labios muy rojos. Sus dientes parecían de marfil, y sus ojos eran azul pálido, con la pupila muy, muy negra, lo que le daba a sus ojos un cómico aspecto de contraste. Lucía una bata de laboratorio blanca como la nieve, y debajo llevaba una camisa del color de sus ojos y unos jeans.
El salón estalló en aplausos, Albert se puso en pie por la emoción, mientras todos vitoreaban
- Gracias ¡Muchas gracias! – exclamó Mark Dason por el micrófono, que era un microrobot con aspecto de dron que se mantenía cerca del rango de su voz para que él no tuviera que andarlo cargando.
Cuando la sala se acalló un poco, empezó a explicar
- En 1969, con la guerra Fría en curso, se dio inicio a la carrera espacial – una pantalla enorme atrás de él sacó una imagen del Apolo11, la misión – con la llegada a la Luna culminó esta, pero como sabemos, no terminamos ahí.
Scott Kelly se quedó en el espacio durante un año, y regresó con varios efectos en su cuerpo. En primer lugar, lo que nos interesa: Había rejuvenecido. Esto se refiere a que su piel no se había oxidado, y era un poco más joven de lo que hubiera sido si se hubiera quedado en la Tierra. Visto desde su punto de vista, y en palabras simplificadas, Había viajado en el futuro.
Él orbitó la Tierra durante 340 días, y así viajó 0.007 segundos al futuro. Esto viajando en una nave ‘’normal’’ a una velocidad ‘’normal’’. Ahora, si quisiéramos viajar más tiempo en el futuro, por cada 340 días avanzaríamos 0.007 segundos, tendríamos que viajar 80,000 años para avanzar 560 segundos, es decir, nueve minutos y veinte segundos. Pero eso no nos sirve de mucho. Ahora, él viajaba a 28,000 kilómetros por hora. Y la luz viaja a 299759249 km/h. Como no podemos alcanzar la velocidad de la luz, entonces decidí hacer un experimento. Metí una manzana en una cápsula resistente a la radioactividad, y pedí permiso en el Gran Colisionador de Hadrones para usar su energía para reproducir exactamente el 99,9999991 % de la velocidad de la luz. De esta manera, hice viajar a la cápsula durante 1 hora para ella. Sesenta minutos. Regresé todos los días, y no encontré la cápsula, hasta que después, como lo había calculado, treinta y un días después, la cápsula apareció, y para ella sólo había transcurrido una hora. Me di cuenta de una constante: cada hora equivalía a treinta y un días terrícolas. Descubrí que para alcanzar el objetivo de quinientos años al futuro, deberíamos viajar durante veinticuatro noches y media. Así, necesitaríamos viajar al 9.99999991% de la luz. Esto lo lograríamos usando potentes electroimanes. Como sería muy costoso tanto física como económicamente mover una cápsula de metal con una persona dentro, se moverán sólo algunas partículas como protones y neutrones debajo de la cápsula, para así generar la velocidad más rápido, y viajar más rápido. Claro que hay mucho riesgo, pero en nombre de la ciencia, ¿A quién le gustaría apoyar?
La sala estalló otra vez en aplausos, la idea a simple vista parecía fantástica. Albert tuvo algunos escrúpulos, pero decidió confiar en Mark Dason, y claro que se apuntaría.
- Ahora – siguió Mark Dason – necesito algunos voluntarios. Pero piénsenlo muy bien. Puede que corran mucho riesgo, puede que haya alteraciones. Esto es sólo un prototipo, que ha sido probado con animales y han salido ilesos. Se ha reducido la tasa de riesgo al diez por ciento de riesgo que algo salga mal, pero sigue habiendo algo. Pero por otra parte, podrían ganar el título de ‘’la primera persona que fue al futuro’’, tal vez descubran si serán famosos, o si se reirán de lo que pensó alguna vez Albert Einstein… incluso podrán verificar en periódicos o internet si volverán ustedes a casa o no, si funcionó el experimento… pero es, como dijeran los ingleses ‘’It’s up to you’’
Al escuchar que había riesgo, algunos dudaron. Pero Mark Albert no. Estaba seguro de que a sus padres no les importaría, así que no había riesgo. El problema sería, que nadie podría jamás regresarlo. Pero alejó las dudas de su cabeza. Seguro que sería mejor que quedarse aquí escuchando los lloros de su hermano.
- Entonces, quien quiera unirse a mí, estaré en la oficina durante estos dos días siguientes. Si alguien está seguro ahora mismo y convencido de que sus padres lo permitirán, pueden acercarse hoy mismo a la oficina. ¡Muchas Gracias!
La sala volvió a prorrumpir en aplausos mientras Mark Dason bajaba del estrado. Mientras pasaba a su lado, todos volteaban la cara para verlo mejor. Salió de la sala en medio de vítores y se dirigió a la oficina, desde donde lo vieron tomando un café con el director.
- ¡Apúrense! – gritó Mark Albert a sus amigos
- ¡Espérate! ¿Qué te pasa? ¿Adónde vamos? – Jake lo siguió, jadeante
- A decirle al señor Dason que me voy a unir
- ¿Tus papás te dejarán?
- Mis papás no notarían si desaparezco una semana, ¡No notarán que me fui 500 años!
- Vamos, deben quererte aunque sea un poquito
Mark se paró en seco. Lo que Jake había dicho le había recordado a su abuela.
La abuela era la única persona de su familia que en verdad lo quería. Pero había muerto hace años, y cuando murió, de alguna manera, contactó al maestro de Matemáticas, y le dijo que lo cuidara por ella. Por eso, ahora el adulto de más confianza de Mark era el maestro de matemáticas.
- ¿Y ahora qué te pasa? – preguntó Peter atropelladamente después de la carrera
- Nada, nada – Mark se llevó la mano a la cabeza. Después encendió su sentido del optimismo y dijo con energía - ¡Sigamos! – y volvió a emprender la carrera
Cuando llegaron, Mark abrió la puerta de cristal ansiosamente. Dentro estaba el señor Dason, el director y la esposa del director.
- ¡Hola Mark número dos! – saludó el director. Luego se volvió al señor Dason y le comentó – este es el chico de quien le estaba hablando, profesor
¿El director le había hablado a Mark Dason…de él?
- ¿Tu eres Mark Albert, no es cierto? – Mark Dason le estrechó la mano
(¡Me acaba de estrechar la mano!)
- ¿Qué te trae por aquí?
Mark tartamudeó un poco, pero luego se recuperó.
- Vengo a ofrecerme para el experimento, señor
- ¡Ohhh! ¡Tenemos un guerrero! – Mark Dason sonrió - ¡Claro que sí!
- Gracias
- Ahora mismo te anotaré – el señor Dason dejó su taza de café sobre el escritorio, tomó una galleta de la mesa y la masticó mientras sacaba un formulario y decía - ¿Cuál es tu nombre completo?
- Walter Mark Albert Roberts
- Un nombre bastante largo – sonrió el señor Dason
- Bastante
- Bien, ¿Cómo prefieres que te diga?
Mark lo pensó un poco. En realidad, Walter era un nombre que nunca nadie usaba, bueno casi nadie. Sólo aparecía en sus documentos, y no todos sabían que se llamaba así. Sólo el maestro de matemáticas usaba ese nombre, y le decía ‘’Walt’’. Sería genial que el señor Dason fuera a trabajar con él, pero ese nombre, Walter, era un nombre… privado. Prefirió decirle
- Mark – sonrió
- De acuerdo. – anotó - ¿Cuántos años tienes?
- 18, y pronto cumpliré 19
- ¿Cuándo?
- El 25 de mayo
- ¡Qué coincidencia! Si todo sale bien, ese sería el día en que llegue una persona al futuro
El señor Dason siguió escribiendo en su bitácora
- ¿Tus padres están de acuerdo?
- Mi relación con mis padres, es complicada, señor… - trató de explicar – es como si… con cualquier cosa que haga estarán de acuerdo mientras no les traiga problemas a ellos
- Bien – anotó - ¿Tienes hermanos?
- Uno
- ¿Mayor o menor?
- Menor, por tres años
- ¿Cuándo puedes venir conmigo?
La mirada de Mark se encendió. Sus ojos sacaron chispas de la emoción. Miró al director ilusionada e inquisitivamente. El director asintió con la cabeza.
- ¡Ahora mismo, señor Dason!
Unos minutos más tarde, estaba subiendo a una camioneta preciosa color negro, tipo jeep.
- ¡Adiós, Mark! – gritaron Jake y Peter desde su salón
- Suerte
Su corazón estaba latiendo muy fuerte. Tenía las manos frías. Miró a la escuela cuando de repente se acordó ¡No le había dicho al maestro de mates que saldría de las escuela! seguro se enojaría con él, seguro lo haría… de pronto, para su alivio, apareció rondando la esquina
- ¿A dónde crees que vas, jovencito?
Oh, no ¡No le había dicho nada al maestro!
- Voy a ver el experimento del señor Dason…
En los ojos del maestro se veía un poco de decepción, porque Mark no le había contado nada
- ¿Y por qué no me contaste?
- ¿Puedo ir? – suplicó
- Si vas tú voy yo – el maestro se subió a la camioneta y cerró la puerta
El señor Dason, con unas gafas de sol en la frente, subió al vehículo
- ¿Traes a tu padre, Mark? ¡Bien! Vámonos
El maestro rió y explicó
- Yo soy su maestro de matemáticas, señor Dason
- Oh, vaya – sonrió desde el asiento del conductor – un gusto
El maestro de mates se llamaba David, y tenía el cabello color pajizo, suave. Muy suave. También tenía los ojos azules como el señor Dason, sólo que menos claros. Desde el primer instante se veía muy amigable y de confianza. Sus lecciones quedaba aprendidas no importaba quien fueras, y era querido por todos. Había ‘’cuidado’’ de Mark desde que su abuela había muerto, o sea, desde que él tenía diez años. Le había regalado más cosas que sus padres, y le había mostrado varias oportunidades que le habían abierto a Mark muchas puertas. Había sido él quien, en su cumpleaños número 13, le había regalado una computadora. Se sentó en el asiento de atrás junto a Mark y se durmió durante el viaje.
- Llegamos – anunció el señor Dason al cabo de una hora
- Gracias a Dios – gruñó David, desperezándose
Fuera, había un enorme edificio blanco, con los cristales azules. En frente tenía un estacionamiento de piedra caliza color rojo. La camioneta entró ahí y tomó un lugar para estacionarse, debajo de un árbol.
- Este el laboratorio – explicó el señor Dason mientras avanzaban hacia él – aquí se guarda el experimento. Lo que les mostraré hoy es lo que expliqué allá, sólo que con los objetos en vivo
Sería inútil narrar todo lo que se dijo, ya que en efecto fue lo mismo que les había explicado en la escuela, sólo que ahora les mostraba los objetos. Al final, resolvió algunas dudas, muchas del maestro David. Mark sólo tenía una
- Si alguien va al futuro, ¿Jamás volvería?
- Claro que sí. Si alguien volviera, teóricamente no estaría ‘’volviendo al pasado’’, porque ese ‘’pasado’’ para el ‘’futuro’’ es simplemente el presente. Así que si es posible regresar. Como nuestro límite de energía es para 500 años, lo único que hay que hacer es exceder el límite. Veamos el tiempo como una liga. Cuando la estiras demasiado, rebota y vuelve a su forma original. Lo mismo con el tiempo.
- Una liga puede romperse – objetó el maestro David
- Tiene mucha razón. Sin embargo, si la curvatura del tiempo obedece las leyes básicas de la física, debe tener una fuerza de una especie de atracción, por lo que se volvería a unir. Como un imán.
- ¿Y quién va a ir? – preguntó el maestro David con exceptismo - ¿No irán a enviar a Walter?
- Sólo si él está de acuerdo. – el señor Dason sonrió a Mark – pero eso lo decidiremos después.
De regreso a la escuela, Mark preguntó al maestro David
- ¿Qué opina?
- Que hay que ir con mucho cuidado, Walt – le alborotó el cabello con cariño – con mucho cuidado
Así fue como Mark empezó a trabajar con el señor Dason.
Le parecía increíble decir que ‘’trabajaba con él’’ y no ‘’para él’’. El científico lo trataba como un igual, y tomaba en serio sus preguntas y teorías, y en más de una ocasión esas aportaciones sirvieron para añadir mejoras.
El lanzamiento de la cápsula estaba previsto para el último día de abril, para que en la noche del 25 de mayo, hubieran llegado al futuro. Todos los medios de comunicación estaban al tope con estas noticias. Las televisiones anunciaban al ‘’niño genio’’ que estaba trabajando con el científico más famoso del mundo.
En su casa, su padre había ya encendido el televisor. Se disponía a ver las noticias, y al ver la cara de Mark en ella la apagó de tirón y se volvió drásticamente a su hijo mayor
- ¿Qué significa esto?
- Ehmmm… - Mark recogió sus libros y planos y se dispuso a ir a su habitación – no lo sé…
- ¡Te quedas dónde estás hasta que me expliques!
Segundos después, su madre había aparecido. Mark estaba parado frente una silla de madera de la cocina, con sus padres enfrente. Su madre, de un empujón lo tiró en la silla.
- Creí que me quedaría donde estaba – murmuró Mark
- Quiero que nos expliques la razón de que por tercera vez en tu infame vida hayas aparecido en el único momento que me libro de ti – espetó su padre
- Fue un accidente – fue lo único que se le ocurrió decir a Mark
- ¡En mi vida quisiera verte jamás en televisión! – declaró su padre – A menos – pensó un poco – que fuera porque hiciste algo malo y te van a mandar a la correccional para jóvenes…
- No seas tonto, John, eso nos traería un montón de problemas – su madre lo interrumpió – explícanos ahora mismo
Mark tenía un gran sentido de la imaginación. Y también de la lógica. Pero también del juego limpio, y no le gustaba mentir. Pero en ocasiones como esta había que hacer algo. Sus ojos azul oscuro pasaron de su madre a su padre, como midiéndolos
- ¡Explícanos! – su madre le pegó una bofetada. Como Mark era casi blanco de color, le dejó su manaza roja marcada
- Bien. Ustedes pidieron una explicación
Esto sirvió para soslayar su sentido de justicia. Les iba a dar una explicación. No la real, pero al fin y al cabo era una explicación
- El lunes por la tarde, el señor Dason llegó a la escuela y dio una conferencia. Me llevó a su laboratorio para que lo viera de cerca…
- ¿Para que vieras qué de cerca?
- Su laboratorio
- Sigue
- Y ahí, los fotógrafos me vieron y creyeron que era el hijo del señor Dason, así que empezaron a sacar fotos… ya saben cómo son los amarillistas…
- Espero que sea cierto, John – suspiró su madre – pues estás castigado – dijo a Mark
- Bien
Su madre se enfureció porque sus palabras no hubieran causado un efecto devastador en su hijo, así que le dio otra bofetada.
- Auch – murmuró Mark
- No… vuelvas… a salir…¡En televisión! – con cada palabra, su madre le asestaba un golpe.
Mark se protegió con las manos y cayó de la silla. Después, subió a su dormitorio. Su hermano estaba en la puerta de enfrente, con una pistola de juguete, de esas que avientan balas de plástico con aire presurizado, y duelen un montón.
- ¡Fuegoooooo! – gritó su hermano cuando Mark pasó por su lado, y empezó a disparar.
Él hizo caso omiso y se puso el gorro de su sudadera. Cerró su puerta. Le hubiera gustado dar un portazo, pero eso le traería más problemas.
Se quitó el suéter y la camisa de la escuela. se cambió ropa para irse a la cama. Se miró al espejo y contempló las marcas rojas de mano de su madre. Se tocó la piel ardiente, y se acostó en su cama.
A veces, como todos, Mark tenía ganas de rendirse. Su vida en ocasiones parecía pesarle. Esa noche, algunas lágrimas asomaron a sus ojos. El quería una familia que lo quisiera. Una familia que lo comprendiera y se interesara por lo que necesitaba. Una familia a la que volver cada día. Todos los días, él volvía a ‘’su casa’’. Pero era diferente volver a ‘’su casa’’ a ‘’volver a casa’’. Tenía casa, pero no tenía hogar. Ojalá y hubiera sido hijo del profe David. Oh, lo que daría por tener una familia lo quisiera
- Si dejando todas mis habilidades obtuviera una familia, lo haría – susurró a la noche.
Pero pasado ese momento de impotencia, se limpió las lágrimas. Tomó papel para secarse la nariz y miró los ojos oscuros que le devolvieron la mirada desde un espejo
- Cálmate. Eso es algo que nunca tendrás y será mejor que dejes de desearlo. – se alejó un poco del espejo y se llevó una mano a detrás del cuello. – además tienes ingenio, y eso es mejor que los juguetitos de robots de tu hermano.
Respiró y miró al espejo otra vez con determinación. No lloraría. Pero de pronto se le ocurrió.
<< De día debo ser valiente y muestro una sonrisa, pero de noche, y sólo de noche, me permitiré lamentar mi suerte>>.
Este pensamiento lo reconfortó, y si alguna persona que lo quisiera hubiera entrado para apagar su luz, lo habría encontrado con la boca entreabierta y su brillante cabello negro mojado por sus lágrimas.
Los días siguientes estuvieron repletos de alegría, sorpresas y descubrimientos. Varios compañeros se habían unido al experimento. Sólo podían entrar los mayores de veinte, pero con Mark claramente habían hecho una excepción. Pero Jake y Peter no lograron entrar.
Una semana faltaba para el lanzamiento. Había surgido un grupo de oposición al experimento. Sin embargo, el señor Dason estaba orgulloso de ello.
- Un verdadero proyecto destinado a cambiar al mundo necesita una oposición – declaró
El profe David seguía acompañando a Mark a las prácticas. Se veía que no confiaba en el señor Dason. Lo miraba recelosamente. Él seguía de buen humor.
El veintinueve de abril, todo estaba listo. Las clavijas estaban enchufadas, los sistemas estaban durmiendo a espera del día siguiente. Se habían escuchado rumores de que habían personas, incluso que decían que iban a ‘’comprar’’ el proyecto’’. La televisión iba preparada a grabar lo que creían que sería un fracaso. Otros decían que quien fuera al futuro no regresaría… si es que llegaba.
Aún no decidían quien iba a ir al futuro. Al principio todos querían ir, pero ahora que se daban cuenta de lo riesgoso que era. Ahora ya nadie quería ir. El señor Dason habría adorado ir, pero tenía que quedarse a los comandos terrestres. El profe David temía por la integridad de Mark, pero él estaba dudando si ir o no.
El día 29 todos los chicos estaban ahí. El profe David con sus reservas, el señor Dason con su amplia sonrisa, Mark emocionado hasta por las cosas más pequeñas. Habían invitado a Jake y Peter para ver los preparativos.
- ¡Todo listo! – gritó el señor Dason, alzando el pulgar
- Bien – respondió Mark desde la otra punta del salón.
Ya se había ganado la confianza de Mark. Le regalaba un montón de cosas. David había notado, que ahora sólo sabía hablar del científico. En los recreos, cuando se sentaban a charlar, tenía que salir a la conversación. El maestro vigilaba al señor Dason como un buen padre lo haría, receloso. A éste no le gustaba aparecer cuando David estaba presente, pues su presencia lo incomodaba. Ese día, se apoyó en un pilar, dispuesto a borrar sus preocupaciones, cuando Dason gritó desde su sitio
- ¡Vamos a la sala blanca!
La tal sala era donde estaba el experimento. Era muy amplia y era totalmente blanca, lo que le daba su nombre. En el fondo estaba el experimento, ya dispuesto, con la cápsula blanca por fuera y negra por dentro. El experimento había costado millones de dólares, y muchas personas esperaban deseosas el resultado.
Jake, David, Mark, Peter y Dason fueron a la sala. David miró de reojo a Dason. Seguía sin darle confianza. Éste cerró la puerta detrás de él.
Dason había estado hoy más extraño que de costumbre, si eso era posible. Siempre estaba mirando de reojo a Mark, y cuando lo hacía, su cara era la muerte misma. David decidió por nada del mundo dejar solo a su querido Walt ese día, no fuera que Dason hiciera alguna tontería.
Aún así, cuando entraron a la sala, el maestro no notó que Dason miraba por la ventanilla para verificar que no hubiera nadie observando, luego esperaba unos segundos, y cuando se volteó, su cara ya no era para nada la del tipo amigable que habían conocido.
- Ahora, hay que decidir quién subirá mañana
- Nadie subirá mañana – se escuchó una risa forzada detrás de ellos
Mark volteó
- Oh, señor Dason, ¿No irá a cancelar…?
- Tú irás al futuro, Mark
- ¿Yo? – se asombró – no lo sé…
- Pero no irás mañana
- Las cosas están listas para ocuparse mañana…
- También pueden ocuparse hoy – repuso. Pero había algo raro en Dason ahora. De su rostro se había borrado su perpetua sonrisa. Estaba serio y su voz no sonaba alegre.
- ¿Señor Dason? – la sonrisa de Mark flaqueó un poco – señor Dason…
- ¿Quieres que mañana venga la prensa, a grabar lo que estoy seguro que será un fracaso?
- Pero usted dijo que…
- ¡Y tú te lo creíste! Esto, claro fue una idea. Un esbozo. Se ha probado con ratas y con conejos, con animales más grandes, pero estoy casi seguro de que contigo no funcionará. Es por eso que tú irás al futuro, chico
- Pero… - Mark no podía embonar cables – pero…
- Eres demasiado inteligente para vivir. Si tú crecieras, te convertirías en un Albert Einstein, y eso no le hace bien a mi negocio, así que no lo puedo permitir.
- Pero…
- Ahora deja de mangonear y entra en esa caja de una vez por todas
David había contemplado la escena con ojos sorprendidos, pero ante la amenaza, le gritó
- ¡¿Qué pretende hacer?!
- Métete en ese lugar – exclamó Dason, empujando a Mark hacia la cápsula
- ¡DÉJELO EN PAZ! – David se lanzó contra Dason, pero él le dio un codazo en el estómago. Jake intentaba desesperadamente abrir la puerta
- ¡Métete ahí!
- ¡Ni en sueños! – Mark se alejó de la cápsula.
Por la puerta entraron tres tipos más. Iban vestidos con una bata blanca, pero a la legua se veía que no eran científicos. David se levantó y puso a Mark detrás de él. Peter corrió a jalar a Jake del brazo para ponerlo detrás de David también. Pero Jake había desaparecido. Se había deslizado sigilosamente cuando los guardias entraron.
Los dos tipos no llevaban armas, pero eran muy fornidos.
- Deténgalos – ordenó Dason
Un tipo agarró el brazo de Peter con fuerza, y el otro tipo le puso a David los dos brazos atrás
- ¡Entra ahí! – repitió Dason
- ¡Déjeme! – Mark se alejó, pero Dason lo jaló de su cabello hasta estar frente a la cápsula - ¡David!
Él intentaba desesperadamente safarse
- ¡Walter! ¡Agárrate del borde y no te sueltes!
- ¡Ayúdame! – él hizo lo que David dijo cuando Dason logró empujarlo casi dentro de la cápsula - ¡David!
Él siguió el ejemplo de Dason y le dio un codazo a su captor, quien se encogió de dolor, quedándose fuera de combate. Se lanzó contra Dason, pero él lo detuvo con un brazo para que no pudiera ayudarlo. Le dio una patada a Mark en el pecho. Él perdió aire y cayó dentro del asiento de la cápsula. Inmediatamente, los cinturones de seguridad automáticos se le abrocharon, impidiéndole salir
- ¡¡DAVID!! – gritó. La cápsula se cerró, pero Mark gritó aún por la ventana - ¡¡¡DAVID!!!
- ¡WALTER!
La cápsula empezó a ser rodeada por los montones de protones girando a su alrededor, convirtiendo todo en un enorme delirio color azul y morado. Entrevió la cara asustada de Peter, la de dolor de David cuando Dason lo golpeó en la cara, la risa de Dason, el hombre en quien había confiado.
La cápsula desapareció con Walter dentro, y David se dejó caer contra la pared
-
¿Qué he hecho? – se musitó a sí mismo
- ¡¡¡David!!! – gritaba Mark aún. La cápsula no se movía. Lo que daba vueltas era el entorno – David…
Se desmayó.
Cuando despertó, todo seguía siendo un delirio multicolor. Miró la pantalla de la puerta. Indicaba que era ya el tres de mayo. Eso explicaba que tuviera hambre. Observó que había una mochila azul en una esquina. Afortunadamente podía pararse y dar unos pasos. Lo hizo y comprobó que la mochila estaba repleta de botellas de agua y sobres de galletas. Cogió un sobre de saladas y una botella de agua. Eran 24 días de viaje. Sería mejor alistarse.
Pasó la mayor parte de su viaje durmiendo. Todo dejó de importarle. Sólo repasaba una y otra vez los sucesos de su vida, y siempre terminaba cuando el señor Dason lo había empujado. Estos días los estaba considerando como un limbo. Entonces dejó de llevar cuenta del tiempo. Aunque si la hubiera llevado, habría descubierto que esa noche que se levantó con dolor de piernas por no estirarlas, se cumplían las veinticuatro noches y media. A las nueve de la noche, una voz mecánica anunció
- Estamos en el año 2526. Por favor, espere hasta el amanecer para poder descender.
Mark se sobresaltó. Su piel esculpida en cera tenía algunos rasguños rojo que el señor Dason le había provocado. Sus ojos no tenían tanto brillo. Sus labios estaban resecos, y obviamente, estaba incómodo porque llevaba 24 días sin cambiarse de ropa. Afortunadamente, la cápsula contaba con un cuarto de baño, pero cuando se echó una enjuagada, tuvo que ponerse la misma ropa. Sus manos estaban resecas, y como había comido muy poco todo el tiempo para guardar reservas, había enflacado. Cuando escuchó que al fin podría salir, al principio le pareció tan maravilloso que no podría ser verdad. Se durmió sin sueños, hasta el amanecer.
Cuando despertó, al fin el sol se colaba por la ventana. Mark había pasado un montón de días sin ver otra luz que la azul y violeta de los protones. Ahora esta luz color miel se colaba por la ventana. El reloj dio las nueve de la mañana, y la puerta se abrió.
- Que tenga una buena experiencia en el futuro presente – deseó la voz robótica
Mark salió tapándose el sol con una mano. Miró a su alrededor esperando ver una ciudad con autos voladores, pero con lo que se topó lo impresionó.
Estaba en lo que parecían las ruinas del laboratorio. Solo quedaban algunos restos de piedra, pero la base del experimento estaba intacta. Mark se levantó poco a poco, para que no le diera un calambre. A su alrededor todo era un páramo desierto, que parecía la superficie marciana.
- ¿Hola? – gritó - ¿David? ¿Peter? ¿David?
No hubo respuesta.
Una oleada de su antigua determinación lo invadió. Si iba a morir, al menos intentaría hacerlo con dignidad. Cogió con agilidad la mochila con las pocas reservas que quedaban, y como era su única pertenencia, se la ajustó a la espalda y emprendió la marcha por el interminable desierto.
Llevaba todo el día caminando cuando le dio sed. Hizo una pausa y siguió. Se encontró con un par de serpientes, pero no le dio miedo. Siguió hasta que cayó la noche, y aún un poco más. Hasta que sus piernas se tambalearon hasta caer, se quedó así, tendido en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, el cuento fue el mismo. Y así siguió durante varios días. Cuatro días exactamente. Al final del cuarto día, vislumbró una ciudad pequeña. Igual de pequeña que su ciudad. Se permitió un sollozo de felicidad y siguió avanzando. Cuando volvió la noche, se desplomó frente a la primera casa de la ciudad.
Esa casa era muy bonita. Era blanca con el tejado naranja, con enormes jardineras con montones de flores colgando. Mark se desplomó frente al felpudo de la entrada. Y se durmió ahí.
En la madrugada, a las seis de la mañana, una figura salió de la casa. Y cual fue su sorpresa al encontrar a un tipo medio muerto en la entrada.
Mark se despertó en una cama muy suave. Había una ventana grande frente a él, lo que le había hecho pensar que era su casa. Sin embargo, el empapelado del cuarto era color durazno, y no azul cielo. Escuchó algo que se movía en a sus espaldas.
- ¿David?
De inmediato, sintió que una mano le tapaba la boca. Abrió los ojos. Entrevió una figura delgada frente a él.
- ¡Cállate! – susurró la figura.
Él asintió vigorosamente, y después señaló su boca. No podía respirar. La figura retrocedió un poco y suspiró
- No hables. Ni tu ni yo deberíamos estar aquí.
Mark se incorporó y miró a su alrededor. Se veía que era un cuarto como el de cualquier jovencita de su año. Había un escritorio blanco, y sobre él, un cilindro de metal. La figura movió un control para que el cilindro sacara una pantalla en el aire, así como en las películas futuristas. Puso en la pantalla un sitio web que parecía ser de mensajería. Por ahí, escribió un mensaje y luego apagó el cilindro. Encendió la luz.
Frente a él estaba una persona. Una chica. Sus rasgos eran tan delicados como los de él. Tenía el cabello rojo dorado, y los ojos de un fuerte y marcado color verde. Era delgada y tenía algunas pecas de color castaño. Mark se sentó en la cama, y se golpeó con algo en la cabeza. La chica se rió.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó amablemente, como si hablara con un pajarito herido
- Walter Mark… - no pudo terminar de hilar las palabras. Se frotó la cabeza.
- Pues un gusto. ¿Te parece bien que te diga Walter?
Mark la observó. Tal vez después de todo lo le importaba que dos personas le dijeran Walter.
- Sí
- Yo me llamo Eva – se presentó – Eva Oak. Un nombre bastante antiguo para nuestra era.
- ¿Era? ¿Qué año es?
- ¿Cómo no sabes qué año es?
Mark tosió e inventó
- Tal vez antes me he golpeado en la cabeza
- Bueno. – siguió Eva – éste es el año 2526. Y estás en el país de Wermaer
- ¿Wermaer? – se extrañó - ¿En qué continente?
- Pues en América
- Menos mal que se sigue llamando igual.
- ¿De qué hablas?
Walter rehuyó su mirada
- ¿Y Estados Unidos? – preguntó, confundido
- Estados Unidos dejó de existir hace más de dos siglos. ¿Era una isla o era un país?
Él se echó para atrás y volvió a golpearse la cabeza
- Auch – se quejó
- Hace años que desaparecieron algunas de las fronteras más importantes – explicó con la mirada perdida – algunos de los pocos países antiguos que siguen existiendo son México, Inglaterra, Islandia, Canadá, Francia y Alemania.
- ¿Y Rusia?
- Rusia desapareció recientemente, para transformarse en la Unión Soviética. Es una idea completamente nueva, inventada por un ilustre señor.
- No es nueva – protestó Walter - ¿Y Iosif Stalin?
- No sé de qué hablas
- Y ahora, ¿Cómo se llama el territorio que era de Estados Unidos?
- Pues según yo y mi memoria, se dividió y varios países, entre ellos este. Wermaer.
Walter se pasó una mano por el cabello.
- ¿Hay un centro de información por aquí?
- Sí, claro. Puedo buscar lo que quieras en mi Cimpx
- ¿Tu qué?
- Este cilindro de aquí – le arrojó el cilindro blanco.
Él pulsó en un buscador. Un teclado apareció en la pantalla. Tecleó:
- Año 2026. Efemérides
En la pantalla apareció
El año 2026 fue un gran avance pero retroceso para la humanidad. Su evento más relevante fue el famoso ‘’accidente D’’. ¿Quieres que te explique en qué consistió el accidente?
A Walter le recordó a la IA del presente. Tecleó
- Sí
Este consistió en el invento del reconocido señor Dason, el famoso científico héroe que ingenió un mecanismo para viajar al futuro. Sin embargo, algunos estudiantes y un profesor le obligaron a poner el proyecto en marcha un día antes, provocando así una explosión.
Uno de los estudiantes escapó de las autoridades. Otro sobrevivió y fue reubicado en una correccional para jóvenes. El profesor después fue reconocido por el sr Dason como la cabeza del atentado. Afortunadamente, el peligroso criminal murió en el accidente. Sin embargo, el sr Dason insistió ante las autoridades por el monopolio de la ciencia hacia él. El presidente accedió, gracias al heroísmo y valor demostrado por el sr Dason.
El imprudente chico que viajó al futuro nunca volvió a aparecer.
¿Quieres que…?
Él no leyó lo demás que decía. Su corazón se había parado en seco. Tecleó rápidamente
- ¿Quién era el maestro? ¿Cómo se llamaba?
El profesor criminal después fue reconocido como profesor de matemáticas de una escuela con todos los niveles de educación. Su nombre era David White, y…
Mark no siguió leyendo. No pudo. Se derrumbó de la cama y resbaló hasta el piso. Eva había estado mirando por la ventana, así que no lo notó.
El profe David, que había dado todo por él. El que le había regalado su primera computadora. El que lo había acompañado desde que tenía diez años. El que incluso había accedido a jugar a los dinosaurios con él. El que le había enseñado a patinar sobre hielo. El que lo había inscrito a los boys scouts. El que por lo visto, había muerto en su defensa.
Apagó el cilindro, y Eva se volvió hacia él
- ¿Qué te pasa?
- Nada – se sorbió la nariz – estoy bien – se limpió las lágrimas y se levantó - ¿Conoces a algún científico?
- La ciencia está prohibida
- ¡¿QUÉ?!
- Está prohibida – Eva se sentó en la cama – se prohibió después de un segundo accidente nuclear
- ¿Y cuál fue el primero?
- Chernóbil
Se quedaron en silencio
- ¿Ésta es tu casa? – preguntó al cabo de un rato
- Sí, pero ahora debería de estar en la escuela. No imaginas mi sorpresa al encontrarte tirado frente a la casa.
- Lo siento
Después de unos minutos, Walter se levantó
- ¿A dónde vas?
- A buscar una manera de volver al presente.
- ¿Volver?
Él suspiró y se volvió hacia ella
- Mira, si te lo digo no te lo creerías. Y si no te lo digo, no confiarás en mí. Y si te lo digo de todas maneras no lo harás, y me tildarás de loco
- He visto cosas bastante asombrosas, créeme. Y no creo que tu historia sea tan rara como algunas que me han contado
Walter tomó aire, dispuesto a arrojarse al vacío de una vez por todas.
- Yo vengo del año 2026
Eva, para su sorpresa, soltó una carcajada comprensiva.
- ¡Walter! ¡y por eso creías que te tomaría de loco! ¿Eso es todo? ¡Cuántas veces he deseado este bendito día!
- ¿Qué?
- Sígueme
Eva fue y abrió la puerta. Miró a ambos lados para verificar que no hubiera nadie. El pasillo le recordó a Walter a su casa. Ella lo guió a través del pasillo, hacia una trampilla por la que se subía al ático.
- Cuando nos mudamos aquí, nos dijeron que hace más de cuatro siglos, esta casa había sido ocupada por la familia del famoso viajero del tiempo. Por esa razón, nadie había querido comprarla. Cuando la compramos, subí al ático y encontré esto
De una caja, Eva sacó una hoja de libreta. Estaba escrita con tinta despintada. Pero Walter reconoció la letra de inmediato
- ¡Jake!
La carta rezaba
Seas quien seas, espero que seas Mark. Fíjate que cuando te fuiste al futuro, el señor Dason explotó el experimento con lo que creo que era dinamita y salió corriendo de ahí. Yo lo vi todo. El profe David murió en la explosión. Lo siento. Yo escapé. A Peter lo metieron primero en la correccional para niños, y después, cuando cumplió 19, se lo llevaron al manicomio. Hasta donde sé, no ha salido de ahí.
Ahora tengo 60 años, y tu hermano se ha quedado con la casa. Tus padres se mudaron. Pasé por aquí de contrabando. Te dejo esto aquí, en el ático, donde pasabas muchos de tus días, con la esperanza de que si, llegaste al año 2526, lo encuentres.
Y bueno, si no eres tú, Mark, quien lo está leyendo, te suplico, persona del año 2526, que guardes esto hasta que Mark llegue por su cuenta. Yo sé que él lo hará. No se dará por vencido.
Cuando Walter llegó al final, las lágrimas volvieron a sus ojos. ¡Qué ingenio tenía Jake!. Pero cuántas vidas había arruinado Dason… la tristeza le dio paso a algo que nunca había sentido: odio. Quería ir en busca de Dason al final del tiempo y acabarle el truquito. Quería quitar de su cara esa estúpida sonrisa. Quería hacerle ver, jalándolo de los cabellos, el daño que había hecho a todo lo que amaba. Quería…
A Walter se le ocurrió una idea genial.
Quería mandarlo al futuro.
Así que Eva había guardado ese viejo papel, segura de que él vendría a recogerlo.
Eva se ingenió para subirle algunas colchas y almohadas a Walter, para que pudiera dormir en el ático. Él se lo agradeció. Todas las mañanas, antes de irse a la escuela, ella llegaba y le daba algo de desayuno. Y cada vez que regresaba de ella, le daba algo para comer. Él se dio cuenta de que estaba comiendo mejor aquí que en su propia casa.
Mientras, iba conociendo mejor el futuro. Eva era la persona más normal que existía
- Te mostraré como son mis compañeros – anunció una mañana
- Genial – sonrió Walter. Hasta ahora sólo había visto a Eva y nada más
- Mira. – había subido el cilindro blanco, y ahora, cuando lo prendió, apareció una imagen.
Lo que vio le horrorizó.
Las personas eran de forma, iguales a nosotros. Pero su cara parecía de plástico. Todas tenían el cabello rubio y los ojos cafés. Unos enormes ojos cafés, desproporcionales al tamaño de la cara.. Tenían la misma expresión en el rostro, una sonrisa perpetua que parecía fingida, y sus orejas eran estiradas, como las de los elfos. En general, al verlos, daban miedo. Eran blancos como la cera, más blancos que Walter, lo cual significaba mucho.
- ¿Esos son? ¿Pero entonces tú…?
- Yo soy una de las niñas que más se parecen a las chicas de antes. Hay unas quince en toda la escuela. Hubo una gran falla genética hace ciento cincuenta años, y es por eso que, en un intento desesperado para salvarse, tuvieron que hacer implantes de ADN, pero todos los remedios provenían de una sola persona, por lo que todos sacaron más o menos su genética. Incluida un fuerte sentido del malhumor.
- ¿Y cómo le hicieron, si la ciencia está prohibida?
- No. Está prohibida para todos menos para los de Industrias Dason. Todos tuvieron que ir allá de visita para que los curaran. Mi tatara- abuela creyó que era una tontería, así que no llevó a mi bisabuela, y por lo visto fue bueno porque seguimos vivos. En cuanto a las ciudades, hay como una especie de dinastía de la ciencia. Sólo su ciudad tiene tecnología. Su ciudad es la joya del mundo. Y las ciudades de alrededor también tienen lo suyo. Pero hay un número limitado de personas que pueden estar ahí. Sólo puede haber 2 millones de personas en la ‘’D – city’’. Dicen que es por ‘’Day city’’, pero todos sabemos que es por ‘’Dason city’’. La ciudad no está nada mal, pero la oportunidad de vivir ahí también se puede transmitir de generación en generación. No podemos decir que nadie entra y sale. Podemos decir que todos pueden salir, pero nadie puede entrar.
- ¿Y los libros? ¿Siguen existiendo?
Eva rió y abrió otra caja. Le lanzó un libro.
- Mira, esta es la cuestión. Por aquí todo sigue exactamente igual excepto en esas cuatro ciudades. Están en lo que por lo visto, antes era Estados Unidos, y unas están al norte de México. Las ciudades se llaman Western side, D – city, Wallfire, Omendragon, y Waterglow. Son algunos nombres raros en inglés. La más bonita de ellas es Waterglow. La gente de ahí es muy amable. La peor, yo diría que es D – city, porque todos se creen los mejores por poder estar ahí. Wallfire también está bastante mal. Sin embargo, es la que mas se parece tecnológicamente a D – city. Western side también es muy bonita. Yo pude ir de vacaciones a Waterglow y a Western side, y son personas muy amables. D – city tiene, literal, una muralla alrededor.
- ¿Y cómo puedo volver al presente?
Eva torció los ojos
- No lo sé. Se supone que tú eras el genio. Eres el genio – se corrigió y se rió – como sea.
- Tenemos que llegar a Waterglow, necesitamos tecnología de punta. La más que podamos reunir. ¿conoces el Gran Colisionador de Hadrones?
- ¿Qué?
- ¿Sigue existiendo? En Suiza
- Me parece que ese país ya no existe – Eva buscó en su memoria – No, creo que no.
- Bueno. – suspiró – tenemos que encontrar primero el experimento. ¿No hay patinetas voladoras por aquí?
- Sí, claro. Hay cosas pequeñas de tecnología media que si salen de D- city. Como este cilindro, o las patinetas flotantes, o los caramelos de menta con limón, o…
- ¿Y tú tienes patineta?
- Yo tengo un scooter. Puedo prestártelo si quieres
- No tendrás que prestármelo – sonrió – vas a venir conmigo
Ella abrió mucho los ojos y arqueó las cejas, evidentemente sorprendida
- ¿Yo? ¡Olvídalo! ¡Los problemas que le causaría a mi familia! ¡Todos los días que faltaría a la escuela! no iré
- Vas a ir – aseguró Walter, desafiante – te voy a convencer. Ya verás.
No se preocupó mucho por ninguna cosa las semanas siguientes, salvo por no hacer ruido de día e investigar muchas cosas acerca de los años anteriores. Mientras tanto, planeaba una manera de convencer a Eva de que fuera con él. Necesitaba a alguien que conociera el camino. Y no se le antojaba ir solo. Pero como no se lo ocurría ninguna idea genial por el momento, lo dejó de lado.
Ya había pasado bastante tiempo desde que dejó su año. Ese día había sido el 29 de abril y ya estaban a 20 de julio. Ya no podía recordar exactamente lo que había pasado. Recordaba que su cumpleaños ya había pasado, y se preguntó si en 2026 se lo habrían celebrado. Estaba por cumplir los 19. Se había enterado de que Eva tenía 18dd. Los acababa de cumplir. Y se seguía rehusando de forma tajante a ir con él.
Los días pasaban monótonamente hasta esa mañana.
Los padres de Eva estaban fuera. Su hermano mayor estaba fuera. Así que ella decidió bajar a Walter para que viera otro escenario que no fuera la oscuridad del sótano. Él se sentía como un judío en la segunda guerra mundial.
- Vamos – indicó cuando su hermano desapareció en la esquina.
Bajaron las escaleras del ático, y luego otras escaleras que acababan en la habitación, que cuando él vivía ahí, era la cocina.
Al fin se sintió a salvo. Esa era su casa. Las habitaciones seguían sirviendo para lo mismo. Sólo que ahora, el paisaje desde la ventana era diferente. En lugar de haber un montón de casas, árboles y calles, estaba el vasto páramo desierto.
- No hay nadie en casa, ¿Cierto? – preguntó Walter
- No, claro que no – se escuchó una voz burlona detrás de ellos
El que había hablado parecía estar entre las otras personas y las normales, lo que le daba un aspecto más desconcertante. Su piel era color rosada, como las de los norteamericanos, y su cabello era rubio y corto, como púas. Sin embargo, sus ojos eran dos charcos descomunales y sus orejas eran estiradas. Eso sí, era gordo. Muy gordo
- ¿Dwin? – preguntó Eva, aturdida - ¿Qué haces aquí?
- Averiguando la razón por la que no quisiste que volviera contigo a casa esta mañana – respondió el tal Dwin
- Te dije que tenía cosas que hacer
- Ya vi que clase de cosas. Traer al niño del pasado a un tour por tu casa
Walter palideció, lo que le dio un aspecto