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Fantasía

La maldición del espejero

Caítulo 6

Por giulianna

Se oía el regocijo de los magos, que aplaudieron con júbilo la buena noticia. Los xow —aves grandes de plumaje amarillo y azul dotadas del don del habla— anunciaban que la partida al nuevo mundo se realizaría en los cinco días siguientes, justo cuando llegaran los demás magos viajeros hiperespaciales. Ellos acudirían de inmediato gracias a los símbolos grabados en sus collares, capaces de emitir alarmas estridentes como llamada de retorno al hogar.

A la medianoche, su hermano no había llegado solo, sino acompañado de la maga Dayan. Al verla tan radiante, Caleb se alegró de que la propuesta hubiese sido aceptada.

—No tienes que decirme nada, se te nota en el rostro. Felicidades, Dayan.

—Bueno… estoy tan feliz por haber encontrado un nuevo mundo donde vivir —respondió ella.

Se acercó manteniendo una distancia prudente por unos instantes, pero de pronto se abalanzó sobre él, envolviéndolo en un fuerte abrazo.

—¡Me vas a matar!

—Bueno… matarte no sería placentero, Caleb.

Sí que se había equivocado al llamarla niña, pensó él. Era toda una mujer, tan pícara cuando le convenía, y lo cierto es que le atraía profundamente y deseaba conocerla aún más.

—Me encanta cómo suena.

—Por favor, un poco de respeto —intervino Alex, apartando la mirada para no presenciar el coqueteo.

—No seas un metratránculo —dijeron los dos jóvenes al unísono.

—¿Qué es eso?

—Un insulto —respondió Caleb, guiñándole un ojo a Dayan.

Los dos hermanos comenzaron a reír. Caleb extendió la mano, pero su hermano lo atrajo de repente hacia su pecho con un fuerte abrazo.

—Te he extrañado un montón, Alex.

—Y yo a ti, hermano. Fui un tonto por no darme cuenta de lo mucho que te extrañaba también.

—Lo que importa es que estamos juntos de nuevo —dijo Alex—. Ya es muy tarde para ser mi Estron, pero me imagino que no has comido.

—Por supuesto que no. ¿Y ustedes?

—Lo que el Consejo nos dio por la celebración de nuestro nuevo hogar.

Faltaban solo cinco días para que los magos hiperespaciales llegaran y, guiados por Dayan, cruzaran al nuevo planeta. Los tres se notaban agotados, así que permitieron que Dayan se instalara en una de las habitaciones de huéspedes antes de retirarse a dormir.

A la mañana siguiente, como era costumbre, Alex partió temprano hacia el Consejo de Magos para atender los últimos preparativos. Mientras tanto, Dayan y Caleb desayunaron conversando de cosas triviales, celebrando la ilusión del nuevo mundo y su inminente libertad. Luego de acompañarla hasta su gremio, Caleb se dirigió a la plaza mayor para encontrarse con Ron y el resto de los espejeros.

Ron, un joven de su misma edad de rostro ovalado, destacaba por sus penetrantes ojos verde claro y su típica cabellera rosada que le llegaba hasta la cintura, siempre amarrada con una cinta elástica. En ese momento daba órdenes a otros magos para organizarse en las áreas que requerían auxilio. Caleb jamás se habría imaginado que su amigo —aquel chico tímido a quien le temblaba la voz y sufría de nervios en las exposiciones de la Academia— se hubiera convertido en el líder del equipo de salvaguardias, dirigiéndose con tanta seguridad al centro del círculo.

—¡Caleb! Qué alegría que hayas venido —lo saludó, estrechándole la mano con firmeza.

—Pareces muy ocupado.

—Ahora es lo normal para mí.

En ese preciso instante, un violento terremoto sacudió los cimientos de la ciudad. Al salir a la calle, vieron cómo se abrían profundas grietas en el suelo entre los gritos despavoridos de la gente. De forma simultánea, el cielo se cubrió de nubes negras que desataron una tormenta eléctrica; los rayos caían sin cesar, incendiando los árboles a su paso. Los magos escuderos levantaban barreras para proteger a los transeúntes, pero las zanjas que se abrían bajo sus pies arrastraban a varios al abismo. Un mago constructor logró sostener del brazo a un escudero que estaba a punto de caer, y con la ayuda inmediata de Caleb consiguieron subirlo a la superficie sano y salvo.

Fue una labor titánica. Una vez que cesaron los temblores y los rayos, se dedicaron a socorrer a los heridos atrapados entre los escombros y las casas que aún se mantenían en pie, mientras sofocaban los incendios. Caleb sintió una profunda pena al no poder rescatar los cuerpos de algunos magos que sucumbieron ante el desastre; los pocos restos recuperados debieron ser incinerados de inmediato. Ser un mago sin poderes no era tarea fácil, pero en momentos así comprendió que lo único verdaderamente valioso era salvar las vidas de los desamparados.

Al regresar a su hogar, se abalanzó a abrazar a su hermano sin percatarse al principio de la presencia de Dayan; solo percibió el familiar aroma a menta de Alex. Tras la muerte de sus padres, se dio cuenta de lo vital que era su hermano en su existencia. Alex había sacrificado tanto por él, renunciando incluso a formar una familia hasta ver al benjamín convertido en un gran mago, cumpliendo sus promesas al margen de los juramentos del Consejo. Tenía que confesarle lo que había hecho, pedirle perdón por haber traicionado a los suyos y a su propio pueblo. Sin embargo, las vidas salvadas aquella jornada le recordaron que no se necesitaban destellos mágicos para socorrer a quien lo requería. Como mago espejero, su única función era crear cristales para la felicidad de otros, pero ahora valoraba la vida humana por encima de cualquier arte.

Comenzó a llorar amargamente en los brazos de Alex. Pensó en el nuevo mundo que les aguardaba; una nueva vida no sonaba nada mal si podía compartirla con sus seres queridos. Su corazón comenzó a albergar una felicidad que creía perdida... y fue en ese preciso instante cuando una semilla oscura, implantada en lo más profundo de su ser, germinó al fin.

Los susurros volvieron a manifestarse.

—Mátalos. Mátalos.

Aterrorizado, se apartó de su hermano con un empujón tan brusco que tropezó con una silla y cayó al suelo. Cuando Alex se le acercó para auxiliarlo, Caleb le dio un manotazo, se levantó por su propia cuenta y salió corriendo sin mediar palabra.

No sabía a dónde ir. Su mente estaba perturbada por las voces: «Tienes que pagar, sangre y sacrificio». Reconoció de inmediato aquella voz sensual: era la de la Dama de la Noche y las Estrellas.

—¡Basta!

Se aferró la cabeza, tapándose los oídos. Al ver que un mago se acercaba, huyó despavorido en busca de un escondite, pero las calles estaban abarrotadas de gente.

Alex y Dayan salieron tras él, incapaces de comprender su comportamiento. Al llegar a la calle principal, se encontraron con una muchedumbre eufórica que celebraba la llegada anticipada de los magos viajeros. El gentío dificultaba el paso, pero aun así lograron divisar a un hombre que gritaba histéricamente en el centro de la plaza; los transeúntes huían despavoridos a su alrededor debido a la conmoción que irradiaba. Sus ojos se habían oscurecido por completo, devorando los globos oculares en una negrura absoluta.

Caleb alzó la vista y vio allí mismo a su querido hermano y a la chica que le gustaba. Al ver el horror en sus expresiones, supo que ya no había vuelta atrás. Comenzó a morderse los dedos de su mano buena, arrancándose las uñas y derramando una sangre espesa y negra. Ya no podía soportar los susurros; su cuerpo exigía destruir aquello que más amaba.

—¡Por la Madre! ¿Qué has hecho? —exclamó Alex, horrorizado al comprender que su hermano había sucumbido ante la Innombrable.

—¡Yo solo hice caso a la leyenda que me contaste, Alex! Lo siento tanto, pero ya no puedo contenerlo más... ¡Mátame ahora o tendré que matarte!

De la sangre negra derramada sobre el suelo brotó una espada tan fina y delgada como una sombra, cuya empuñadura Caleb aferró de inmediato. Aunque los magos presentes estaban conmocionados y aterrorizados, adoptaron una postura de ataque sin vacilar.

Caleb sonrió con una mueca maléfica. Con un soplo de su aliento, miles de finos trozos de vidrio se unieron en el aire para crear espejos que se multiplicaron por todos los rincones de la capital. Los susurros que emanaban de ellos eran irresistibles, atrayendo a los magos en un trance hipnótico. Al reflejarse en los cristales, una energía de oscuridad embriagadora los poseyó, despertando en ellos un frenesí homicida. Los tatuajes protectores tras las orejas resultaron inútiles ante el renacer de aquella magia primigenia.

Alex y Dayan eran los únicos inmunes al influjo de los espejos. Aunque ignoraban la razón, sabían que, con el dolor desgarrándoles el alma, debían detener a Caleb. Pero ¿cómo? Ninguno poseía habilidades ofensivas, a excepción de la pequeña daga mágica que el gremio le había otorgado a Dayan para su seguridad en los viajes.

Caleb se abalanzó contra su hermano con la intención de cortarle la garganta, pero sus estocadas fueron interceptadas por Dayan, quien se interpuso blandiendo su daga. Resistió durante unos segundos antes de que una hábil maniobra de Caleb la apartara de un golpe. Acto seguido, él lanzó la daga directo al pecho de su contrincante con la intención de atravesarle el corazón, pero su víctima ni siquiera se inmutó: simplemente extrajo el arma y la sostuvo en su mano, mientras la espada negra aguardaba ansiosa de sangre.

—¡Caleb, no!

Alex se le echó encima por la espalda, sujetándolo con un agarre férreo para impedir que se acercara a Dayan. Sin embargo, Caleb le propinó un fuerte pisotón, se zafó agachándose con agilidad y le perforó las costillas con la espada. La palidez de Alex fue instantánea; intentó cubrirse la herida con las manos para sanarse, pero en ese mismo instante la espada negra describió un tajo vertical que lo partió en dos.

En ese momento, el horror devolvió a Caleb a la realidad. Al contemplar el cadáver destrozado de su hermano, soltó el arma y se dejó caer de rodillas junto a los restos. Su cuerpo convulsionaba en un llanto sordo y desgarrador, hasta que sintió que se ahogaba por falta de aire.

Los magos teletransportadores aparecieron de pronto, trayendo consigo a los miembros del Consejo. Aterrados por la masacre fratricida que asolaba las calles, el mago Caín inmovilizó al instante a los supervivientes; el mago Oris intentó hacer estallar los espejos mágicos, mientras que la maga Safira se aproximó con cautela hacia Caleb con la intención de desintegrarlo con sus propias manos.

Caleb escuchó las pisadas de la maga, pero ya no le importaba la vida. Su hermano, a quien tanto amaba y admiraba, había muerto por sus propias manos a causa de su pacto con la Dama de la Noche y las Estrellas. La muerte era el único castigo que merecía.

De repente, advirtió cómo la sangre de Alex comenzaba a elevarse hacia el cielo, condensándose en una esfera de un rojo intenso con una mancha de negrura pura en el centro —su propia sangre, derramada cuando la espada le perforó el pecho—. La bola de sangre se expandió con rapidez mientras se escuchaban los latidos de un corazón renacido. Extremidades humanas comenzaron a brotar de la masa carmesí hasta conformar un cuerpo completo: una mujer ataviada con un elegante vestido negro y una trenza entrelazada con un lazo azul brillante. La Dama de la Noche y las Estrellas había regresado para consumar su venganza.

—¿Cómo has…?

La incredulidad impidió al mago Caín terminar la pregunta, pues la maga Beth arrojó un haz de luz fulminante con su báculo contra la Innombrable para aniquilarla. Lamentablemente, la oscuridad devoró el fulgor en un parpadeo. La Dama de la Noche y las Estrellas deshizo su trenza, dejando que su cabello rizado volara libre como el viento mientras los lazos azules de su tocado se multiplicaban, envolviendo a la maga Beth como a una momia.

Sin dudarlo un segundo, la maga Safira apoyó las manos sobre los hombros de Caleb; este ni siquiera tuvo tiempo de emitir un gemido antes de que su cuerpo se desintegrara por completo, convirtiéndose en polvo como si jamás hubiera existido. La maga sonrió, convencida de que al eliminar al vinculante destruiría a la Innombrable para siempre.

—Todavía sigo aquí, mis queridos magos —susurró la entidad, con una sonrisa helada.

—¿Pero cómo? ¡He matado a tu vinculado! —protestó Safira con firmeza, confiada en las leyendas que afirmaban que la Innombrable necesitaba un mago vinculado mediante un pacto de sangre y sacrificio para escapar del mundo onírico creado por su amante.

—Yo soy una hierba mala. Matarlo a él no me hará ningún daño.

El mago Caín liberó a los demás del hechizo de inmovilización para volcar todo su poder contra la Innombrable, justo cuando esta se acercaba lentamente a la maga Beth con la espada en alto. Sin embargo, antes de que pudiera actuar, Caín la congeló en el aire como a un maniquí, permitiendo que el mago Oris hiciera estallar el cuerpo de la invasora con un chasquido de dedos.

El estruendo pasó desapercibido entre los gritos de la masacre que volvía a desatarse entre los magos, incitados por los espejos que aún irradiaban caos. Pero cuando el humo de la explosión se disipó, la Innombrable seguía allí, intacta. Sin inmutarse, le cortó la cabeza a la maga Beth ante la mirada perpleja de los supervivientes.

—¡Son lo más patético que he visto! —escupió con desprecio—. Nada comparados con los malditos primeros magos.

—¡Es imposible que seas inmortal si ya no estás en el mundo onírico! —replicó el mago Oris, desesperado.

—Eso se debe a algo muy sencillo... —sonrió ella—. Al estanque negro que creó al Padre.

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