Fantasía
La verdadera identidad de Alicia
Capítulo 3
Por giulianna
Al voltear, vio cómo algunas muchachas se quedaban paralizadas en sus bancas, devoradas por aquellas sombras; otras, tropezando entre sí, yacían tendidas en el suelo. Cuando se disponía a cruzar el umbral, una sombra de aspecto felino atacó a una chica a su costado, desgarrándole el brazo mientras esta, enloquecida por el pánico, suplicaba a gritos. Alicia intentó ayudarla, pero sus piernas se petrificaron al contemplar cómo los gritos de la muchacha eran acallados por las garras de la bestia, que la destrozaba sin piedad.
Y ahora venía por ella.
No supo de dónde sacó fuerzas; hizo el esfuerzo más grande de su vida para obligar a sus piernas a responder y echó a correr con el felino pisándole los talones. Tuvo la suerte de que los murales de enredaderas comenzaron a moverse, permitiéndole perder de vista a la bestia. Sin embargo, delante de ella, otra muchacha gritaba atrapada, intentando zafarse de las plantas que le apresaban los brazos y las piernas. Alicia corrió a rescatarla.
—¡No la toques! ¡Están vivas! —exclamó la muchacha que tenia su misma edad, dieciés años.
—Pero… ¿cómo voy a…?
—Es mejor que te vayas, no puedes hacer nada por mí.
—No puedo hacer eso… —la angustia de Alicia se reflejó en su propio rostro, el cual vio reflejado en los ojos cristalinos de la muchacha.
Alicia quería salvarla como los caballeros de sus novelas, pero carecía de las armas necesarias para enfrentarse a semejantes seres sobrenaturales. Se sentía tan impotente como cuando sus pies se habían quedado pegados al suelo con la primera víctima. De pronto, una sombra con forma humana arrojó una lanza que se clavó en el pecho de la desconocida. Los ojos de la chica se blanquearon y la sangre comenzó a desparramarse como el agua de una cascada.
Alicia lanzó un grito de horror. Vio que aquella sombra se le acercaba. Ya no quería huir, aunque todo su cuerpo temblaba; correr no serviría de nada, así que era mejor enfrentarse a él como los héroes y morir con honor. Intentó arrancar la lanza clavada en el cadáver, pero al tocar el asta sintió una descarga eléctrica tan insoportable que tuvo que soltarla de inmediato. Sus manos quedaron chamuscadas, y el dolor al intentar mover los dedos era atroz.
El hombre sombra estaba frente a ella, dispuesto a abalanzarse para empujarla hacia las enredaderas. Por puro instinto, Alicia logró esquivarlo a tiempo. Pero, para su mala suerte, un nuevo peligro irrumpió en la escena: un gruñido bestial retumbó en el aire y una sombra enfurecida se lanzó sobre el hombre sombra, devorándolo en segundos. Era el mismo felino que la había estado acechando, considerándola un manjar listo para ser consumido.
Al retroceder, Alicia resbaló y cayó. Intentó levantarse con lentitud, pero al apoyar las manos dañadas contra el suelo, el dolor agónico la hizo chillar. No quería morir desgarrada por aquella fiera. Su efímero heroísmo se había desvanecido por completo, dejándola sumida en el terror. Sin darse cuenta, sus dedos rozaron algo duro y redondo oculto en el bolsillo izquierdo de su delantal. Soportando el suplicio, sacó un objeto: un simple espejo cuya tapa ostentaba el relieve de un sol y una luna fundidos como dos amantes entrelazados.
Se percató de que la bestia se había inmovilizado debido a la aparición de un rayo de sol justo frente a ella. Era extraño, pues el cielo estaba cubierto de neblina y parecía imposible que un rayo de luz se abriera paso. Aprovechando el temor del felino —y recordando el truco con el que solía jugar con su gato para que persiguiera la luz con sus patitas blandas—, Alicia abrió la tapa del espejo. Dirigió el reflejo hacia las patas de la criatura. El felino intentó retroceder desesperado; cada vez que el haz de luz tocaba su cuerpo, brotaban de él pequeñas llamaradas de fuego, hasta que huyó a toda prisa como un cachorro asustado ante un perro feroz.
No podía cantar victoria. A lo lejos, varios hombres sombra avanzaban armados con lanzas. Pensó que ese era su fin.
Desde el cielo, escuchó el repiquetear de unos cascabeles. Sin percatarse, detrás de ella había aparecido un joven apuesto, ataviado con una levita roja ribeteada de filigranas negras, un bombín oscuro y un bastón cuya empuñadura tenía la forma de un gorro de bufón dorado. Su cabello castaño y ensortijado lucía revuelto al quitarse el sombrero, dejando ver unos ojos de color ámbar que fascinaban y horrorizaban a partes iguales.
El joven sacó unos naipes de sus bolsillos y los arrojó al aire. Como si una brisa invisible dirigiera una orquesta, las cartas se alinearon hasta formar una escalera kilométrica que parecía ascender directamente al cielo, perforando la neblina. Él le sonrió antes de ayudarla a levantarse, la guio hasta el primer peldaño de naipes y dio unos golpecitos con su bastón. De la nada, brotó una rosa blanca que el muchacho depositó en sus palmas; los pétalos comenzaron a desprenderse al instante, envolviendo sus manos hasta desvanecerse y curando sus quemaduras por completo.
La Reina de Corazones, observándolos a lo lejos a través de un catalejo rojo, estalló en furia y ordenó a sus guardias y a las sombras que los atacaran sin piedad. Mientras los enemigos se acercaban y una lluvia de lanzas volaba hacia ellos —desviándose en el aire por arte de magia—, el joven se tomó su tiempo para besar con elegancia la mano de Alicia.
—Señores y señoras, fue un gusto verlos, pero lamentablemente nos tenemos que ir —anunció con calma.
—¡Que le corten la cabeza! —chillaba la reina histérica.
Los soldados desenvainaron sus espadas, otros dispararon sus escopetas y los hombres sombra continuaron arrojando lanzas, pero era inútil: ellos ya se encontraban en lo más alto de la escalera de naipes. Con un chasquido de lengua y sujetando a Alicia de la cintura, el muchacho dio un salto al vacío. Ella sintió el vértigo familiar de caer en un abismo, pero el impacto nunca llegó.
Ahora estaba sobre los lomos de un elefante volador que aleteaba con orejas gigantescas hechas de plumas, similares a las de un ave.
Alicia sintió que iba a enloquecer de tanta fantasía: muchachos con ojos de ámbar, comida parlante, sombras asesinas, chicos que aparecían de la nada y paquidermos voladores con plumaje. A pesar de todo, sentía una profunda gratitud hacia aquel joven —que aparentaba unos veinte años o más— por haberla sacado de aquel matadero.
En un parpadeo, el entorno cambió. Observaban colinas y praderas hermosas hasta que descendieron del elefante. Alicia se apartó de él para agradecerle, aunque al mirarlo al rostro sintió una extraña sensación de familiaridad. ¿Podría ser alguien conocido en el mundo real? ¿O sus recuerdos estaban confusos a causa de la fiebre del sueño?
—Yo… es la peor pesadilla que he tenido en toda mi vida… Todo esto es una locura —sus piernas no dejaban de temblar y sentía un revuelco insoportable en el estómago.
—Puede ser que sí, como que no.
—¿Qué?
—Eso no es una pesadilla, aunque es una locura; estamos en el País de las Maravillas.
El muchacho alzó y estiró los brazos como un presentador de circo: —¡DAMAS Y CABALLEROS, PASEN Y SEAN BIENVENIDOS AL PAÍS DE LAS MARAVILLAS!
—¿El País de las Maravillas? Por favor, lord… esto no es más que una espantosa pesadilla.
—Cómodo, por favor. Nada de títulos honoríficos, eso no va conmigo. Llámame como me conoce todo el mundo: Cómodo, por Comodín. Joker, si prefieres, aunque ese lo usan más mis enemigos.
Alicia apenas prestaba atención a las palabras de Joker. Tenía grabados en la mente el horror que acababa de vivir y los rostros pálidos de las muchachas asustadas. Se llevó una mano a la boca para contener las náuseas, incapaz de resistir más, y terminó devolviendo el budín sollozante y la bebida alegre que había consumido antes. Cómodo le frotó suavemente la espalda y le tendió un pañuelo.
—Tenemos que salvarlas —dijo ella, negándose a aceptar que las demás murieran mientras ella se salvaba sola—. Es tan injusto…
Se pellizcó el brazo con fuerza para despertar, pero no pasó nada. Ahora sabía el nombre de aquel lugar; o más bien, ya no creía que fuera un simple producto de su imaginación, pues lo sentía demasiado real.
—Es mejor que nos alejemos de aquí. Es muy probable que esos mugrientos sabuesos nos estén persiguiendo, y lo siento mucho, pero no podemos salvarlas… a estas horas ya están muertas.
Las palabras cayeron como un jarro de agua fría; las lágrimas de Alicia brotaron sin control.
—¿Cómo que muertas?
—Nadie sale con vida de ese laberinto. Hay una sola entrada, pero jamás una salida.
—Ese maldito conejo… me engañó diciendo que podía ganar, pero solo era un matadero.
Cómodo la abrazó para consolarla, mientras las lágrimas de Alicia empapaban su levita. Cuando ella logró calmarse, el joven dio un golpecito con su bastón en la tierra. De inmediato brotaron varias esferas azules que emitían un olor fétido; las arrojó entre la hierba y estas se desvanecieron soltando un humo blanco azulado que, transportado por el viento, comenzó a impregnar todo el entorno.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, intrigada.
—Eso les dará un buen dolor de cabeza a los salvajes sabuesos rastreadores.
Caminaron en silencio durante un buen rato. El aire era denso, pero Alicia llevaba un nudo en la garganta que le impedía hablar. Todas aquellas muertes causadas por la malvada reina la hacían odiarla con cada fibra de su ser; quería vengarse, sí, pero por encima de todo, lo único que deseaba era regresar a su hogar con su familia. Aquel sueño se tornaba demasiado real, demasiado mágico… y eso era lo que más la aterrada.