Fantasía
La maldición del espejero
Capítulo 7
Por giulianna
Siglos atrás, cuando la Dama de la Noche y las Estrellas era conocida como la maga Nirva, amaba su habilidad más que nada en el mundo. Al arrebatar los recuerdos desdichados y las emociones negativas de los demás, se sentía dichosa. Sin embargo, su percepción se torció: convencida de que los recuerdos oscuros eran superiores a los felices, comenzó a robar también la alegría ajena para imponer su visión de que ella era la elegida de la oscuridad.
Nadie comprendía que la magia no era tan pura como creían. En las profundidades de las colinas gemelas yacía el estanque negro, donde habitaba aquel a quien ella llamaba el Padre. Esa entidad sobrevivía gracias a los recuerdos desechados que Nirva le transfería; pronto descubrió que el Padre se volvía mucho más poderoso cuando se alimentaba de recuerdos felices, provocando que la Madre —el espíritu del planeta— comenzara a desestabilizarse y a generar desastres naturales. Además, cuando Nirva se sumergió en sus aguas, el Padre le ofreció la vida eterna. Para ella, aquello significaba un renacer definitivo, librándose de morir para convertirse en abono de los árboles, tal como dictaba el ciclo de la Madre. Por esa razón, la magia pura y la magia negra jamás podrían coexistir.
Cuando los primeros magos la descubrieron en el estanque y se enfrentaron a ella —perdiendo a dos de los suyos en el combate—, fue capturada y condenada a ejecución pública. Su ilusa amante, ignorando que era inmortal, la encerró en un mundo onírico creyendo que así la salvaba de la muerte. Aunque Nirva aborrecía a esa mujer por haberla enjaulado, sus últimas palabras antes de perder la consciencia fueron un mensaje críptico: «Sangre y sacrificio». En ese entonces no lo comprendió, pero tras los siglos transcurridos supo que su amante le había ofrecido su sangre y su sacrificio como llave para liberarla. Por ello, aguardó una eternidad hasta hallar al vinculante indicado.
Mientras tanto, el estanque negro continuaba corrompiendo las raíces de la Madre. Los primeros magos hicieron lo imposible por erradicar aquellas aguas estancadas, pero la oscuridad se aferraba con fuerza a las entrañas del mundo, debilitándolo lentamente. Conscientes de su inminente fin, legaron el conocimiento a sus sucesores para que, cuando llegara la hora de la destrucción del planeta, supieran qué hacer. Desafortunadamente, la advertencia fue ignorada hasta que los cataclismos se volvieron incontrolables.
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En el presente, los espejos malignos se alimentaban de la magia negra, volviéndose cada vez más poderosos en medio del caos y la histeria. La sangre manchaba las calles mientras los magos se masacraban unos a otros consumidos por el odio, sin importar edades ni vínculos; su único objetivo era matar.
Los miembros del Consejo intentaron resistir, pero la Dama de la Noche y las Estrellas, blandiendo su espada con destreza letal, decapitó al mago Oris y al mago Caín. A la maga Safira le amputó las manos antes de atravesarle el corazón con la hoja sombría.
De pronto, los espejos comenzaron a vibrar frenéticamente, emitiendo un sonido estridente. De cada superficie cristalina emergió una silueta oscura que, al fundirse en el aire, materializó un cuerpo sólido: el de un joven que no podía creer que hubiese regresado de la muerte.
La Dama de la Noche y las Estrellas se acercó a él, acariciándole las mejillas con delicadeza antes de tomar su mano izquierda y guiarlo hacia donde se encontraba la muchacha que un día le había ofrecido esperanza.
Dayan estaba prisionera, fuertemente atada de pies y manos por lazos azules que le impedían el más mínimo movimiento. Solo sus ojos reflejaban el terror absoluto ante la masacre consumada. Al ver al chico que le gustaba de pie frente a ella, revivido tras haber sido desintegrado por Safira, la incredulidad la golpeó con fuerza. Luego, su mirada se desvió hacia la mujer de vestido negro y larga cabellera nocturna.
—¿A que no es una lindura, tu amado Caleb? —burló la entidad.
Caleb no respondió. Estaba petrificado, tanto por su propia resurrección como por el destino de la maga viajera. A su alrededor reinaba un silencio sepulcral, un vacío tan absoluto que los cadáveres esparcidos parecían maniquíes estropeados.
—Ni siquiera pienses en salvarla —añadió la Dama con una sonrisa sarcástica—. Solo convéncela de que abra el portal con tus lindas palabras.
—¿El portal?
—Eres un tontuelo... ¡Claro que el portal para ir al otro mundo! El Padre quiere iniciar su reinado allí. —Besó la empuñadura de su espada negra—. Este mundo ya nos sirve; las aguas del estanque han filtrado las raíces donde la Madre recuperaba su energía. Todo está contaminado, y nuestra venganza está cumplida.
—Yo… no voy a hacer nada de lo que pretendes —balbuceó Caleb, temblando de pies a cabeza, con la frente sudorosa y la mandíbula tensa.
—Ya has tenido tu venganza, ¿y ahora quieres dejar inconcluso nuestro trato? —La Dama de la Noche y las Estrellas se mordió una uña y miró a Dayan—. ¿Qué dices tú a eso?
Con un ademán, los lazos que apresaban a Dayan se disolvieron, dejándola en libertad. Aunque podía huir, sabía que escapar de ellos era imposible.
—¡Jamás abriré un portal para dejarlos entrar en ese nuevo mundo! —gritó ella con toda la furia que albergaba en el pecho.
—Eso no es nada bueno —murmuró la Dama, levantándola del suelo con una sola mano y apretándole la garganta.
—¡Suéltala, por favor! —suplicó el espejero.
—Como tú digas —respondió con desdén, arrojándola contra un muro hasta que su espalda chocó con violencia—. Por eso el Padre te trajo de regreso, Caleb. Encárgate de que abra el portal, o de lo contrario la despellejaré lentamente.
A pesar del dolor en el cuerpo y las arcadas que le provocaba el golpe, Dayan prefería la muerte antes que traicionar a su hogar. La Dama de la Noche y las Estrellas poseía el poder de manipular su mente para forzarla a obedecer, pero su retorcida malicia prefería otra cosa: deseaba ver si Caleb cumpliría la orden del Padre o si haría lo imposible para evitar que la chica fuera torturada.
Caleb comprendió entonces qué instrumento debía utilizar. Creó con un soplo un artefacto que jamás en su vida habría querido concebir: el espejo de la ostentación.
Al sostener el pequeño espejo frente a Dayan, ella no pudo resistirse. Aunque cerró los fuerza los ojos, estos se abrieron lentamente, quedando prendada del reflejo hipnótico.
—Tengo el lugar perfecto para ustedes —murmuró Dayan con voz ausente—. Le llaman Tierra... un nuevo mundo donde yo soy la única que puede llevarlos a este hermoso paraíso.
Uniendo las manos para formar un triángulo, Dayan comenzó a proyectar una intensa luz azul y a pronunciar las palabras de apertura. El portal estaba listo. Sin embargo, en un último destello de voluntad, la Madre —el planeta moribundo— sacudió la tierra con un sismo final, separando abruptamente a la Dama de la Noche y las Estrellas de los magos.
Mientras la entidad comenzaba a levitar, una bandada de aves la atacó picoteándola sin tregua, al tiempo que gruesas raíces brotaban del suelo para inmovilizarle los tobillos. Caleb vio su oportunidad: intentó desintegrar el pequeño espejo flotante para romper el encantamiento y huir junto a Dayan al otro mundo.
Pero el espejo desobedeció su voluntad y voló directamente hacia las manos de la muchacha. En ese preciso instante, Dayan recuperó la consciencia. La voz de la Madre le susurró en la mente que el único modo de destruir el portal y salvar el nuevo mundo era su propia muerte, pues ya no había salvación para el hombre que había hecho latir su corazón con tanta fuerza.
Lágrimas incontenibles rodaron por sus mejillas, cayendo como perlas sobre la superficie del espejo.
—¡Dayan, no! —gritó Caleb, corriendo hacia ella con todas sus fuerzas.
Pero fue tarde. Dayan quebró el pequeño cristal con los puños y, tomando una afilada esquirla, se cortó la garganta.
—¡Noooooooo…!
Caleb cayó de rodillas, incapaz de procesar el horror. Su cuerpo se congeló mientras la veía desangrarse en el suelo. El portal comenzó a cerrarse y, antes de que pudiera reaccionar, la Dama de la Noche y las Estrellas lo empujó con telequinesis a través del umbral justo antes de que este se desvaneciera por completo.
Lo último que escuchó fue la sentencia resonando en su mente:«El trato sigue en pie. Ahora es tu turno de servir al Padre por toda la eternidad... Recolectarás la maldad de este mundo para él».
Apareció de repente en un mundo extraño. Durante doscientos años, vagó día y noche por aquel planeta llamado Tierra, buscando almas nobles que albergasen una mínima semilla de rencor o ambición, esperando el momento en que esa maldad brotara con fuerza ante el reclamo de los espejos malignos.
Al principio no entendía por qué la Madre le había permitido conservar el pequeño espejo —que ahora lucía nuevo y reluciente—, encargado de robar el recuerdo de un ser amado o de un suceso crucial para borrar la existencia de este en la memoria de su víctima, facilitando así su caída en la oscuridad. Con el tiempo comprendió que aquel espejo no era una herramienta de perdición, sino el último recurso para que algunas almas lograran equilibrar sus emociones y salvarse, aunque fuesen pocos los que lo conseguían.
Ataviado con su clásica casaca de cuero negro grabada con el diseño de un espejo en la espalda, Caleb aguardaba en las sombras. Los susurros constantes de sus artefactos le indicaban quién era su próxima presa: un joven desolado que maldecía el otoño, intentando arrancar de su mente a la muchacha que le había roto el corazón, mientras anhelaba con desesperación fortuna y prestigio.
Caleb sonrió con amargura, preguntándose si aquel muchacho lograría salvarse en la luz o si terminaría hundiéndose en la oscuridad. Para él ya no había redención; el pacto sellado con la Dama de la Noche y las Estrellas lo había condenado a ser el esclavo eterno de los espejos, pagando el precio de una venganza consumada a cambio de una soledad infinita.
Cargando con su culpa, dio el primer paso hacia el muchacho que desesperadamente necesitaba de sus espejos.