Fantasía
La verdadera identidad de Alicia
Capítulo 4
Por giulianna
Llegaron hasta un puente bajo el cual fluía un riachuelo cristalino. Alicia sentía una sed abrasadora y su estómago crujía de hambre; algo extraño, pues con todo lo sucedido debería habérsele quitado el apetito. Cómodo la observó al escuchar el sonido de su barriga y ella sintió que las mejillas se le encendían de vergüenza. No podía creer que tuviera hambre después de haber vomitado; su estómago parecía tener vida propia.
—Qué desconsiderado soy —hizo una reverencia—. Disculpa mi mal comportamiento, olvidé que una linda joven en pleno crecimiento necesita alimentarse.
Golpeó su bastón tres veces contra el suelo y, mientras el tintineo del cascabel flotaba en el aire, apareció una manta tendida sobre la hierba cargada de deliciosos bocaditos.
—No tengo hambre.
—Eso no dice tu estómago.
Alicia no podía creer que tuviera ganas de comer después de todo lo que había sufrido, y se maldijo en silencio por desear aquellos panecillos.
—Es mejor que te sientes y comas algo. No podemos llegar tarde con el Relojero; no le gusta la impuntualidad.
—Hablas igual que el muchacho con orejas de conejo —comentó ella mientras masticaba un panecillo.
—¿Jack? —se rio frenéticamente—. Yo no soy como él. Es un maniático de la puntualidad que siempre lleva ese ridículo reloj de bolsillo pasado de moda.
—Mjm…
—Te entiendo, te entiendo —asintió él mientras Alicia daba un sorbo de agua a una copa de vino.
—Pero si no he dicho nada.
—Igualmente lo sé —le guiñó un ojo.
—Ya es hora de que me digas todo lo que sabes de este mundo y cómo puedo retornar al mío… si es que esto no es un sueño, o más bien una pesadilla.
Alicia apretó los puños con fuerza, y en ese instante se percató de algo: sus manos ya no le dolían. ¿Cómo? ¿Magia?
—Sí, Alicia. La magia está en todas partes en el País de las Maravillas; sin ella, no sería una maravilla —respondió Cómodo, levantándose para sacudir las migajas de pan de su traje.
—No me moveré de aquí sin una explicación.
A Alicia ya no le importaba mantener el respeto acartonado que su abuela le había inculcado; tenía dieciséis años y debía empezar a pensar por sí misma. Además, si aquello no era un sueño y resultaba ser real, necesitaba encontrar la manera de escapar.
—Muy bien, tú ganas, mi queridísima Alicia, pero solo un poco. Este es un mundo mágico gobernado por los reyes de Corazones. Aunque el rey debería ser la máxima autoridad, la que verdaderamente manda es la Reina de Corazones. Todo comenzó hace quinientos años, cuando la reina Amelia mató a su esposo por la corona, apuñalando el corazón del rey Leónidas. Desde entonces, dictó leyes para que únicamente sus descendientes femeninas ostenten el poder supremo y sus maridos sean simples consortes. La que nos gobierna hoy es una mujer despiadada que no para de cortar cabezas, y todos le temen. Por otro lado, Delvaris, el primero de los dioses padres, profetizó que en una época de caos llegaría una muchachita llamada Alicia para liberarnos de la terrible mascota de la reina: el Jabberwocky, un dragón feroz que destruye todo a su paso. También debe acabar con la mismísima reina para que el mundo recupere la paz.
—Entonces, si la profecía menciona a una Alicia, ¿por qué había tantas muchachas como yo? ¿Y cómo sabes que yo soy la verdadera Alicia de la profecía? Además, si hago todo lo que dice… ¿despertaré de este horrendo sueño o regresaré a mi mundo?
—Eso tendrás que hablarlo con la Oruga Azul; él es el más sabio de todos. Para encontrarlo, debemos embarcarnos en el Bosque de Tulgey.
Cómodo le extendió la mano para ayudarla a levantarse y ella la aceptó con cortesía. Caminaron juntos hasta divisar una espesura gigantesca. De pronto, Alicia echó a correr a toda velocidad, dejando a Cómodo atrás; pero cuando llegó a la entrada del inmenso bosque y se dio la vuelta para esperarlo... él ya no estaba.
¿Ya llegamos, Cómodo? ¿Cómodo?
El joven que con una simple sonrisa era capaz de conquistar el corazón de cualquier muchacha, ya fuera de la nobleza o del pueblo, se había esfumado.
—¡Diablos… dónde estás! —gritó con tanta fuerza que bandadas de aves alzaron el vuelo desde las copas de los árboles.
El miedo comenzó a apoderarse de ella. Le aterraba la idea de adentrarse sola en aquel bosque oscuro y enfrentarse a criaturas desconocidas, pero no podía acobardarse. Aunque ya no deseaba encarnar a ninguna heroína de novela, tenía que ser valiente. Se dio un par de palmadas en las mejillas y, con paso firme para infundirse valor, se adentró en busca de la Oruga Azul, cruz los dedos para que aquello no fuera otra trampa.
A su alrededor se alzaban árboles gigantescos de ramas alargadas y frondoso follaje verde que apenas dejaban filtrar pequeños rayos de sol, otorgándole al paisaje un aspecto lúgubre. Cuanto más caminaba, más intensos se volvían los silbidos y crujidos del entorno. Buscó entre los arbustos alguna rama caída que pudiera servirle de arma para no sentirse tan indefensa, pero no halló nada.
De repente, el cielo comenzó a oscurecerse y sopló una ráfaga de viento helado que hizo golpear las ramas entre sí, produciendo sonidos guturales. Alicia giraba la cabeza a diestra y siniestra, presa de un nerviosismo tal que sus piernas amenazaban con convertirse en gelatina. Siguió avanzando por el sendero hasta desembocar en una bifurcación donde no sabía qué camino tomar.
En ese momento, vio unos ojos gigantescos y brillantes posados en una rama alta. El dueño de la mirada comenzó a agitar las alas con un ulular tan hipnótico que la mantuvo inmóvil mientras descendía lentamente hasta quedar justo frente a ella. Unos penetrantes ojos ámbar se fijaron en los suyos, flanqueados por unas alas blancas de puntas moradas que parecían darle la bienvenida al Bosque de Tulgey.
Ante sus ojos, las alas comenzaron a contraerse, transformándose en brazos pálidos; el pecho del animal se aplanó y las patas se estiraron hasta adoptar la forma de dos esbeltas piernas. En cuestión de segundos, la criatura se convirtió en una jovencita enfundada en una túnica blanca, con un collar de garras afiladas al cuello y una larguísima cabellera morada que le llegaba a la cintura.
—Hoo-hoo… Bienvenida, visitante, a este lejano bosque. Me imagino que estáis aquí por mí —dijo la muchacha, rascándose la barbilla con unas alargadas uñas pintadas de morado y adornadas con diminutos diamantes.
—No, estoy buscando a la Oruga Azul… Disculpe, ¿quién es usted?
—Hoo-hoo, siempre es a él a quien van a visitar. ¡Qué mala suerte la mía! Me llamo Sibila, la guardiana del bosque.
—Yo soy…
—Hoo-hoo, no necesitas decírmelo si no eres mi visitante.
Cuando Alicia quiso replicar, Sibila le colocó el dedo anular sobre los labios para silenciarla. El silencio se volvió tan tenso e incómodo que Alicia decidió romperlo:
—Me gustaría mucho que me indicara qué camino tomar para ver a la Oruga Azul.
Sibila señaló los dos senderos que se abrían ante ellas, uno de los cuales la conduciría a su objetivo.
—Hoo-hoo, esa no es mi decisión; es la tuya.
Alicia frunció el ceño, inclinándose instintivamente por el camino de la izquierda.
—Hoo-hoo... antes de irte, debes entregar una contribución a los dioses por dejarte entrar —añadió la guardiana.
—Yo… no tengo nada que ofrecerles.
Inmediatamente, Sibila sacó una daga plateada cuyo pomo tenía la forma de una cabeza de búho. Alicia retrocedió unos pasos con rapidez, intentando poner distancia de por medio.
—No temas, no te haré daño… Solo saca lo que llevas en el bolsillo.
Alicia mostró el contenido de su bolsillo derecho: el espejo cuya tapa posterior ostentaba grabada la imagen del sol y la luna fusionados.
—Hoo-hoo... ese mismo. Solo se necesita una gota de sangre para alimentar a los dioses.
Aunque desconfiaba profundamente de Sibila —y hasta del propio Cómodo—, Alicia sabía que negarse no era una opción si quería llegar a la Oruga Azul y obtener respuestas sobre cómo volver a casa, fuera o no la verdadera elegida de la profecía. Con desgana, extendió la mano tal como le indicó Sibila. La guardiana le pinchó levemente el dedo anular con la daga, extrayendo una sola gota de sangre que resbaló y cayó directo sobre la superficie del espejo.