Fantasía
La Maldición del Espejero
Capitulo 1
Por giulianna
Había una vez un mundo lleno de magia donde los magos vivían en armonía y paz. La capital de aquel maravilloso país se llamaba Maglux, una ciudad tan perfecta como sus habitantes. Todo era dicha gracias al poder de los magos espejeros, quienes creaban espejos con solo el aliento de su boca, proyectando sentimientos de pureza, amor, alegría, empatía y felicidad. Era un lugar conocido como La Felicidad Eterna.
Sus casas destacaban por ser las más pintorescas, combinando a la perfección con las ropas y los peinados más estrafalarios que uno pudiera imaginar. Sobresalían sus casacas de cuero, teñidas por los magos tintoreros de diferentes colores para diferenciar las habilidades mágicas de cada portador, sin olvidar el símbolo circular estampado en la espalda que representaba a su respectivo gremio. Lo más curioso es que jamás se atrevían a usar el color negro; ya nadie recordaba si era porque el Consejo de Magos lo tenía prohibido o porque era un tono incapaz de transmitir calidez.
Al pasear por sus calles, parques, plazuelas o incluso por los callejones más estrechos, uno siempre se encontraba con espejos de diversos tamaños; al reflejarse en ellos, era posible hallar la dicha que se deseaba.
Todos los magos se saludaban con respeto y se ayudaban mutuamente a reconstruir sus viviendas o a sanar a los heridos por el clima inclemente que regía su mundo, pues su magia no les otorgaba el poder de dominar los elementos como el agua, la tierra, el viento o el fuego.
Además, era muy sabida en la capital la presencia de dos jóvenes magos que destacaban no solo por su belleza, sino por sus descomunales habilidades. Eran seres muy poderosos a los que todos admiraban y que encarnaban a la perfección el lema de la ciudad: «Cuanto más perfecciones tus habilidades, más poderoso y perfecto serás». Eran los hermanos Victorius.
El mayor era un gran sanador; el menor, un dotado espejero. Cuando un terremoto, huracán, tsunami o tormenta azotaba la región, ambos aparecían en las ciudades afectadas para restaurar los destrozos de la naturaleza como si nada hubiera ocurrido, aunque los procesos solían demorar meses. Mientras el sanador atendía a los heridos y los constructores levantaban las viviendas, el hermano menor se dedicaba a reemplazar los espejos arruinados por las catástrofes. Con un soplo de su aliento y la pureza de su ser, creaba el espejo anhelado que devolvía la sonrisa a la gente.
Caleb, el hermano menor —de tez blanca, profundos ojos azules como el zafiro, cabellera rubia y mandíbula marcada—, era sumamente feliz porque amaba su trabajo; hacer dichosos a los demás le brindaba una satisfacción plena. Por esa razón, a los espejeros les estaba prohibido albergar sentimientos que alterasen su estado de ánimo, como el dolor por la pérdida de un amigo, un familiar o un amante. Era una regla estricta del Juramento de Bienestar (dejar de lado cualquier emoción negativa por la felicidad del pueblo), un voto para el cual los espejeros eran entrenados con el fin de dominar sus emociones, volviéndose más pragmáticos, al ser los únicos a los que sus propios espejos no afectaban.
Al terminar los estudios en la Academia de Magia con las calificaciones requeridas, cada mago realizaba su juramento ante el Consejo y su respectivo gremio, recibiendo finalmente la casaca del color correspondiente a su profesión. A veces, esto tomaba años de perfeccionamiento, especialmente para los menos hábiles.
Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Una vez reparadas las viviendas y sanando los cuerpos, la gente acudía desesperada a los espejos para reconfortarse, intentando apaciguar el malhumor, el desánimo, el dolor y el miedo que la crueldad de la naturaleza iba sembrando en sus corazones. Los ataques se volvieron cada vez más frecuentes y feroces, superando con creces los ciclos de reconstrucción.
La gente ya no sabía cómo calmar a la Madre Naturaleza; ni siquiera las ofrendas servían. Sentían que la tierra los castigaba por algo que no comprendían. De un momento a otro, comenzaron a rechazar los espejos, sintiendo que la felicidad que reflejaban era una farsa. Surgieron los murmullos de que el fin del mundo se acercaba y que debían buscar nuevos horizontes. Algunos decidieron que era necesario enviar a los magos viajeros hiperespaciales a explorar otros mundos, gracias a la resistencia física que poseían para surcar las rutas espaciales.
Otros, en cambio, se oponían rotundamente a abandonar su hogar, y los padres de los viajeros temían por las vidas de sus hijos.
La Felicidad Eterna comenzó a sumirse en la oscuridad. Las protestas estallaron, volviéndose cada vez más violentas. Los manifestantes destruyeron los espejos a su paso y persiguieron a los espejeros hasta herirlos de gravedad, convirtiéndolos en las primeras víctimas de su ira, sin perdonar ni al propio gremio, cuyo edificio fue demolido hasta los cimientos por magos explosivos.
El Consejo de Magos, compuesto por cinco poderosos líderes, no soportó aquella violencia extrema. Para restaurar el orden, decretaron que los magos metálicos encadenaran a los más violentos con grilletes de Axlu —el metal más duro y resistente, capaz de bloquear cualquier tipo de magia—. A los infractores menos peligrosos se les permitió transitar las calles con la condición de ser marcados por los magos tatuadores para inhibir sus poderes temporalmente.
Asimismo, decretaron que los magos viajeros continuaran su búsqueda, y, para calmar a las masas enfurecidas, desterraron a los magos espejeros, disolviendo su gremio y prohibiéndoles usar su magia para que los demás gremios no se sintieran engañados por falsas emociones.
Alex, el hermano mayor de Caleb —quien no solo era un gran sanador, sino también un miembro activo del Consejo—, emitió el voto decisivo para aprobar tal destierro.
—¿Por qué no luchaste por nosotros? ¿Qué daño hemos hecho, si lo único que deseábamos era llevar la felicidad a todo el mundo? —le reprocha Caleb.
Caleb siente cómo un oscuro sentimiento de traición empieza a apoderarse de su interior, amenazando con romper su sagrado juramento mientras la ira y el odio le queman el corazón por primera vez.
—Caleb, sabes por lo que estamos pasando. El mundo está llegando a su fin. ¿No te das cuenta de que no podemos vivir fingiendo felicidad cuando las preocupaciones nos carcomen? No queremos morir con una sonrisa falsa en el rostro; lo que queremos es sobrevivir.
—¡Es por eso que nos destierran! ¡Porque dicen que la felicidad que proyectan nuestros espejos es solo una ilusión!
—No es que sea una ilusión... —Alex se pasa una mano por la frente, frustrado por no saber cómo hacerle entender que el mundo real exigía afrontar la verdad—. Es que no se puede estar tan campante cuando el fin de nuestros días se aproxima.
—¿Por eso han roto nuestros espejos? ¿Ya no les importa ser felices? ¿Prefieren revolcarse en la angustia y la desesperación?
—No es eso, Caleb. Es...
—¡Ya cállate de una vez!
—Caleb... —su hermano mayor intenta sujetarle el brazo, pero Caleb se aparta con brusquedad, rehusando el contacto de esas manos traicioneras—. Escúchame. Es solo temporal. Cuando encontremos un nuevo mundo, regresaremos a como éramos antes. Ya verás que la gente misma pedirá que los espejos vuelvan.
—¡No sigas diciendo mentiras!