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Fantasía

La verdadera identidad de Alicia

Capítulo 6

Por giulianna

Por suerte, las nubes comenzaron a disiparse, dejando al descubierto una luna llena tan resplandeciente que parecía darle una calurosa bienvenida. Alicia la contempló unos instantes antes de reanudar la marcha, deteniéndose al notar que el satélite parecía acompañarla en su avance, tal y como creía de niña cuando corría pensando que la luna la perseguía.

Las palabras del gato resonaron de nuevo en su mente: «Haz que la luna te persiga y atrápala con ese enigmático espejo; ella te guiará a tu destino».

Sin pensarlo más, se arrodilló y colocó el espejo en el suelo, justo a sus pies. De inmediato, un haz de luz cegador brotó del firmamento y se estrelló directamente contra la superficie plateada. La intensidad era tal que tuvo que alzar un brazo para protegerse los ojos. Cuando el resplandor se desvaneció y las penumbras volvieron a reinar, parpadeó con fuerza hasta que la vista se le aclaró. Al mirar el espejo, descubrió que la luna ya no estaba en el cielo, sino atrapada en el cristal... o al menos su reflejo, pues la luna verdadera seguía iluminando el firmamento estrellado, pero de vuelta las nubes oscuras la taparon.

—Oh... Por Dios y por todos los santos...

La luna habló.

—¿Dime, queridísima Alicia, qué es lo que deseas y te lo concederé?

Ella ya no se inmutó demasiado; al fin y al cabo, en el País de las Maravillas todo era posible.

—Quiero ver a la Oruga Azul.

—Así se habla, mi queridísima Alicia. Absalón te está esperando.

Ese nombre le trajo a la memoria a Cómodo.

—¿Absalón?

—La Oruga Azul. ¿Acaso Cómodo no te dijo su nombre?

—No, no me dijo nada. Pero tú... ¿cómo lo sabes?

—Yo lo sé todo. O más bien, me lo chismosea mi hermano el sol... Siempre estamos en todas partes; de día y de noche vemos todo lo que ocurre.

—Son algo así como los dioses de los que habló Sibila.

—Algo así, mi queridísima Alicia. Déjame enseñarte la ruta.

En ese instante, el espejo cambió de forma y se transformó en un objeto metálico compacto, provisto de un interruptor que emitía un haz de luz claro y manejable. Guiada por aquel resplandor mágico, comenzó a avanzar. Sin embargo, no calcularon que su paso despertaría en una cueva cercana a una bestia del tamaño de un oso, con un cuerpo cubierto de púas similares a las de un puercoespín y un hedor insoportable a podredumbre.

Un gruñido atroz retumbó en la oscuridad. Aterrorizada, Alicia echó a correr, iluminando el suelo con el dispositivo para no tropezar. A su espalda, el aire siseaba mientras varias púas perforaban la tierra con violencia, como si el monstruo jugara con su presa. Intentó esquivarlas zigzagueando hasta refugiarse entre unos árboles gigantescos, pero la bestia la acorraló en un abrir y cerrar de ojos, levantando una barricada de púas que la dejó encerrada en una improvisada jaula.

El animal se plantó frente a ella, exhalando un aliento tan fétido que estuvo a punto de desmayarla. Justo cuando las enormes mandíbulas se disponían a triturarla, Cheshire apareció con su habitual sonrisa, le guiñó un ojo a Alicia y, tomándola en brazos, la desvaneció en el aire para dejarla a salvo unos metros más atrás.

—Mi ratoncita, déjame que me encargue de ese ser hediondo —murmuró el felino.

—Pero... —balbuceó ella, mareada y temblando como si estuviera a la intemperie en plena nevada.

—Ya te falta poco para llegar al camino correcto; no lo desperdicies.

—Muchas gracias.

En cuanto sintió que la fuerza volvía a sus piernas y su temperatura corporal se regulaba, Alicia volvió a correr.

Corrió sin mirar atrás hasta llegar de nuevo al cruce donde se había topado con Sibila. Le pesaba en el alma abandonar al gato, pero sabía perfectamente que no podría ayudarle frente a semejante monstruosidad. Tomó el sendero opuesto. El sudor le empapaba el rostro y no tenía un solo pañuelo para secarse, pero aferraba con fuerza el objeto luminoso. Rogaba en silencio que el audaz felino saliera victorioso.

Mientras avanzaba por la nueva bifurcación, comenzó a escuchar el chisporroteo de los insectos, el crujir de ramas y el sigiloso movimiento de algún animal desconocido entre los matorrales. De pronto, recordaron a su abuela diciéndole: «Una señorita no puede ir sola en la oscuridad; es como si estuviera esperando que un lobo la devorase». Claro que su abuela se refería a los hombres de su mundo, no a una bestia real agazapada en las sombras.

Apuntó la luz hacia el origen del sonido y distinguió fugazmente a un animal de hocico alargado que apresaba a su presa antes de perderse velozmente entre la maleza. Alicia soltó un suspiro de alivio, maravillada por ver que aquel depredador, que lucía idéntico a un coyote, remataba su cuerpo con una extraña cola redonda.

Unos pasos más adelante, el haz de luz brilló con intensidad inusitada al enfocar una seta gigantesca. Tuvo que parpadear varias veces hasta que la claridad se suavizó, revelando en la cúspide unos densos anillos de humo que flotaban en el aire. Al acercarse, descubrió al mismísimo Absalón instalado cómodamente, fumando de su narguile.

En ese instante, la linterna recuperó su forma original de espejo.

—Querida, ya he cumplido con mi misión, así que me retiro —anunció el cristal con suavidad—. Si necesitas algo más, solo tienes que pedírmelo.

—Gracias —murmuró ella.

En el cielo volvió a despejarse, la luna brillaba con tanta fuerza que sus rayos plateados recortaban con nítida claridad la silueta de la Oruga Azul.

—¿Absalón? —preguntó Alicia.

—¿Y tú quién eres?

Alicia se quedó perpleja. No cabía en sí de que el sabio insecto no la reconociera, especialmente cuando todos los demás en ese extraño mundo parecían saber exactamente quién era.

—Soy Alicia.

—¿Cuál de todas?

—¿Qué?

—Yo soy la única... Las demás muchachas ya están muertas.

Un nudo de culpa y mortificación se instaló en el pecho de Alicia; se mordió el labio inferior con fuerza, reprochándose no haber podido salvarlas.

—Yo solo quiero regresar a mi hogar con mi familia. Por favor, dime cómo hacerlo —suplicó, aferrada a la esperanza de que él, siendo el sabio del lugar, tuviera al fin las respuestas que tanto buscaba—. Dime... ¿Quién eres tú en realidad?

—Soy Alicia. Mi nombre es Alicia Windsor.

Ante sus ojos, la Oruga Azul comenzó a transformarse. El insecto dio paso a un hombre maduro, alto, esbelto y de piel morena, con una espalda imponente y una expresión de absoluta inexpresividad en el rostro. Llevaba el cabello liso y grisáceo recogido con un pulcro listón verde. Sus ojos compartían ese mismo color ámbar ardiente que ya había visto en los demás habitantes del país. De una de sus orejas colgaba un arete plateado en forma de estrella, y vestía un elegante esmoquin negro que moldeaba a la perfección su físico musculoso, complementado por unas gafas plateadas.

El hombre se deslizó hacia ella con un paso tan sigiloso que apenas hizo ruido.

Alicia retrocedió por instinto, pero las manos de Absalón fueron más rápidas. Con dedos firmes le sujetó las mejillas y, al sostenerle la mirada, sintió que sus propias pupilas se nublaban, hundiéndose lentamente en un profundo trance hipnótico.

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