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Fantasía

La maldición del espejero

Capítulo 5

Por giulianna

Faltaban dos días para llegar a la capital cuando el mago Math le informó lo que un amigo del amigo de su primo lejano —quien vivía allí mismo— le había contado: el mago Alex había insistido fervientemente ante los miembros del Consejo de Magos durante los meses de exilio de los espejeros. Exigía su regreso a la capital porque seguían siendo parte de la sociedad y merecían habitar el nuevo mundo que los esperaba. Aunque había logrado su retorno, los espejeros todavía tenían estrictamente prohibido usar su magia.

Enterarse de esto afectó profundamente a Caleb. Su hermano no se había cruzado de brazos como él creía. Recordó cómo Alex siempre lo cuidaba mientras sus padres trabajaban; siempre pendiente de que no se lastimara, ayudándole con los cursos antes de ingresar a la academia de magia —donde aceptaban a los niños al cumplir los ocho años— y hasta contándole la leyenda de la Innombrable que el tiempo había borrado. Se habían prometido que jamás habría secretos entre ellos. ¿Cómo pudo desconfiar de su hermano, de alguien que siempre estuvo a su lado desde la infancia, y pensar que lo abandonaría en el exilio para siempre?

Unas lágrimas recorrieron sus mejillas. Si Alex supiera lo que él había hecho, se le rompería el corazón. Recordó aquella vez, cuando era un niño y desobedeció para ir a ver la festividad de la Madre, que duraba toda la noche, sin importarle que su hermano le advirtiera que debían quedarse en casa porque sus padres regresaban de un viaje de negocios. Por pura imprudencia se había marchado solo y se quedó en el templo aguardando a que alguien lo llevara a casa. Y ese alguien llegó corriendo, apresurado y sudoroso: era Alex, quien vino a buscarlo para llevarlo de regreso, sosteniendo su mano con fuerza.

—Caleb, gracias a la Madre que estás bien —le dijo con alivio. —Alex, no sabía cómo regresar y tenía mucho miedo de que aparecieran los Guits. —No te preocupes, Caleb. Siempre estaré a tu lado para espantar a esos insectos gigantescos de unos ochenta centímetros que aparecen en las noches más calurosas; si te pican, la piel se te enrojece, se inflama y causa una picazón insoportable que requiere atención médica. —¿Me lo prometes? —Siempre estaré a tu lado, Caleb. No lo olvides nunca.

¿Cómo pudo haberse olvidado de esa promesa? Aquellos sentimientos de traición que había albergado hacia Alex, que lo llenaron de ira y odio —los cuales, como mago espejero verdadero, debió haber dominado con profesionalismo—, lo habían despojado de todo razonamiento, impidiéndole confiar en él como antes. El remordimiento de haberse comportado como un idiota lo consumía.

—¿Todo bien? —la maga Dayan se sentó frente a él, donde las chispas de la fogata chirriaban. Caleb se secó las lágrimas con las manos. —No lo sé… Es que me sorprendió escuchar que mi hermano está ayudando a mi gremio a volver a la capital.

 —Bueno… A mí también me sorprendió cuando lo escuché. ¡Sí que estamos al día con las noticias! —esbozó una sonrisa—. Lo importante es que tienes un hermano que no se ha olvidado de ti.

 —Pensé que me había traicionado. No sabes cuánto lo odié y cómo me negué a escuchar lo que tenía que decirme. 

—Estos sentimientos que experimentamos nos hacen cometer actos de los que luego nos arrepentimos. Lo importante es que no lo dañaste físicamente, como otros hicieron contigo y con tu gremio. 

—Pero soy un espejero y mi obligación era dominar mis emociones, y no lo hice… Yo… —quería contarle lo que había hecho impulsado por el odio, y aunque se sentía vilmente engañado por la Dama de la Noche y las Estrellas, eso no disminuía su tormento—: igual lo lastimé. Aunque no fuera de forma física, lo lastimé. 

—Bueno… Si es así, lo importante es corregir el rumbo. Ahora te toca ir por el camino correcto y hacer buenas acciones. Cuando veas a tu hermano, primero discúlpate, abrázalo con todas tus fuerzas y busca la manera de enmendarlo. Además, tienes suerte de tener a alguien; yo soy hija única —Dayan suspiró y estiró los brazos hacia arriba—. Oye, ya todos están regresando aquí para que les cuente más sobre mis aventuras en el otro mundo. 

—Es verdad… Te quedaste en la parte en la que un hombre te reconoció y dio gritos al cielo por tu cabellera verde.

 —Así que estabas prestando atención. 

—Así es.

Al llegar a la capital, desmontaron del Zuth. Caleb quedó conmocionado por el drástico cambio que había sufrido su ciudad natal: las edificaciones estaban a medio reconstruir, con grietas profundas en las paredes; el asfalto presentaba hoyos, los troncos de los árboles estaban partidos por la mitad y, por supuesto, ya no quedaba ni un solo espejo en pie. Además, una multitud de magos llegaba de todas partes para acampar a la intemperie, ya que los pocos hospedajes que resistían estaban llenos. La antigua alegría que hacía la vida perfecta había desaparecido; ahora, en los rostros de los magos se reflejaban angustia, seriedad, tristeza y resignación. Sin embargo, todos alzaban la mirada con esperanza cada vez que aparecía un mago viajero.

Caleb vio que Dayan se preparaba para reunirse con el Consejo de Magos, justo antes de percatarse de que alguien se acercaba a él a toda prisa. Inmediatamente, su hermano mayor lo abrazó con tanta fuerza que le faltó el aire en los pulmones. Luego, Alex se apartó y le sonrió con ternura.

—Me alegra tanto verte de nuevo… Lo siento mucho. No debí dejar que te fueras. Te he extrañado un montón. —... —Caleb se quedó en blanco, con la mente vacía y profundamente avergonzado. —Estoy tan feliz de que hayas vuelto a tu hogar. —Yo… no fui porque… —Alex se quedó petrificado al notar su mano amputada—. ¿Qué te sucedió? ¿Quién te ha hecho esto?

 —Eso no tiene la menor importancia. 

—Caleb, por favor, perdóname... No sabes el temor que me produjo ver a Mardox regresar sin ti. Me costó un esfuerzo sobrenatural convencerme de que estarías bien; aunque, conociéndote, sabía que no te rendirías. Aun así, la angustia no desaparecía, y yo tenía que hacer lo imposible para recuperarte.

Las palabras entrecortadas de Alex no le produjeron satisfacción por verlo mortificado; al contrario, le causó una profunda culpa ver cuánto había sufrido su hermano por su culpa. No se imaginaba que Alex lo esperaría a la entrada de la capital —aunque sabía que se enteraba de todo gracias a los wez, aquellas aves amarillas cuyos estruendosos graznidos y agudo olfato permitían detectar a la distancia la presencia de un mago—. El Consejo los utilizaba para casos especiales, al igual que a los magos teletransportadores. Al ver a Alex allí, volvió a ver al muchacho que habría roto cualquier regla con tal de protegerlo.

—Buenas tardes, mago Alex. Tengo un informe que me gustaría presentar al Consejo lo antes posible —interrumpió una voz familiar. Alex se percató de la muchacha que estaba junto a su hermano.

 —Maga Dayan, es un gusto verla de nuevo. 

—El placer es mío.

 —No esperemos más, vamos a ver al Consejo. Por el semblante que lleva, espero que sean buenas noticias.

 —Sí que lo son.

Caleb no podía creer que Dayan no hubiera dicho un solo «bueno» en toda la conversación, salvo en los saludos. Una de las características de los miembros del Consejo de Magos era poseer una memoria extraordinaria, capaces de recordar el nombre de cualquiera con solo haberlo visto una vez.

—Mago Caleb, fue un placer haberlo conocido. Espero que volvamos a vernos —le dedicó una sonrisa pícara, siendo la primera vez que lo trataba de «mago» con el respeto protocolar debido—. Y esto es por el camino... —le dio un beso en la mejilla tan inesperado que lo hizo ruborizarse al instante. 

—¡Por la Madre, niña traviesa! —exclamó. Ella arqueó una ceja, divertida ante su reacción. —Niña traviesa... Suena divertido. Aunque me gustaría que me llamaras por mi nombre, mago, a menos que ya lo hayas olvidado.

 —Por supuesto que sé tu nombre... Dayan —respondió bajando la voz, en un tono deliberadamente seductor. Sin embargo, su expresión cambió de inmediato, volviéndose seria y formal—. Sé que es muy tarde para pedirte perdón por haberte gritado y haberme portado tan mal. Aunque mi alteración no es excusa, yo...

 —Te perdono.

 —Gracias. No sabes lo mucho que significa para mí, y de verdad espero volver a verte.

Alex los observaba con sorpresa, atónito al presenciar el desinhibido flirteo con la maga Dayan. Caleb, el chico que siempre se comportaba con rigor tras ingresar a la Academia de Magia y que soñaba con encontrar a la mujer perfecta para llevar al altar —siguiendo protocolos tan rígidos que terminaban aburriendo a las magas—, parecía otra persona. Alex carraspeó con fingida tos para interrumpirlos y guiar a Dayan hacia el Consejo.

—Te veo en casa, y gracias por todo, Alex. No tienes que pedirme perdón; soy yo quien debe disculparse por mi pésimo comportamiento —el abrazo se repitió, esta vez con tanta energía que a Caleb le costó respirar de nuevo. 

—Nos vemos en nuestro hogar. Prepararé un Estron [Guisado de ternera].

 —No sé cómo las cocineras te dejan usar la cocina para tus experimentos culinarios.

 —No lo hago tan mal.

Ambos rieron y se despidieron. Caleb se dirigió entonces a buscar un Centro Hospitalario Provisional para ser atendido por un mago bioeléctrico. Estos especialistas eran expertos en elaborar prótesis dotadas de electrodos capaces de conectarse con los nervios dañados del paciente hasta llegar a la corteza cerebral, devolviéndole las sensaciones táctiles; luego, recubrían la estructura con la piel de un Ever, una bestia roedora sin pelaje cuya dermis de un tono rosa pálido otorgaba una impecable estética natural.

Los Centros Hospitalarios Provisionales se habían instalado en puntos estratégicos de la ciudad para atender a los heridos de forma rápida y eficaz, mientras los magos constructores y restauradores avanzaban con las reparaciones urbanas —un proceso que tardaba unos tres meses, aunque los constantes desastres naturales hacían que todo fuera cuesta arriba, obligando a los centros médicos a quedarse de forma permanente en la capital—.

Había largas filas de magos esperando atención. Para su "suerte" —o más bien por puro favoritismo—, el mago Ariel, quien se había enterado de su llegada a través de un xow enviado por su hermano, lo hizo pasar al área de restauración de inmediato. No obstante, Caleb se sintió incómodo al ver las miradas ofuscadas de los demás magos ante aquel privilegio. Decidió entonces formarse como los demás, considerándose indigno de tratos preferenciales; al fin y al cabo, todos eran iguales ante la desgracia. Aunque Ariel le explicó que muchos magos famosos aprovechaban su estatus para saltarse las filas debido al caos imperante, Caleb prefirió esperar su turno pacientemente.

Para su fortuna, la espera no fue larga. Una vez instalado su brazo bioeléctrico, realizó una serie de ejercicios para calibrar la movilidad de la mano. Al tocar su nuevo brazo, se sorprendió de lo suave que se sentía la piel.

Caleb miró a su alrededor, buscando a alguien más que vistiera la casaca de cuero rojo con el símbolo del espejo. Saber que era el único espejero exiliado en haber regresado le encogía el alma. En ese momento, una figura familiar se acercó: para su sorpresa, su mejor amigo no llevaba la clásica casaca roja, sino un chaleco gris.

Caleb se tensó cuando su amigo lo abrazó con fuerza y le dio una palmada en la espalda. El mago Ron arrugó la nariz e hizo una mueca al percibir el olor que desprendía su compañero, cuyo aspecto estaba muy lejos de la pulcritud que lo caracterizaba: camisa arrugada, sudorosa y pantalones cubiertos de polvo al igual que sus zapatos. Se sentaron en una banca de mármol astillada en los extremos, y entre bromas sobre su desastroso estilo, ambos rompieron a reír.

—¡Hermano del alma! No sabes cuánto me alegra verte de nuevo. 

—Ron... Yo también estoy feliz de verte, aunque creí que jamás nos encontraríamos.

 —La forma en que te escabulliste me dejó impactado —Ron reparó en la mano bioeléctrica y su rostro decayó—. Lo siento tanto... Me imagino que sufriste el ataque de algún mago iracundo.

Caleb era consciente de que los espejeros habían sido perseguidos y golpeados por miembros de otros gremios durante las protestas más violentas. Aunque los disturbios ya se habían controlado, nunca faltaba algún desadaptado dispuesto a culpar a un espejero de todas las desgracias.

—Algo así... —fue lo único que pudo responder, incapaz de contarle lo sucedido con la Dama de la Noche y las Estrellas.

 —Fueron tiempos difíciles para nosotros. Por eso yo insistía tanto en que formáramos grupos para protegernos, pero te fuiste sin decir adiós... Sabes que no te culpo de nada —Caleb se encogió de hombros, avergonzado—. Afortunadamente, tu hermano envió magos teletransportadores para localizarnos y traernos de vuelta a la capital. La mayoría de nosotros ya ha regresado a casa.

Ron le relató cómo los magos de la capital habían dejado de mostrarse hostiles al ver que los espejeros exiliados ayudaban al prójimo sin usar magia: uno había salvado a un transeúnte al que casi le cae un rayo por descuido; otro había ejercido de partero cuando los sanadores estaban desbordados; y continuaban asistiendo a los refugiados con mantas y comida energizante, un recurso cada vez más escaso. Mientras el resto de los magos recuperaban su energía mental mediante meditaciones que tomaban de cinco horas a un día entero según el esfuerzo realizado, los espejeros dedicaban su tiempo por completo al servicio comunitario.

Ron también le comentó que, al no contar con un gremio que los respaldara formalmente, habían decidido dejar atrás la casaca roja para adoptar un chaleco gris, con la firme convicción de fundar su propio gremio en el nuevo mundo.

Al escucharlo, Caleb no podía creer que algunos espejeros hubieran decidido ayudar a quienes los habían tratado tan mal. Eran realmente admirables. En contraste, él solo había buscado venganza contra el mundo consumido por el odio. Se sentía profundamente arrepentido de lo ocurrido en el desierto y deseaba con toda el alma que su encuentro con la Dama de la Noche y las Estrellas hubiera sido solo una pesadilla, rogando que ella no cumpliera su amenaza de destruir la ciudad.

Tras acordar con Ron reunirse más tarde con los demás amigos para ponerse al día e integrarse a su equipo de salvaguardias, Caleb se dirigió directamente a su casa para darse una ducha y renovar su aspecto. Por suerte, la vivienda no había sufrido daños graves y las tuberías seguían intactas.

Una vez listo y bien arreglado, oyó el estruendo solemne de las campanas proveniente de la sede del Consejo de Magos. Era la señal definitiva: por fin habían tomado una decisión sobre el mundo en el que habitarían. Un nuevo hogar, una nueva vida comenzaba.

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