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Fantasía

La verdadera identidad de Alicia

Capítulo 2

Por giulianna

El absurdo se abría paso con la fuerza de un vendaval. Hombres que mutaban en animales, umbrales imposibles y objetos ingrávidos desafiaban toda lógica. ¿Cómo iba a entrar en esa diminuta puerta si el conejo ya se había marchado y, para colmo, la había cerrado con llave?

Alicia probó suerte con los demás pestillos de la galería, pero todas las puertas permanecían inmóviles, firmemente selladas. ¿Acaso requería una llave? Y de ser así, ¿dónde encontrarla en medio de la nada? Intentando sofocar el impulso de morderse las uñas por los nervios, alzó la vista y vio cómo una mesa redonda de vidrio caía pesadamente desde las alturas. Se apartó a tiempo; para su asombro, el cristal no se hizo añicos. Al acercarse con cautela, descubrió sobre la superficie un pequeño budín de color verde que sollozaba desconsoladamente, acompañado por una diminuta llave dorada.

—¡Cómeme, cómeme! —repetía el pastelillo entre sollozos.

Con las manos temblorosas, Alicia tomó el extraño manjar parlante. No albergaba dudas: tanto el budín como la llave guardaban la clave para avanzar. «No parece muy agradable comer algo que llora», pensó. Abrió la boca con reticencia y, sabiendo que no le quedaba otra alternativa, mordisqueó un trozo del budín mientras aferraba la llave dorada en su mano izquierda.

De inmediato, su cuerpo comenzó a encogerse hasta quedar sepultada bajo su propio vestido veraniego de color rosado. Consiguió abrirse paso a través del cuello de la prenda hasta asomar la cabeza y respirar aire fresco. Al comprobar el estado de sus manos, descubrió con horror que estaba completamente desnuda, ruborizada como un tomate recién cosechado. Miró hacia arriba, contemplando la inmensa mesa que ahora se alzaba como una mole sobre ella, y decidió armarse de valor para correr hacia la puerta pequeña. «Tendré que improvisar algo para vestirme al cruzar... ¡Oh, Dios mío, qué vergüenza!».

Mientras avanzaba a toda prisa, notó nuevamente la frescura del suelo húmedo, una sensación tan placentera que por un instante logró eclipsar su desnudez. Al llegar ante la diminuta puerta, recordó la llave dorada y tuvo que emprender el camino de regreso hacia su gigantesca ropa. Tras rebuscar con frenesí, su rostro se iluminó al encontrar el pequeño objeto metálico. Aliviada, desanduvo el trayecto, insertó la llave en la cerradura y giró el pomo.

«Mi madre y mi abuela se morirían de vergüenza y luego se suicidarían por criar a una indecorosa... En cuanto a papá, me diría con una sonrisa: "Alicia, lo que haces es imperdonable, pero una vida sin escándalos no es vida"».

Al cruzar el umbral, un destello cálido envolvió su cuerpo. Como por arte de magia, un vestido celeste con delantal blanco, zapatos de charol y medias blancas de rayas negras cubrieron su piel al instante.

El conejo blanco la aguardaba con gesto hosco. Delante de sus ojos, el animal se transformó en el apuesto joven de mirada ámbar, obsesionado con las manecillas de su reloj de bolsillo.

—Vamos, Alicia. El juego está a punto de empezar; si llegas tarde, perderás la cabeza —urgió el muchacho.

Alicia tuvo que alzar la barbilla para mirarlo. Al ver que sus palabras se perdían en el aire, el joven se arrodilló y le tendió la mano. Ella trepó con agilidad y se aferró a uno de sus largos dedos para sostenerse frente a su rostro.

—¡Explícame qué está sucediendo! No pienso seguirte como un perro faldero; ¡exijo respuestas!

—Como te dije: si no juegas, no recuperarás nada de lo que perdiste.

—¿Pero por qué yo? Esto es un sueño, ¿verdad? Solo en un sueño puede existir un hombre con orejas de conejo.

Intentando alcanzar las orejas del joven, Alicia comenzó a dar saltitos sobre su palma.

—No, no es un sueño... Vámonos ya, o será demasiado tarde. Pero antes, bebe esto. Solo una gota, no más, o no recuperarás tu tamaño original.

El muchacho le extendió un frasco de vidrio transparente cuyo líquido amarillentino exclamaba «¡Bébeme, bébeme!» con aire jocoso, muy lejos de la melancolía del budín anterior. Al depositarla en el suelo, Alicia obedeció la advertencia y consumió una sola gota; su cuerpo recuperó la estatura normal de inmediato.

El miedo amenazaba con paralizarla. Podía huir y buscar respuestas por su cuenta, aunque ignoraba qué peligros acechaban en aquel territorio donde incluso las flores cantaban para atraer y devorar a pequeños animales. La opción más sensata era seguir al hombre-conejo, participar en el juego de la Reina de Corazones y despertar de aquella pesadilla para reunirse con su familia. Pero una duda helaba su sangre: si moría en el sueño, ¿dejaría de existir en el mundo real? Jamás había soñado con su propia muerte y no deseaba comprobarlo. Los nervios la traicionaron y comenzó a morderse las uñas; por fortuna, su abuela no estaba allí para reprender el gesto con una regla. Aunque el muchacho insistía en que no era un sueño, ella se aferraba a la idea de que todo era producto de su imaginación. Tenía que ganar para rescatar a los suyos; la esperanza era lo único que no podía permitirse perder.

Tras una larga caminata, llegaron a una ciudad amurallada. Unos guardias con capas decoradas con símbolos de diamantes custodiaban el acceso, permitiendo el paso únicamente a quienes presentaban sus credenciales en regla. El hombre-conejo guió a Alicia sin inmutarse ante las miradas de los transeúntes, quienes, tras observarla con disimulo durante unos segundos, inclinaban la cabeza hacia el suelo, respetando las reverencias de los centinelas.

La muchacha quedó fascinada por el bullicio de las plazuelas, las casas coloridas y las calles pavimentadas con adoquines rojizos y negros. Estatuas de formas imposibles se alzaban junto a edificios construidos con naipes gigantescos, cuyas cúspides se perdían entre las nubes. La variedad de habitantes era desconcertante: desde animales vestidos con elegancia que caminaban en dos patas hasta personas de cabelleras teñidas con tonos chillones, rojos y negros.

Todos compartían un rasgo común: miradas asustadizas y pasos apresurados. Cuando un niño se atrevió a observarla demasiado tiempo, un guardia uniformado —con una capa marcada con un diez de tréboles— lo arrastró hacia la comisaría sin importarle los gritos ni la presencia de los padres.

El hombre-conejo se detuvo en seco, provocando que Alicia chocara contra su espalda.

—¡Hemos llegado al castillo de la Reina de Corazones!

Alicia contempló la imponente fachada del castillo rojo, flanqueado por dos torreones amenazantes. Los pesados portones de hierro comenzaron a abrirse, revelando a dos soldados con capas de corazones que la examinaron de pies a cabeza con ojos negros y vacíos.

Tomándola de la mano para sacarla de su estupor, el muchacho la condujo al interior y corrió hacia los jardines traseros, insistiendo en que el tiempo apremiaba. Al llegar, descubrieron una inmensa hectárea cubierta de arena donde numerosas jóvenes de su misma edad, ataviadas con idénticos vestidos celestes y delantales blancos, aguardaban nerviosas sobre pedestales circulares de piedra.

De súbito, el conejo extrajo de su bolsillo una trompeta diminuta. Tras un leve soplido, el instrumento creció hasta alcanzar un tamaño considerable; el joven sopló con tanta fuerza que Alicia tuvo que cubrirse los oídos.

—¡Su Excelencia Imperial, tal como deseaba, os traigo a la última candidata a tiempo para el juego!

Bajo sus pies, el suelo comenzó a temblar. El pedestal la elevó, transportándola en un parpadeo hacia la entrada de un laberinto monumental de altos muros cubiertos de espesa enredadera.

En un anfiteatro ovalado, la nobleza —tanto humanos como animales ataviados con trajes estrambóticos— aguardaba con la cabeza gacha en señal de sumisión. A los lados del estrado central, dos jóvenes lloraban y se tiraban de los cabellos, presas del pánico.

Sobre un trono dorado presidía la Reina de Corazones, cuya belleza inigualable deslumbraba y aterrorizaba a partes iguales: cabello azabache, piel de alabastro y ojos de un profundo color ámbar bajo una corona negra incrustada de rubíes. Su expresión destilaba una frialdad glacial, oculta tras una sonrisa maliciosa que apenas velaba con un abanico rojo. A su derecha languidecía el rey, un joven escuálido y ojeroso, reducido a la condición de mera marioneta.

Incorporándose con elegancia, la soberana lució su esbelta figura, enfundada en un corpiño rojo que realzaba sus formas y una amplia falda decorada con los palos de la baraja. Alzando su abanico rojo, señaló directamente hacia Alicia:

—¡Que empiece el juego!

Las sombras de los nobles cobraron vida, transformándose en grotescas siluetas de animales gigantescos y humanoides de oscuridad pura, surcadas por un brillo plateado en el centro de sus cuencas oculares. Sin previo aviso, las criaturas lanzaron un ataque feroz. Las jóvenes saltaron de sus pedestales y se adentraron despavoridas en el laberinto, mientras los gritos de terror rasgaban el aire.

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