Fantasía
La verdadera identidad de Alicia
Capítulo 5
Por giulianna
El espejo brilló con una intensidad cegadora antes de apagarse de golpe. Sibila, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, observaba cómo la superficie plateada reaccionaba a la sangre de la muchacha.
—Hoo-Hoo... Estás bendecida por los dioses, muchacha. Los dioses te apremian —graznó la lechuza con tono reverente.
—Si estoy bendecida, eso quiere decir que me ayudarán a salir de este lugar.
—Hoo-Hoo... Depende de ellos. Esos dioses que crearon nuestro mundo y a quienes nos regimos pueden ser benevolentes o crueles según cómo nos comportemos. Aunque hace miles de años que ya no interfieren directamente en nuestras vidas, déjame decirte que eran unos grandes fiesteros; les encanta que les celebremos sus festividades cada fin de mes. Hoo-Hoo. El dios Petius y la diosa Amateus son nuestros padres; sus hijos, nuestros hermanos, y a todos ellos les debemos respeto. Pero eso no significa que siempre nos salgamos con la suya. Obedecerlos al cien por cien jamás ha sido nuestra prioridad, y por esa razón nuestros dioses designaron a los reyes. Ellos tenían la responsabilidad de mantenernos a raya, aunque ahora... Hoo-Hoo... tienes mucha suerte de que las...
Sibila se detuvo en seco. De inmediato, se transformó de nuevo en búho y alzó el vuelo para reunirse con los suyos, que aguardaban ocultos entre las copas de los árboles.
Alicia retomó el paso por el sendero de la izquierda. A su alrededor, los grandes árboles seguían en pie, pero las ramas ya no estaban tan apretadas; el bosque se abría lo suficiente para dejar ver retazos del cielo nocturno. De pronto, un cúmulo de luces doradas comenzó a acercarse a su posición. No eran las típicas luciérnagas de su infancia, aquellas que su hermana le hacía creer que eran hadas.
Intentó atrapar una al vuelo, pero eran escurridizas y ágiles, y en el aire pareció oírse una risita cristalina. Cuando las luces cesaron su parpadeo y se detuvieron, Alicia notó que tenían pequeños picos, y que sus alas estaban formadas por hojas de un tono amarillo otoñal. No eran las hadas de los cuentos de hadas tradicionales, pero poseían una belleza extraña y singular.
Unas carcajadas repentinas estallaron desde lo alto de las ramas. Entre el follaje oscuro solo pudo distinguir una sonrisa suspendida en el aire, bordeada por dientes afilados como agujas. Presa del pánico, Alicia lanzó contra la sombra el espejo que guardaba en el bolsillo. El objeto dio de pleno en la boca invisible del ser.
—¡Auch!... No vayas tirando cosas, mujer... o mejor dicho, niña... o más bien, ratoncita. ¿No te enseñaron buenos modales en casa?
—¡Una boca que habla!
—Más bien, un gato que habla —respondió una voz burlona.
De la nada, materializándose como por arte de magia, apareció un gato regordete de pelaje celeste con rayas moradas, que mecía su larga cola de un lado a otro con elegancia felina.
—¿Cómo es posible que un gato hable? —se preguntó Alicia en voz alta, más para sí misma mientras el animal comenzaba a merodear a su alrededor.
—Ratoncita, estás en el País de las Maravillas; aquí todo puede suceder. Además, no te recomiendo que sigas por ese camino.
—¿Este no es el sendero correcto para ir a ver a la Oruga Azul?
—No lo sé... tal vez sí, tal vez no.
—No te burles de mí.
El gato se deslizó con parsimonia, se acercó tanto a ella que rozó su mejilla con la punta de la cola y, antes de que pudiera apartarse, Alicia le dio un buen manotazo y le apretó la cola. El felino soltó un aullido de indignación.
—¡Pero qué ratoncita tan tosca me ha tocado conocer! Debería arañarte la cara.
—Inténtalo y verás.
El gato sonrió con malicia y se desvaneció en el aire, reapareciendo un segundo después justo a espaldas de la muchacha. Alicia sintió un gélido escalofrío en la nuca que la obligó a girarse de golpe. Ante ella se alzaba una cara gigantesca, casi de su misma estatura, cuyos ojos ámbar parecían llamas vivientes de oro fundido. La bestia abrió las fauces mostrando unos colmillos descomunales, lista para devorarla.
El terror inundó el rostro de la muchacha; las piernas le temblaban y amenazaban con doblarse. Aunque su instinto le gritaba que corriera, el cansancio la venció: estaba harta de huir. Cerró los ojos con fuerza, aceptando su inminente final.
El gato estalló en una carcajada estruendosa. Cuando Alicia abrió los ojos con cautela, la monstruosa visión había desaparecido. En su lugar estaba un joven que aparentaba su misma edad, era alto de cabello celeste, cuyas trenzas caían holgadas sobre sus hombros. Vestía un chaleco morado con botones de latón, una camisa blanca impecable y pantalones ajustados de cuero. Lo que delataba su verdadera naturaleza eran sus orejas puntiagudas —de una de ellas colgaba un pendiente con la forma de un pequeño ratón— y la larga cola que seguía meciéndose a sus espaldas.
Sujetando la mano temblorosa de Alicia, el joven le devolvió el espejo redondo.
—Lo vas a necesitar, mi ratoncita.
Ella parpadeó, desconcertada, sosteniendo el objeto entre los dedos.
—¿Por qué no me has devorado?
—No soy un asesino, ratoncita... Bueno, digamos que no asesino a muchachitas virginales.
Alicia sintió que las mejillas se le encendían de vergüenza. Le dio la espalda de inmediato, dispuesta a continuar su marcha en busca de la Oruga Azul.
—Es verdad, ¡qué maleducado soy! Me llamo Cheshire —dijo él a sus espaldas.
Alicia se giró de nuevo, encontrándose con una sonrisa encantadora que acentuaba un par de hoyuelos en sus mejillas sonrojadas.
—Yo soy... Bueno, imagino que ya sabes mi nombre. Quizás sea la muchacha de la que hablaba la profecía...
El joven se desvaneció entre risas estridentes, volviendo a adoptar su forma felina.
—Pero a mí me gustaría escucharlo de tus propios labios... Te daré un consejo: haz que la luna te persiga, atrápala con ese enigmático espejo y ella te guiará a tu destino. Por cierto... ese sigue sin ser el camino que debes tomar.
La voz del gato se fue apagando hasta convertirse en un murmullo que se fundía con el roce de las hojas movidas por el viento.
«Nunca me alejaré de ti, mi ratoncita».
Alicia miró fijamente el espejo de bolsillo, buscando en vano algún reflejo de la luna en el cielo espeso del bosque. ¿Qué significaban las palabras de ese gato? ¿Atrapar la luna en el espejo? ¿Cómo demonios se suponía que iba a hacer algo así? Además la mujer búho se había dejado con más incógnitas. Lo único que sabia es seguir adelante.
Tenía que decidir si seguir por ese sendero o dar la vuelta para buscar otra ruta. Pero Alicia no estaba dispuesta a sentirse como una muñeca de porcelana, cargada en brazos de otros para ser llevada sin derecho a opinar. Así que continuó avanzando por el mismo camino, haciendo caso omiso de las advertencias del fastidioso y arrogante felino.
Alcanzó a ver unas ramas sueltas en el suelo, agachó el cuerpo para tomar una y se la apretó contra el pecho, usando aquel trozo de madera más como un amuleto de buena suerte que como un arma real. La oscuridad comenzaba a reinar por completo en el bosque, haciendo casi imposible ver dónde pisaba sin la ayuda de una lámpara. Tropezó varias veces; ya le dolían las rodillas de tanto caer, y el suelo llano había dado paso a una superficie de tierra rocosa y empedrada.
Para colmo de males, el silencio absoluto había vuelto a tragarse el bosque.