Salud mental
Síndrome premenstrual disforico
Este poema no solo habla de una tristeza profunda, habla de la perdida de identidad que sufrimos algunas mujeres durante unos días al mes
No soy la locura del mundo,
ni la tristeza que habita en mi interior.
No soy la sonrisa ajena
ni el desprecio de aquel que alguna vez me miró.
Soy algo más.
Soy pérdida y ganancia,
soy aquello que un día encontré
y que, sin saber cómo, perdí.
Soy el vacío y el desorden,
la culpa que me pesa
y la gracia que, de vez en cuando, me alcanza.
Soy la sensibilidad que florece en mis poros,
la que despierta una vez al mes
y convierte cualquier roce
en una herida o una caricia.
Soy la tristeza de estar viva
y la alegría de vivir.
Soy la carga que me doblega
y la ligereza que, a pesar de todo, perdura.
Soy todo lo que he sido
y también aquello que he perdido.
Soy mi memoria extraviándose
en recuerdos que quizá nunca sucedieron.
Soy lo que alguna vez creí ser,
aunque tal vez nunca lo fui.
Soy el servicio hacia los demás,
pero también la desgracia de alguien.
Soy las consecuencias de mis actos,
las huellas que dejé sin saberlo
y las situaciones que ya no recuerdo,
pero que regresan a mí mientras duermo.
¿De quién son estos sueños?
¿A quién pertenecen estas memorias
que me visitan como si fueran mías?
Soy el orgullo y la falta de fuerza,
el egoísmo que me derriba
y la voluntad que vuelve a levantarme.
Soy la edad de mis sentimientos,
que no siempre coincide con la de mi cuerpo.
Y no tengo nada más que esto:
un montón de contradicciones.
Quizá soy un montón de basura
o un montón de flores marchitas;
un montón de recuerdos,
de experiencias que no supe nombrar,
de versiones de mí que ya no existen.
Y si no soy nada de eso,
entonces ¿qué soy?
¿Qué seré cuando muera?
¿Me llevaré conmigo todo esto
o habrá algo de mí que permanezca
en la memoria de quienes alguna vez me sintieron?
¿Habrá valido la pena vivir sin sentido
o será que el sentido estaba precisamente
en vivir sintiéndolo todo?
Estoy dentro de un sistema
que parece arrancarme los huesos,
que me exige permanecer entera
mientras algo dentro de mí se desmorona.
Y no sé lo que soy.
No sé cuánto de mí es verdadero
ni cuánto he construido para sobrevivir.
Pero, aun así, aquí estoy:
sintiendo,
existiendo,
esperando ser descifrada,
aunque a veces ni yo misma me comprenda.
Soy la estabilidad de mis piernas
y la debilidad de mi mente.
Soy la fuerza que empuja
y el vacío que congela mis ganas.
A veces soy esa luz que me salva,
pero también soy la sombra que la acompaña.
Y ahora que he intentado nombrarme,
que he reunido mis pedazos
y los he puesto frente a mí,
me pregunto:
¿Soy todo lo que he vivido
o soy aquello que todavía no he descubierto?
¿Soy mis heridas, mis recuerdos, mis contradicciones?
¿O existe algo detrás de todo eso,
algo que ni siquiera tiene nombre?
Y ahora que lo pienso,
quizá no soy una sola cosa.
Quizá soy todas ellas,
incluso las que se contradicen.
Quizá no estoy perdida.
Quizá simplemente
todavía estoy sucediendo.