Fantasía
La verdadera identidad de Alicia
Capítulo 1
Por giulianna
La tarde descendía lentamente sobre la campiña inglesa, envolviendo los dominios de la familia Windsor en una bruma dorada y melancólica. Tras el ritual sagrado del té compartido con su madre Roxana, su hermana mayor y Alicia decidieron dar un paseo hacia su rincón más entrañable: un viejo roble centenario cuyos nudosos brazos habían albergado los secretos y juegos de generaciones enteras.
Una vez sobre la hierba fresca, Alicia se recostó contra el áspero tronco y extrajo de su bolso un libro de arte que su padre le había regalado el año anterior. Al hojear sus páginas, sus dedos se detuvieron en una lámina titulada La Guerrera Indómita. La imagen mostraba a una mujer de armadura plateada, empuñando una espada reluciente frente a un dragón escupefuegos, desafiándolo en duelo para poner fin a una guerra interminable.
Acarició la estampa con la yema del índice, mientras sus pensamientos comenzaban a divagar. «¿Cómo sería ser esa mujer guerrera y no una de tantas princesitas rescatadas por príncipes?», se preguntó. Anhelaba ser la heroína, blandir el acero y escribir su propio nombre en historias contadas de generación en generación. Sus párpados empezaron a pesarle; intentó resistirse, deseosa de seguir inspeccionando el volumen, pero el sueño la venció con la suavidad de unas mantas de seda.
Al abrir los ojos, el paisaje había cambiado radicalmente. La oscuridad de la noche ya se cernía sobre el prado y, para su consternación, su hermana no estaba.
—¡Hermana! —llamó, alzando la voz con una estridencia que ninguna dama de la alta sociedad toleraría, aunque las normas de etiqueta eran lo que menos le importaba en ese instante.
Solo el soplido del viento que alborotaba su larga melena rubia respondió a su llamado. Una fría punzada de angustia le apretó el pecho. Su hermana jamás la dejaría sola a esas horas, y las estrellas ya titilaban con nitidez en el firmamento.
«Ella no es de hacerme bromas... ¿Cuánto tiempo habré dormido? Cálmate, Alicia. Tal vez regresó a la casa, pero... no, ella nunca me abandonaría aquí. Algo grave ha sucedido».
Intentar correr a ciegas por el jardín era peligroso, así que aguzó la vista en la penumbra y aceleró el paso de regreso a la mansión. Sin embargo, a medida que avanzaba, la silueta de la casa parecía retroceder en la distancia. Cuando por fin llegó a los terrenos familiares, el terror la paralizó: el hogar de su infancia ya no existía. Solo quedaban ruinas humeantes, escombros de ladrillos desmoronados y unas cuantas columnas de mármol en pie que recordaban al mismísimo templo de Apolo en Delfos.
De repente, entre las sombras de las ruinas, emergió un muchacho de cabello blanco y orejas de conejo, con ojos color ámbar, chaqueta y pantalones de terciopelo a juego. En una mano sostenía un reloj de bolsillo y en la otra una lámpara de gas.
—Alicia, ya es la hora de irnos de aquí —dijo con urgencia.
—¿De qué hablas? ¿Quién eres tú? —espetó ella, retrocediendo un paso.
—Es la hora de irnos —repitió el muchacho, mirando el reloj con desesperación mientras gotas de sudor manchaban la esfera metálica.
—¿Dónde están mi hermana y mis padres? ¿Qué les has hecho?
—Deja de tonterías y prepárate para el juego.
El joven guardó el reloj y se precipitó a sujetarla de la muñeca. Alicia intentó zafarse con todas sus fuerzas, pero el agarre era férreo; sin pensarlo dos veces, le hincó los dientes en la mano. El muchacho soltó un grito de dolor.
—¡No me muevo de aquí hasta que me digas dónde está mi familia y qué le pasó a mi casa! —exigió ella con fiereza.
—Si ganas el juego contra la Reina de Corazones recuperarás lo que has perdido; pero si pierdes, te costará la vida.
—¿Qué? ¿Quién es esa Reina de Corazones? ¿Por qué tengo que participar en...?
—Apresúrate, no tengo tanto tiempo. Y deja de parlotear como una cotorra, que me duele la cabeza. Si quieres respuestas, ven conmigo; si no, quédate aquí —sentenció el extraño, comenzando a alejarse a pequeños saltos.
Alicia sintió que el mundo giraba a su alrededor. Para comprobar si se trataba de una pesadilla, se pellizcó con fuerza el brazo derecho; un dolor agudo la sacudió al instante. ¿Era real? ¿Se podía sentir dolor en los sueños? Se sacudió la cabeza, respiró hondo para recuperar la compostura y asumió la única verdad disponible: era el momento de dejar de pensar y empezar a actuar.
Siguió al muchacho guiándose por la luz de su lámpara hasta regresar al viejo roble donde se había quedado dormida. Para su asombro, junto a las raíces del árbol se había abierto un agujero negro en la tierra, una madriguera diminuta.
—Entra, no hay que perder el tiempo —urgía el conejo, dando saltitos en el mismo sitio.
—¿Cómo pretendes que entre en esa pequeñez si ni un conejo cabría? ¡Esto es una locura! —se cruzó de brazos, indignada.
—¡Déjamelo a mí!
El muchacho dio tres golpecitos secos sobre el tronco y, con un par de ademanes, hizo que la abertura se expandiera hasta alcanzar su propia estatura. De la nada, una puerta de madera negra con el relieve de un conejo blanco emergió en el hueco. Al girar el pomo, hizo una reverencia exagerada y una sonrisa torcida que le heló la sangre a Alicia.
«Nunca hables con extraños; no es propio de una señorita», resonaron en su mente las estrictas advertencias de su madre y su abuela sobre la moralidad y la compañía obligatoria. Si su abuela supiera que estaba siguiendo a un desconocido en plena noche, habría sufrido un ataque al corazón.
Dudó un instante, pues el sujeto no le inspiraba la menor confianza, pero era su única pista para saber el paradero de su familia. Al traspasar el umbral, no encontró una habitación convencional, sino que comenzó a caer por un abismo interminable.
Gritó hasta desgarrarse la garganta, con los ojos fijos en los objetos que flotaban a su alrededor desafiando la gravedad: tazas de té, espejos, libros, lienzos con garabatos indescifrables, lámparas titilantes, gansos que maullaban y vacas con alas. Incluso distinguió artefactos extraños que jamás había visto: un aparato alargado y negro provisto de un sinfín de botones con letras y números, y una delgada placa rectangular en cuya superficie se movían personas diminutas como si habitaran dentro del vidrio.
Cayó y cayó hasta que sus pies golpearon un suelo de mármol azul marino. Las piernas le temblaban como gelatina, obligándola a arrodillarse; al tocar el pavimento, la sensación fue la de sumergirse en las olas del mar, frías y revitalizantes, humedeciéndole las manos. Con un esfuerzo supremo, se puso de pie, tratando de regular su respiración agitada hasta que la calma comenzó a apoderarse de ella.
Al girar sobre sí misma, descubrió que se encontraba en una vasta galería flanqueada por puertas de todos los tamaños y colores. A lo lejos, divisó al conejo blanco con su elegante chaleco; mientras brincaba hacia una puerta roja, su cuerpo se encogió hasta adquirir el tamaño de un ratón. Abrió la diminuta entrada y, justo antes de cruzarla, su voz retumbó como un eco lejano en las profundidades de una caverna:
—¡Apresúrate, Alicia! ¡El tiempo es oro! Si no llegamos a la hora indicada, ¡nuestras cabezas rodarán!