Fantasía
La maldición del espejero
Capítulo 4
Por giulianna
Aquella revelación impactó a Caleb. Intentando ocultar su nerviosismo, mantuvo un gesto de indiferencia, aunque sin éxito. No podía creer que hubiesen transcurrido cinco meses cuando para él apenas había pasado una semana. ¿Sería posible que el mundo onírico alterara el tiempo de algún modo? Cinco meses desde que los espejeros fueron desterrados y privados de la oportunidad de regresar a la capital para salvarse. El Consejo los había olvidado por completo; morirían abandonados en los brazos de la Madre. Sintió una opresión asfixiante en el pecho.
—¿Caleb, te encuentras bien?
—Sí... —respondió, cambiando de tema rápidamente—. ¿Sabes por qué la Madre nos está haciendo esto?
—El Consejo dice que el exceso de magia la está consumiendo desde el interior. Por eso decidieron que los muertos sean incinerados, para evitar que la energía se acumule... aunque yo creo que hay algo más.
Comenzaron a marchar bajo un sol incesante que no les daba tregua. La maga le había prestado una camisa de hombre —robada para camuflarse entre los habitantes sin magia— y un sombrero de ala ancha con el que ocultaba su cabellera verde, pues se negaba rotundamente a usar los incosteables vestidos de las mujeres de ese mundo. Ella, por su parte, se había quitado la casaca para cubrirse la cabeza y proporcionarse algo de sombra; por fortuna, las prendas de cuero eran tan ligeras que apenas pesaban.
La muchacha le explicó que debían seguir la ruta de la Savah, situada al sureste y muy famosa por ser la más transitada por los caravaneros. Pronto divisaron unas sorprendentes montañas áridas; en aquel sitio encontrarían un campamento listo para emprender el trayecto hacia la capital. Caleb se sentía devorado por la sed; sus piernas ya no querían responder ante unas dunas que se antojan infinitas. Deseaba tirarse al suelo y morir en paz. Al ver su estado, la maga sonrió con picardía y sacó de su mochila un frasco pequeño.
—Ya sé que me vas a odiar... Bueno, te mentí porque te estabas comportando muy mal conmigo y tenía que castigarte de alguna manera. Es extraño hacer este tipo de cosas, ¿no crees? Al no usar esos espejos, supongo que han aflorado ciertos sentimientos que antes reprimíamos... No sé si me explico.
—¡Solo dame ese frasco, niña! —estalló Caleb, arrebatándoselo de las manos con enojo.
—¿Niña? Para que lo sepas, tengo diecisiete años y soy toda una mujer —replicó ella, indignada.
—Con ese comportamiento, cuéntanos otro cuento —murmuró Caleb antes de beberse el líquido. Aquellas pociones energizantes, especializadas en modificar los componentes del agua y los alimentos, lograban que un solo sorbo saciara tres días enteros y devolviera por completo la fuerza física. También devoró el trozo de carne seca que le había entregado.
—Como te iba diciendo, falta poco para llegar antes de que oscurezca.
Tanta caminata dio sus frutos cuando divisaron una caravana: magos montados sobre Zuth, unas bestias grandes y peludas que, aunque dóciles, caminaban con lentitud. En sus lomos gigantescos podían acomodarse hasta tres personas. Tuvieron la fortuna de que el grupo acababa de acampar y encendía una hoguera con la leña que transportaban para el viaje. La muchacha fue a hablar con el líder, un mago guía experto en conducir a los suyos por tierras inhóspitas sin perder el rumbo, aunque incapaz de evitar los peligros de la Madre Naturaleza y de los animales salvajes. Les permitieron quedarse, aunque algunos de los presentes los miraron con recelo.
Fue un niño quien se acercó, le tomó de la mano derecha a Caleb y lo condujo hasta la fogata para que escuchara el relato de la maga viajera.
Ella les habló sobre las similitudes y diferencias de aquel nuevo mundo: las extrañas vestimentas de hombres y mujeres, la absoluta ausencia de magia e incluso sus singulares funerales. Todos vestían de negro y sepultaban a sus difuntos bajo tierra, dentro de cajas de madera, mientras un hombre ataviado de la misma forma recitaba oraciones. Decían que aquel hombre estaba más cerca de un Dios que había entregado a su hijo para salvar al mundo de los pecados. Era muy diferente a las costumbres de los magos, quienes devolvían a sus muertos a los árboles: colocaban sobre la cabeza del difunto una corona de flores del color de la casaca de su gremio y permitían que los grandes troncos se abrieran para acogerlo en su interior, absorbiendo su energía mística como nutrientes para la fertilidad de las plantas (aunque ahora preferían incinerarlos para evitar el exceso de energía que alteraba a la naturaleza). Al recordar este tema, la atmósfera se entristeció tanto que la maga decidió cambiar de rumbo.
Les habló del comercio: aquellos habitantes intercambiaban productos por monedas y billetes, con precios que variaban según la calidad, la durabilidad y la distribución. Nada que ver con su sistema, donde las transacciones se realizaban entregando una baya de oro que no fijaba un valor monetario, sino que portaba un significado espiritual. Al entregarla, se bendecía al mago para que tuviera prosperidad y abundancia por el esfuerzo de llevar mercancías a la capital, un trabajo reservado a los teletransportadores, que eran escasos y servían directamente al Consejo. Ahora, con la Madre haciendo la vida más difícil, los alimentos escaseaban con rapidez y los animales ya no eran tan fértiles como antes, obligándoles a recurrir a magos energizantes para conservar los víveres por más tiempo.
Los magos escuchaban impactados, con un brillo de esperanza en los ojos ante la perspectiva de un mundo semejante al suyo. Aunque el miedo y las dudas persistían —no solo por los insólitos habitantes, sino por la necesidad de adaptarse—, sobrevivir era lo único que importaba. Ella había omitido los aspectos oscuros de aquel mundo; se había quedado perpleja al descubrir la pobreza y la desigualdad social, pero comprendía que esos temas debían discutirse exclusivamente con el Consejo.
Optimistas ante la nueva aventura, los magos comenzaron a bailar alrededor de la fogata sin importar los gremios a los que pertenecían. La muchacha sonrió al ver el entusiasmo colectivo; la esperanza era el motor para seguir adelante.
Caleb la observaba en silencio, hasta que un desconocido se le acercó y se sentó a su lado mientras los demás se unían al baile. Fue gracias a ese comentario intrascendente que descubrió por fin el nombre de la joven: Dayan.
—La maga Dayan apostó conmigo una baya de oro a que te sacaba una sonrisa con mis bromas —dijo el hombre.
—No tengo intenciones de participar en juegos estúpidos.
—Me imagino por qué estás molesto. Lo que pasó hace unos meses los perjudicó terriblemente, pero tienes que darte cuenta de que la vida no es blanco y negro; existen matices que...
—¡Me marcaron con este tatuaje en la oreja para prohibirme usar mis poderes, todo porque intenté llevar un poco de felicidad en medio de tantas tragedias! —Caleb comenzó a mover las piernas con nerviosismo, mirando el suelo con la cabeza gacha, aunque incapaz de ignorar las palabras del otro. Al fin y al cabo, siempre había sido atento con quienes le rodeaban.
—Entiendo que duela no poder usar la magia con la que nacimos, pero los sentimientos que nos abruman no desaparecen de golpe. A veces yo también desearía un espejo de la felicidad que borrara mis preocupaciones, pero bien sabes que sus efectos duran apenas un día; al siguiente tienes que volver a buscarlo. Es como volverse adicto a una ilusión hasta perder de vista la realidad.
—¡Es preferible ser feliz que vivir angustiado por problemas que no conducen a nada! ¡Deberías dejar de mentir y decirme de una vez que los espejeros ya no somos útiles, que somos inservibles y que moriremos aquí porque jamás podremos regresar a la capital! —gritó con toda su alma, desatando todo el resentimiento que guardaba y maldiciendo no haber perecido en las arenas.
—Yo... —El hombre, de espaldas anchas y un piercing incrustado en la barbilla, se quedó sin palabras. Tras unos instantes de tenso silencio, levantó el rostro y le dio una palmada reconfortante en el hombro—. No eres un inútil. Un joven como tú no puede serlo. Si los habitantes de ese otro mundo viven sin magia y construyen cosas increíbles con sus propias manos, ¿por qué no ibas a poder hacerlo tú?
—¡Eso no me consuela en absoluto! ¡Un mago sin magia no es nada! No sé ni por qué me atrevo a ir a la capital si sé que no me dejarán entrar.
—Te equi...
Antes de que pudiera terminar, Caleb se levantó y se apartó abruptamente. Prefería revolcarse en su amargura en un rincón apartado. Estaba harto de los sermones de magos que no habían perdido sus poderes y que jamás comprenderían el dolor de sentirse inútil. Sin embargo, al sentir la presencia de Dayan a su espalda, se dispuso a gruñirle para que se marchara. En lugar de eso, la joven se limitó a tenderle un saco de dormir y a extender el suyo propio sin pronunciar una sola palabra, recostándose boca arriba para contemplar el cielo nocturno. El silencio entre ambos se volvió tan espeso que Caleb no pudo soportarlo.
—¡No quiero tu lástima! ¡Vete a dormir a otro lado!
—Bueno... no te tengo lástima. Más bien, te estoy agradecida —respondió ella, dejándolo perplejo—. No sé si tus espejos o los de otros magos me salvaron, pero cuando me deprimía porque mis habilidades parecían imperfectas, reflejarme en ellos cada día me animaba a seguir mejorando hasta conseguir mi casaca. Ahora, al no poder usarlos, mi miedo ha regresado. Me sentía indefensa ante la idea de fracasar en mi primer viaje espacial oficial. Deseaba tanto un espejo que me diera valentía... hasta que comprendí que esa fuerza debe nacer de uno mismo. Creo que el verdadero espejo está en el interior, y que...
—En resumen, ¿quieres decir que los espejeros ya no servimos para nada? Todo esto es un... un... —Caleb buscó un insulto en su vocabulario, aunque en su vida anterior eso habría sido una abominación.
—¿Un metratranculo?
—¿Qué es eso?
—Un insulto que me inventé. Bueno, no soy muy buena para eso... Pero ya deja de hacerte la víctima y lucha por vivir.
Estas palabras lo golpearon con fuerza. Lo único que pudo hacer Caleb fue esbozar una mueca que parecía una sonrisa deformada, mientras la opresión en su pecho persistía. «No ser víctima y luchar por vivir». Si ella supiera lo que había hecho... Si supiera que había luchado únicamente por la venganza, aunque ahora esta se hubiera desvanecido misteriosamente en su interior. ¿De verdad había visto a la Dama de la Noche y las Estrellas? ¿De verdad había matado a sangre fría? No podía negar la evidencia: ahí estaba su brazo amputado como testimonio de su pecado.
—¿Qué voy a hacer ahora?
—Bueno... primero hay que sobrevivir, y luego ya veremos.
—¿"Vamos"? Eso suena a plural, y yo no necesito tu ayuda.
—Qué arrogante eres, Caleb... Y no eres el único con problemas. Cuando nos establezcamos en ese nuevo mundo, todos tendremos que cooperar, porque ese lugar tampoco es perfecto y tiene cosas muy desagradables.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Bueno... lo siento, esos temas solo deben discutirse con el Consejo. Por eso debemos ayudarnos cuando vayamos allá, si es que deciden que es el mundo indicado.
—No importa. Tú puedes sobrevivir... Yo no sé qué será de mí si regreso a la capital; probablemente me encierren por desacato.
—No te preocupes, yo jamás permitiré que te encierren.
—No me hagas reír. ¿Qué harías tú contra el Consejo de Magos?
—Bueno... no lo sé, pero algo se me ocurrirá.
—Creo que lo mejor será que me largue.
—¿Y a dónde irías?
—No lo sé.
Los dos volvieron a sumirse en un silencio reconfortante, hasta que la maga, con un tono más suave y melancólico, murmuró:
—Es lamentable que un mago te hiciera algo así. —Caleb supo de inmediato que ella creía que otro hechicero lo había mutilado—. Hay quienes deberían aprender a controlar sus emociones para no lastimar a los demás. Es imperdonable lo que te hicieron.
—Cuando los sentimientos y las emociones se desbordan, es muy difícil dominarlos.
—Bueno, creo que aun así debemos hacer el esfuerzo; de lo contrario, no seríamos verdaderos magos preocupados por el bienestar de su pueblo.
A veces aquella chica lograba sacarle de quicio, pero comenzaba a gustarle su forma de ser; incluso su voz chillona había dejado de resultarle molesta. La observó contemplar las estrellas. Esa noche no pudo conciliar el sueño; pensar demasiado lo agotaba mentalmente, agobiado por un futuro tan incierto que ni siquiera sabía si llegaría a ver.
A la mañana siguiente, el mago Math —el hombre con el piercing en la barbilla— se encargaba de dar de beber al Zuth mientras se cubría el rostro con un paño para protegerse del polvo que la bestia esparcía al sacudir su pelaje. En ese momento, Dayan se acercó a Caleb y le dio un suave empujón en la espalda, instándolo a disculparse por su mal comportamiento de la víspera.
Cuando estuvo a punto de hablar, Math se adelantó y le dio una palmada amistosa en el hombro. Caleb se quedó inmovilizado por un instante, antes de estirar su mano buena para sellar una tregua que el mago aceptó con una sonrisa.
—Ponte al medio —le ordenó Dayan.
—¿Ehhh?
—Bueno... tienes cara de necesitar un buen sueño. Yo te sujetaré para que no te caigas.
Caleb deseaba disculparse también con ella, pero no sabía cómo hacerlo después de las groserías que le había soltado, así que optó por aceptar y acompañarla sanos y salvos hasta la capital.
—Si me quedo dormido, dudo que puedas soportar mi peso.
—Confía en mí. En cuanto vea que empiezas a balancearte, te jalaré de esa linda cabellera rubia.
Caleb no pudo contener la risa; aquella chica era sencillamente genial.
El Zuth se agachó para que sus pasajeros subieran, provistos ya de los turbantes que Math les había entregado para protegerse del calor y la arena. Sin embargo, la temida tormenta apareció antes de lo previsto.
Sin un refugio a la vista, los magos se protegieron agachándose junto a las pieles de las bestias y cubriéndose el rostro con pañuelos, mientras los magos escudos levantaban una barrera de un blanco resplandeciente para proteger a cada cuadrilla de cien personas. La fuerza del viento y el polvo era colosal. Uno de los escudos, agotado, no resistió la presión; su barrera se desvaneció de golpe, dejando que la arena sepultara sin contemplaciones a su cuadrilla y a los Zuth.
Pasaron más de tres horas hasta que la tormenta amainó, llevándose consigo a otra cuadrilla entera. Los magos escudos yacían exhaustos física y mentalmente; aunque contaban con frascos energizantes para recuperar las fuerzas corporales, la fatiga mental exigía horas de profunda meditación antes de poder invocar sus habilidades de nuevo.
Al recordar aquello, Caleb pensó en el frasco que había arrojado al suelo en su ofuscación al salir de la capital. Repasando mentalmente su combate con la guardiana, no dejaba de maravillarse ante la resistencia de la mujer, que había luchado sin descanso hasta el final sin recurrir a ninguna poción. Se estremeció al recordar cómo la espada negra le había atravesado el cuello sin vacilación.
Tras la devastación, los supervivientes intentaron buscar posibles rastros de vida entre las dunas, pero fue en vano. Todos habían sido tragados por la arena. Se tomó un momento para consolar a quienes habían perdido a seres queridos —momentos en los que la presencia de un espejo habría sido un bálsamo—. Sin embargo, al ver cómo los magos se enjugaban las lágrimas y se ponían en pie para seguir adelante por el bien de todos, comprendió que el viaje debía continuar.