Paranormal
Más allá del espejo
Capítulo 1
Por giulianna
Hay una infinidad de espejos ocupando los rincones de esta diminuta habitación. No importa su tamaño ni forma: todos me devuelven la imagen de un rostro que no existe. Soy sombra. No tengo cejas, labios, nariz ni boca. Solo oscuridad.
Y para permanecer en este mundo, debo asemejarme a ellos: los humanos. Por eso robo sus rostros. Es la única vía que me permite coexistir. No puedo vivir entre ellos si no parezco uno de ellos. Pero imitar sus expresiones, fingir emociones con estos rostros prestados… es una carga agotadora.
Sé que jamás seré como ellos. Soy un actor sin escenario, cambiando personalidades como quien cambia de máscara. Estudio sus películas, compro sus gestos, simulo sus vidas. Hasta que la piel que uso se pudre, el espejo que la guardaba se resquebraja, y el polvo la borra como si nunca hubiera existido. Siempre se desvanecen. Qué lástima.
Hoy debo tomar uno nuevo. Me visto con leggins oscuros y un polo ajustado que abraza mi figura esbelta. Mis botas se funden con la sombra que soy. Ataño mi cabello en un moño y aseguro mis dagas en la muslera. Estoy lista.
Me posiciono en el centro de los tres círculos entrelazados. Mi voz entona el conjuro ancestral en mi lengua natal. Las runas grabadas en el suelo se iluminan con un resplandor gélido. Los espejos flotan a mi alrededor como planetas en una órbita encantada. Uno de ellos resplandece más: un espejo de cuerpo entero. Mala señal. Su sacrificio será rápido.
El vidrio se licúa ante mí, abriéndose como un portal sumergido. Entro. El universo líquido me acoge. Nado entre sus corrientes, buscando el agujero resplandeciente que conduce al mundo de los humanos.
Atravesarlo es dejar atrás las estrellas. Aparezco en una habitación. Un hombre duerme, solo. Perfecto. Cuando hay parejas, debo matarlos. No por odio. Por necesidad. Es lo que me repito tras cada asesinato.
Me acerco, sigilosa. El hombre ronca suavemente, ajeno a la sombra que lo vigila. Pongo mi mano sobre su rostro. El hechizo resuena en mi lengua. La energía se enrosca en mi cuerpo. Él despierta solo para mirar su último recuerdo: un rostro sin rostro.
Siento cómo su piel se separa como la cáscara de una fruta podrida. Su mirada me revela pánico: su vida se disuelve y no puede gritar. Está paralizado. Su carne se desprende poco a poco. Casi es mía. La sangre tiñe las sábanas como vino derramado en un banquete de muerte.
Pero algo interrumpe el rito. Vibraciones me advierten: alguien abre la puerta. Una mujer. Guarda la llave en su casaca. No tiene idea de lo que le espera.
Con el rostro arrancado en mis manos, me lo coloco. El vínculo duele. Grito. Pero no solo tengo un nuevo rostro: también me adueño del cuerpo del hombre. Ella entra al dormitorio. Ve dos cuerpos. Uno grita. El otro yace ensangrentado. El terror le invade el alma. Corre. Yo intento matarla, pero aún no domino el nuevo cuerpo. Falla la daga. Se escapa.
El cadáver del hombre levita y se adentra en el espejo. Allí será devorado, descompuesto, borrado. Siento compasión por esa mujer. Si hubiera muerto, la agonía habría sido más breve. En cambio, la locura la consumirá hasta que se arranque la vida con sus propias manos.
Tomo una camisa, reviso la billetera, bebo agua en la sala. Cuando termine, el mundo lo habrá olvidado. Solo aquellos que me vieron y sobrevivieron cargarán el castigo: no recordarán su nombre, solo su presencia. Lo buscarán, pero nadie sabrá quién fue. Dudarán de su memoria. De su cordura. De sí mismos.
Camino por las calles. Me detengo en un bar. Necesito cerveza y silencio. El camarero me sirve. Un hombre intenta seducirme. Lo ignoro. No estoy para eso hoy.
Al salir, el cielo está vacío. Sin estrellas. Solo ruido y humanidad. Los humanos y yo… compartimos algo: secretos. Profundos, ocultos, dolorosos.
Cruzo la calle junto a la multitud. Leo los carteles en la lengua de mi víctima. Compro un sándwich. El kétchup dulce me repugna. Antes lo amaba.
Un borracho tropieza conmigo. Me insulta. Intenta levantarse. Nadie le ayuda. Aunque no quiero intervenir, sé cómo actuar: soy humano, ¿no? Lo levanto y lo siento en unas gradas. Él sigue quejándose. Me contengo.
Entonces, aparece un ladrón corriendo. Empujo al borracho. El ladrón cree que escapará. Me interpongo. Lo golpeo. La multitud aplaude. Algunos graban.
La anciana recupera su cartera. Abraza su reloj. Me abraza a mí. Llora. Me da las gracias. No era mi intención ayudar. Pero dicen que las buenas acciones tienen recompensa. Quizás el próximo rostro me dure más.
Recuerdo las películas. Algunas enseñanzas me han servido. La vida real, sin embargo, es peor que sus ficciones. Aprendo de sus libros, sus costumbres, sus desvaríos.
La anciana se despide. Yo también. Busco un callejón oscuro. Invoco el espejo. Regreso a mi cabaña en el bosque. Mi único hogar verdadero.