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Fantasía

La maldición del espejero

Capítulo 3

Por giulianna

Al dar sus primeros pasos, escuchó el ruido de los cascos de un caballo negro como la noche. El corcel comenzó a sacudir una crin larga del mismo tono de su piel, donde brillaban puntitos blancos semejantes a las estrellas del firmamento. Caleb se subió a la montura y comenzó a galopar sin detenerse, hasta que el sol empezó a oscurecerse para dar paso a una luna roja. No comprendía que el caballo y la espada fueran reales, pero lo eran. La interrogante desafiaba toda lógica: ¿cómo podían existir en el mundo real si ya no se encontraba en el reino onírico? ¡Cuánto se desconocía aún el poder de los primeros magos!

Salieron del desierto y divisó dos grandes colinas gemelas, separadas por un camino sinuoso. Gracias a Alex sabía que en aquel lugar aguardaba el único guardián-mago, cuya misión era vigilar que ningún intrépido osara cruzar esos lares para llegar al estanque negro. Era un guardián dotado de una velocidad prodigiosa y de una destreza incuestionable en el manejo de la espada.

Antaño, muchos guardianes vivían por esa zona e intercambiaban turnos para custodiar las colinas. Lamentablemente, con el paso de los siglos, habían ido marchándose uno a uno, aburridos de un paraje estéril que no ofrecía más diversión que permanecer inmóviles como estatuas, esperando luchar contra algo que ya consideraban un mito más del Consejo de Magos. Solo uno se mantuvo fiel a su labor y a su honor, cumpliendo su misión a pesar de la absoluta soledad.

El guardián le atacó por sorpresa. Caleb apenas tuvo tiempo de inclinarse hacia atrás, permitiendo que una ráfaga de viento cortara de tajo la cabeza del caballo negro, que comenzó a esfumarse como el humo.

Cayó al suelo asombrado y, por puro instinto, rodó para alejarse antes de que la espada del enemigo lo atravesara. Al instante se puso en pie y empuñó la espada negra. Las conversaciones con su hermano no habían sido en vano: conocía la existencia de aquellos guardianes cuya habilidad residía en su velocidad extrema. A simple vista parecían ráfagas de viento; era imposible distinguir sus cuerpos o escuchar sus pisadas, apenas se percibía una presencia perturbadora.

Sin embargo, gracias a la espada negra, pudo sentir los pasos y la respiración de su contrincante al aproximarse, pues el arma emitía una luz resplandeciente ante la cercanía del guerrero. De inmediato, aquellas embestidas aéreas fueron contenidas sin dificultad. Lo anecdótico era que, en toda su vida, jamás había manejado una hoja; no obstante, al tenerla entre las manos, sintió que se transformaba en un espadachín capaz de rivalizar con el mismísimo guardián. Supo que lo había herido al ver la sangre goteando sobre el suelo.

Sus ojos se abrieron de par en par al descubrirla. Era una guardiana maga: una mujer de cabellera púrpura recogida en trenzas que le llegaban a la cintura, piel bronceada y una contextura musculosa propia de una guerrera. Si él se consideraba alto, estaba equivocado; ella le sacaba una cabeza entera. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro al ver el brazo ensangrentado de su oponente.

—¡Qué suerte la mía, que en esta época la Innombrable haya encontrado a un tonto ingenuo! —exclamó con sarcasmo, aunque manteniendo un tono de voz gélido y serio.

—Yo no soy ningún tonto ingenuo... más bien tenemos el mismo fin.

—Sí que lo eres, si crees que la Innombrable tiene socios.

—No me importa lo que quiera hacer conmigo, siempre y cuando consiga mi venganza.

—¿Y cuál es, si se puede saber? —La guardiana necesitaba ganar tiempo y recuperar algo de energía; utilizar su habilidad en exceso exigía una meditación exhaustiva que le tomaría horas.

—Destruir Maglux y a todos sus habitantes.

—¡Jamás permitiré que eso suceda! Protegeré esta tierra con todo mi ser.

Caleb se echó a reír con desprecio. Aquella «tonta ingenua» ignoraba por completo que el mundo entero estaba a punto de llegar a su fin por culpa de la propia madre naturaleza. Las carcajadas comenzaron a irritar a la mujer.

—¡Para de reírte!

—Es que ni siquiera te das cuenta... —A Caleb le dolía el vientre de tanto reír; por primera vez, la satisfacción de burlarse de alguien resultaba embriagadora—. La Madre nos quiere muertos a todos. ¿Es que no has sentido los terremotos, aluviones y tornados en este recóndito lugar?

—Yo... eres un mentiroso. Es normal que haya desastres naturales.

—Eso es cierto. Cómo me encantaría pensar como tú, de forma tan simplista, sin preocuparme por esas tonterías —dejó de sonreír y apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Pero esos estúpidos magos empezaron a asustarse ante el fin del mundo, deseando sobrevivir desesperadamente, olvidándose de vivir en paz día a día.

La guardiana se quedó en silencio, examinando la expresión del muchacho, que destilaba un dolor y un odio profundo hacia su pueblo. Comenzó a creerle, pues ella misma percibía que la naturaleza dejaba de ser piadosa como en los tiempos antiguos. Aun así, aunque el mundo se derrumbara, tenía una misión inquebrantable: impedir que cualquier persona se acercara al estanque negro.

—¿Aún quieres pelear conmigo, sabiendo que todo va a ser destruido?

—Si lo que dijiste es verdad, la gente buscará la forma de sobrevivir, y con eso me basta. ¡Así que no permitiré que tus sucias manos los lastimen!

Esas palabras irritaron tanto a Caleb que se lanzó al ataque, girando su espada para cortarle la garganta. Ella lo esquivó agachándose, renunciando a su velocidad máxima. Aun así, seguía siendo veloz y contraatacó con destreza, aunque no logró rasguñar a aquel hombre atrapado por la maldita espada de la Innombrable. Tenía que arrebatársela. Lamentablemente, un segundo después recibió una contundente patada que la derribó. Al intentar levantarse, la espada negra ya le había perforado el cuello; su sangre se extendió en un charco oscuro hasta que, tras una última exhalación, dejó de convulsionar.

Caleb se sentía invencible. Con el arma en su poder, ya no había obstáculos para alcanzar su meta. Avanzó por las curvas serpenteantes, sorteando los baches del camino, hasta llegar al estanque negro.

Frente a las aguas, cuya pestilencia podía percibirse a gran distancia, hizo un esfuerzo sobrehumano para no vomitar mientras el hedor se intensificaba. Se sumergió en ellas: su cuerpo entero bullía de energía maligna, y toda esa maldad ansiaba brotar por sus venas. Al emerger de las profundidades oscuras, no dudó en crear espejos de diferentes tamaños utilizando únicamente su aliento, sin importarle ya el tatuaje en forma de equis marcado en su oreja.

Instintivamente, tomó la espada negra y se cortó el brazo. La sangre oscura comenzó a manar y, como si tuviera vida propia, se deslizó cual hueste de hormigas hacia todos los espejos creados. Cada superficie vibraba con intensidad, exigiendo que las almas se reflejaran en ellas. Abrumado por el delirio, Caleb perdió el conocimiento.

Al despertar, se encontraba recostado sobre el regazo de una muchacha que lo observaba y le limpiaba la frente con un paño húmedo. Se sobresaltó y se apartó bruscamente, mareado, hasta que logró enfocar la vista y contemplar nítidamente su entorno. No podía dar crédito a lo que veía: estaba en medio del mismo desierto, como si jamás se hubiera movido de allí.

La única evidencia de que aquello no había sido un sueño aterrador —ni el estanque negro, ni la guardiana asesinada, ni los espejos vibrantes bañados en sangre oscura— era su propio brazo izquierdo, amputado de cuajo y ahora cubierto por vendas blancas manchadas de sangre seca.

En su pecho ya no albergaba el odio corrosivo ni la sed de venganza; sin embargo, tampoco era el joven dichoso que solía ser. La Dama de la Noche y las Estrellas se habían burlado de él. Más que enojado, se sentía frustrado y resentido consigo mismo por haber caído en la trampa de la venganza.

—Bueno... tienes suerte de que te haya encontrado. Podrías haber muerto si no te curaba. Agradezco que mi mochila tenga lo necesario para cualquier imprevisto; supongo que sabes que no soy sanadora, aunque de todos modos ellos no pueden restaurar miembros amputados. Bueno... discúlpame si te he ofendido, pero con una prótesis bien hecha vas a...

Caleb reparó por fin en la presencia de la muchacha, que aparentaría dos o tres años menos que él. Tenía el cabello verde y corto hasta la nuca, piel morena y unos ojos plateados imposibles de ignorar. Sus pantalones bombachos combinaban con una casaca de cuero de color celeste fosforescente. No era una maga común; era una maga viajera espacial.

—¿Qué haces aquí? —La interrumpió, no por asombro, sino para evitar que continuara con ese tema.

—Más bien, ¿qué haces tú aquí, en este insoportable desierto? Bueno... he gastado las últimas gotas de agua por ti, y no me importa haberlas perdido, pues estaba aterrorizada de que murieras. Incluso hice un gran esfuerzo para quitarte esa casaca maloliente y tu camisa sudorosa para poder vendarte. Estoy muy orgullosa de haberte curado bien; claro que te vendé con los trozos secos de tu propia camisa, que ahora está destrozada, pero el ungüento que te puse ya cerró la zona afectada. Ahora que estás bien, no podemos perder tiempo: ¡he encontrado un nuevo mundo donde todos podemos habitar! —La chica le regaló una sonrisa de oreja a oreja, olvidando por un momento por qué él se encontraba tirado en aquel desolado paraje.

—¿Un nuevo mundo?

—Así es. Es un milagro: tiene casi la misma geografía que el nuestro, hay mar y animales parecidos a los nuestros, aunque con ciertas diferencias. El problema es que está habitado por seres que ni te imaginas cómo lucen.

La muchacha se calló de repente, aunque sus ojos suplicaban que le preguntara por el aspecto de aquellos habitantes. Caleb dio un suspiro; los sentimientos eran contradictorios, pues si bien agradecía que se hubiera callado, la intriga sobre esas criaturas le picaba la curiosidad. Prefirió seguir el juego.

—¿Cómo son esos seres?

—Son iguales a nosotros, con la gran diferencia de que no tienen magia... ¿Te lo puedes creer? Yo no... no sé qué haría sin magia. Y lo peor que he observado es que han creado edificaciones gigantescas con sus propias manos. ¡Eso es lo más intrigante! Tienen unos templos llamados iglesias, donde adoran a un solo Dios y no a la Madre. Aunque lo más extraño es que las mujeres no usan pantalones; todas van con vestidos incómodos porque deben llevar por dentro una prenda de sumo sacrificio que no las deja respirar bien, algo llamado corsé, todo para lucir una cinturita exquisita.

—Aunque no has respondido a mi pregunta...

—Claro... bueno, ya sabes que los magos viajeros nos especializamos en portales, y si no tienes la concentración necesaria puedes perderte en un agujero negro... Bueno, creo que la suerte me acompaña, porque no soy tan habilidosa como los demás, y estoy tan contenta conmigo misma que me dan ganas de llorar...

—¡¿Puedes dejar de parlotear de una vez y responder a lo que te estoy preguntando?! —Caleb se sentía tan cansado, agotado y frustrado que la poca amabilidad que le quedaba se esfumó—. Si has descubierto el mundo perfecto para nosotros, ya deberías estar en la capital informando al Consejo de Magos en lugar de perder el tiempo conmigo en este maldito lugar.

—¡Es lo que te estaba diciendo! Se necesita una gran concentración mental para llegar al destino deseado, y como no soy muy hábil, pensé que mi viaje de regreso sería el fin... ¡Pero no fue así, gracias a la Madre que me dejó vivir un día más! ¿Estás ya conforme con mi respuesta?

Caleb sinteos deseos de ahorcar a aquella maga insufrible cuyo nombre ni siquiera conocía —ni le interesaba—. El solo recuerdo de haber asesinado a la guardiana le revolvía el estómago, aunque lo tuviera completamente vacío.

—¡Ve al grano o te voy a estrangular!

La muchacha se quedó ojiplática; nadie le había dirigido jamás palabras tan siniestras. Si no lo hubiera visto herido, lo habría golpeado con su mochila hasta dejarlo inconsciente de nuevo.

—Bueno... ubiqué mal las coordenadas de llegada y por eso me tienes aquí, perdida contigo en este desierto... Ahora hay que levantarse y buscar una caravana. Imagino que no tardarán en pasar por estas zonas para huir de las tormentas de arena.

—¿Por qué crees que encontraremos una caravana?

—Bueno, ya sabes... Los magos piensan que es mejor marchar a la capital cuando se acerca el fin del mundo, para ser los primeros en ser evacuados al otro mundo... Ahhh... —Un sonido de sorpresa escapó de sus labios, como si recién hubiera reparado en su identidad—. Usted... es... bueno... ¡es Caleb! ¿Qué te ha sucedido?

«¡Madre! ¿Por qué tenía que toparme con una muchachita tan despistada?»

Caleb sentía que la cabeza le estallaba de tanto escuchar esa voz chillona y la muletilla constante del "bueno". Nada de aquello tenía nada de bueno. No le impresionaba que lo reconociera —al fin y al cabo, era famoso—, pero el hecho de que hubiera tardado tanto en hacerlo rozaba lo insultante. No tenía la menor energía para responder a sus interrogatorios.

—Para qué responderte lo que es obvio.

—Bueno... sé lo que pasó con los espejeros. Eso de ser desterrado es muy doloroso, y peor aún es no poder usar tu magia. Pero lo que quería decirte... bueno, no quiero ofenderte... olvídalo. Han pasado cinco meses, así que no sé qué te ha ocurrido a ti ni al resto de los espejeros.

—¿Cinco meses?

—Bueno... así es. Han pasado cinco meses desde que los desterraron. Pero yo... bueno, el Consejo de Magos había mandado a los viajeros más expertos, pero como algunos no regresaban o sus investigaciones eran descartadas, decidieron enviar a los menos habilidosos ante la desesperación. Pronosticaron que la Madre nos daba un plazo de cuatro meses para sobrevivir, aunque resultaron ser cinco, ¡quién lo diría! Yo me he dedicado a perfeccionar mis habilidades en mi gremio y no tenía idea de lo que pasaba afuera, hasta que nos ordenaron un plazo de dos semanas para investigar un nuevo mundo habitable. Siento que el mío es el indicado, aunque creo que somos nosotros quienes debemos adaptarnos a él... En fin, ¡hay que dejar de hablar y ponernos en marcha!

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