Misterio y Terror
Escondidillas
7, 8, 9, 10… ¡Listo o no, allá voy!
Era de noche y el diluvio que caía hacía imposible seguir conduciendo por la carretera. El GPS ya no funcionaba y estaba completamente perdido.
De pronto, divisé un letrero de neón. Parecía un motel. Pensé que podría pedir información de mi paradero y quizá descansar un poco. Dicen que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana, así que orillé el auto, me bajé y crucé la puerta giratoria.
La recepción estaba vacía. Toqué varias veces el timbre, pero nadie apareció. Mi teléfono seguía sin señal y el aguacero caía sin parar. Así que decidí esperar en una silla blanca de plástico.
Lo único que funcionaba era una vieja radio que sonaba de fondo y un foco que no dejaba de parpadear. Parecía que en la radio pasaban una canción que ya había escuchado antes. Tenía la impresión de que esto ya lo había vivido, como si fuera un déjà vu.
Entonces vi a un niño. Se me hacía conocido; creía haberlo visto en algún lugar. Me preguntó si quería jugar a las escondidillas. Le pregunté por sus padres, quizá eran los dueños del lugar. Simplemente se tapó los ojos, empezó a contar del 1 al 10, y al terminar salió corriendo hacia la puerta giratoria.
Lo seguí, pero mi sorpresa fue enorme cuando al cruzar aparecí exactamente la misma recepción. La misma vieja radio, la misma canción, la misma lámpara parpadeando. Sentí un hueco en el estómago.
En eso, cabeceé. Me había quedado dormido en la silla, seguramente el cansancio me venció. La recepción seguía vacía, iluminada por el foco parpadeante y la misma canción sonaba de fondo por la radio. Pasaron unos minutos y apareció el mismo niño, que nuevamente contaba: “7, 8, 9, 10… ¡Listo o no, allá voy!”. Salió por la puerta. Lo seguí… Otra vez la misma recepción. Se me erizó la piel.
Desperté. La radio tocaba la misma canción y el foco parpadeaba. Nuevamente el niño me invitaba a jugar a las escondidillas. Contó y lo seguí por la puerta giratoria.
Despertar. Radio. Foco parpadeante. Niño contando. Puerta giratoria. Despertar. Radio. Foco parpadeante. Niño contando. Puerta giratoria. La desesperación me consumía. ¿Acaso había perdido cabeza?
Después de interminables intentos de salir de ese lugar, comprendí que no había escapatoria. Cada vez que despertaba, me sentía cada vez más agotado. Como si algo me estuviera drenando, como si me estuviera alimentando de mí.
Había caído en las garras de una especie de cronófago, una entidad primitiva que me había encerrado en un bucle infinito de tiempo para consumirme.
Sabía que estaba atrapado. Me había dado por vencido, pero había una sola idea que no podía sacar de mi mente: ¿Quién era ese niño? ¿También había sido atrapado por ese ser? ¿Por qué se me hacía tan conocido? Sentía que un recuerdo se bloqueaba cada vez que intentaba activarse en mi memoria.
La escena se repetía y repetía de forma idéntica hasta que en una iteración, pasó algo distinto.
De mi boca salió: “7, 8, 9, 10… ¡Listo o no, allá voy!”. ¿Estarían llegando a tal grado mis alucinaciones? ¿Llevaría tanto tiempo atrapado que ya me había metamorfoseado con esta perturbadora escena?
La confusión me abrumaba, hasta que llegó un momento de lucidez que me horrorizó por completo…ese niño…había sido siempre yo.