Reflexiones personales
Cobardía
A ti, que destruíste parte de mi vida.
Por Maryon Samsa
No es que a mí me pase de todo; simplemente es que, a diferencia de muchos, yo decido sacarlo.
¿Eso me hace especial?
Claro que no.
Pienso: Quizás debería hacer del resto de mi vida un secreto que a nadie importa. Quizás ya fue suficiente. En cualquier momento, todos podemos desistir. Pero ¿cómo negar ahora esta oportunidad de trasladar la tristeza bajo el pretexto de las líneas, sin aceptar que es mi urgencia más personal?
Lo juro, jamás le deseé la muerte, pero saber que le amputaron una pierna me devolvió a aquel día en que utilizó como pretexto el balazo que le habían dado durante un asalto para abusar de mí.
Esa misma pierna que lo obligó a usar muletas ya no existe.
Abrazo la valentía que reuní años después para preguntarle de frente: «¿Por qué yo?». El muy bastardo negó todo con una risa burlona. Insistía en que le relatara, paso a paso, lo que me había hecho, sin mostrar la menor pena. El placer tiene memoria.
Pese a todo, jamás me he culpado ni me culparé por no haberme defendido. Hasta hoy no entiendo aquel momento. Tampoco diré que la justicia ha llegado. Esto es solo una coincidencia que parece increíble.
Sé por un amigo que la situación de este hombre no tiene muchas alternativas. El cáncer de su madre vive en sus células.
El abusador apuesta a que «es una prueba de Dios», como si las enfermedades fueran solo eso: un capricho del Hijo del Padre. De ser así, ¿cuántas lecciones habría detrás de tantos niños en quimioterapia?
Sí, aún tengo miedo de nombrarlo. Tengo miedo de ser señalada por su familia, tengo miedo de volver a escuchar «tú lo provocaste». Me da miedo la necedad de mirar cada cierto tiempo, la fotografía en la que él baila con mi mamá el día de su boda.
Mi miedo no es culpa; mi miedo es volver a sentirme sola en la vulnerabilidad.
¿Cómo se calma un abismo? ¿Cómo sacar las huellas sin tortura?
¿Cómo dejar el terror de pensar que esto puede volver a pasar?
