Fantasía
La maldición del espejero
Capítulo 2
Por giulianna
En su interior, Caleb sabía que las personas jamás volverían a ser las mismas; todo había cambiado irrevocablemente. Podía leerlo en la mirada de su propio hermano. Los espejeros pasarían a la historia, condenados al olvido en el nuevo mundo que sus compatriotas planeaban encontrar, aunque, confinados al exilio, ni siquiera estaba seguro de que se les permitiera formar parte de aquel supuesto nuevo hogar. Sin mediar palabra con nadie, se marchó cargando con sus escasas pertenencias y dejando atrás a su propia sangre.
El Juramento de Bienestar que había pronunciado con la mano sobre el corazón —cuyo propósito sagrado era infundir dicha a cada mago abatido y disipar sus angustias con sentimientos puros— ya no tenía ningún sentido para él.
A las afueras de la capital, los espejeros se congregaban listos para partir, ya fuera en grupo o en solitario. Todos debían pasar por el ritual de marcaje: los magos tatuadores les grababan una cruz en el lóbulo de la oreja para bloquear sus poderes. Irónicamente, antes de las revueltas, esos mismos tatuajes se usaban como expresiones de arte y símbolos de alegría. Caleb, consumido por la furia y la rabia, ni siquiera se despidió de sus amigos. Cuando Ron, su compañero más leal, intentó acercarse para proferirle unas últimas palabras, Caleb se montó en su caballo y galopó con todas sus fuerzas, sin voltear la vista atrás para regalarle un último vistazo a su ciudad natal.
Tenía un solo objetivo clavado en la mente: las áridas arenas de Chixmus. El trayecto le tomó dos semanas de marcha implacable, con paradas mínimas y compartiendo sus escasos alimentos con su montura, un animal que parecía más gruñón que él mismo. Se trataba de un ejemplar de características singulares: tres colas entrelazadas y extremidades finas y ágiles, perfectas para surcar el desierto, capaces de regresar a los establos por sí solas sin perderse aunque no llevaran jinete. Confiando en su instinto, dejó que Mardox, su hermoso caballo blanco, regresara solo.
A partir de ahí, deambuló en solitario bajo el sol ardiente y sofocante. Aunque el sudor le empapaba la camisa de lino amarillo, jamás se atrevió a quitarse la casaca roja. Necesitaba rozar el umbral de la inconsciencia si quería encontrar a la Innombrable, una figura que el tiempo y la censura habían borrado de la memoria colectiva del pueblo.
Según dictaba la leyenda —una de esas verdades confinadas en finos pergaminos que solo los miembros del Consejo guardaban bajo llave en sus murales más recónditos—, pocos conocían su historia.
Alex, que había ingresado al Consejo de Magos a los diecisiete años gracias a su prodigiosa habilidad sanadora (convirtiéndose en el miembro más joven de la historia), conocía la existencia de la Dama de la Noche y las Estrellas, mejor conocida como la Innombrable. Conocerla era considerado un peligro mortal para el país. Y, sin embargo, su hermano mayor había roto el sagrado pacto de silencio con el único fin de cumplir la vieja promesa de la infancia: contarse todo, sin guardarse jamás ningún secreto. Aquel día, Caleb había rebosado de felicidad al ver que su hermano rompía las reglas por él, confiando ciegamente en que jamás divulgaría nada.
Caleb recordó con nitidez cuando Alex empezó aquel relato:
—Había una vez, cuando la magia comenzaba a brotar en este mundo y la Madre Naturaleza buscaba verter su energía mística sobre los primeros seres que había creado —los primeros magos—, estos experimentaron con sus nacientes habilidades. Para aprender a canalizarlas y alcanzar la perfección, fundaron las primeras academias.
Una de aquellas magas adquirió el poder de arrebatar los recuerdos de la mente humana. Gracias a esta facultad, la gente acudía a ella agobiada por el desamor, la pérdida, el dolor o la envidia, suplicando olvidar esos fragmentos oscuros para empezar de nuevo con sentimientos más felices. Por esa razón se decía que ella era la pionera de los espejeros: al arrancar los recuerdos dolorosos, permitía que la gente siguiera adelante con una falsa dicha. El problema radicaba en que, al extraer esos recuerdos amargos y no tener un recipiente donde confinarlos, la maga comenzó a almacenarlos en su propia mente como si fueran vivencias propias. La ira, los celos y el odio la corrompieron, transformándola en una mujer cruel y desquiciada.
Deseosa de ver sufrir a los demás tal como ella sufría, comenzó a robar los recuerdos felices de los magos, sumiendo a toda la ciudad en la depresión, la angustia y el vacío. Al percatarse del monstruo en el que se había convertido, los primeros magos formaron el Consejo y decretaron su ejecución.
La capturaron y la encadenaron al patíbulo. Sin embargo, su amante —una maga con el poder de dominar los sueños—, incapaz de soportar su muerte, utilizó su magia para arrojarla a un mundo onírico creado por su propia mente, asegurándose de que nadie pudiera volver a hacerle daño. La amante pagó caro su osadía, siendo asesinada de inmediato por traición.
Se cuenta que, si te encuentras al borde de la inconsciencia y pronuncias su verdadero nombre tres veces, tal vez logres verla. Pero ten cuidado: ella buscará engañarte, pues su maldad nunca fue extirpada, a pesar de haberse alimentado de recuerdos felices.
Caleb ni siquiera conocía su nombre real. Estaba tirado sobre la arena, agotado y al borde del colapso. La deshidratación hacía que sus músculos se contrajeran en dolorosos calambres, sus párpados pesaban como plomo y una migraña martillaba su cráneo con ferocidad. Probó balbucear nombres al azar, incapaz de pensar con claridad, maldiciéndose por creer que en semejante estado de delirio lograría evocar el correcto.
Estaba convencido de que iba a morir allí, enterrado en la arena y olvidado como la misma Innombrable, cuando, desde lo más profundo de su subconsciente, una voz femenina comenzó a susurrar con delicadeza: Michella... Michella... Michella...
Con un esfuerzo titánico, logró pronunciarlo.
Al abrir los ojos, el paisaje había cambiado por completo. La escena era desconcertante: la hierba destellaba en un tono azul marino, brotaba un manantial de aguas doradas, las nubes adoptaban formas de aros perfectos y diminutas quimeras e insectos gigantes poblaban el entorno, cabiendo apenas en la palma de su mano.
Frente a él se encontraba una mujer vestida con una túnica color lapislázuli bordada de estrellas, ceñida por un listón índigo. Su cabellera negra como el azabache, salpicada de brillos, le llegaba hasta las rodillas, sujeta por un lazo azul. Sus ojos eran tan oscuros como el vacío del cosmos: era la encarnación misma de la noche, la Dama de la Noche y las Estrellas. Con un leve movimiento de su mano, borraba partes del paisaje volviéndolo de un blanco impoluto, haciendo aparecer estatuas difusas de su difunta amante.
—Aunque este sitio es mi mundo, no puedo recrear a la perfección a mi amada... o debería decir a mi difunta amada —murmuró con melancolía—. Todas me salen imprecisas... Quizá porque ya no recuerdo su rostro con exactitud...
La Innombrable se giró para examinarlo de arriba abajo sin el menor ápice de pudor. Caleb, aunque intimidado por aquel escrutinio sobrenatural, se obligó a enderezar la postura para parecer más alto y, conservando la dignidad, la saludó con una reverencia cortés.
—Yo... yo me llamo... —alcanzó a decir, pero antes de que pudiera pronunciar su propio nombre, ella se adelantó con una voz cargada de una sutil seducción:
—Caleb... o más bien, el mago Caleb.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó el joven, sintiendo un escalofrío al ver una sonrisa torcida dibujarse en los labios de la entidad.
—Porque he visto tus recuerdos... Yo no me limitaba a robar pequeños fragmentos felices o tristes que los magos querían mostrarme, como creían los fundadores. Puedo leer cada vivencia almacenada en tu mente como si fueran estrellas fugaces, desde tu nacimiento hasta el preciso instante en que has aparecido ante mí.
—Entonces... sabes a qué he venido —no era una pregunta, sino una tajante confirmación.
—Lo sé. Y por eso te he elegido, porque compartimos algo en común.
—Dime qué debo hacer para conseguir mi venganza.
—Primero, tendrás que cerrar un trato conmigo: un pacto de sangre y sacrificio. Para sellarlo, deberás adentrarte en el estanque negro y sumergirte en sus aguas. Después, crearás los espejos que tanto anhelas y depositarás en cada uno de ellos tu propia sangre, la cual se tornará completamente oscura.
—¿Para qué me serviría algo así?
—Ese estanque está saturado de sentimientos impuros —aquellos que ustedes denominan malignos: la tristeza, la ira, la envidia, los celos, el odio, la codicia y la lujuria—. Esas emociones se fusionarán con las que bullen en tu interior para dar vida a algo extraordinario. Confía en mí: tu venganza se cumplirá.
—El problema es que ya no puedo usar mi magia.
—Eso no importa.
—¡Pero es imposible crear espejos sin ella! —estalló Caleb, perdiendo la compostura.
—Tú eres el elegido.
Caleb se mordió el labio inferior. Si la Dama de la Noche y las Estrellas aseguraba que era el elegido, no le quedaba más remedio que creerle, aunque la duda sobre su capacidad para fabricar los espejos seguía carcomiéndole. Decidió cambiar de rumbo en la conversación.
—Los magos viajeros ya partieron en busca de ese mundo perfecto —dijo con una amarga pizca de ironía—. Y probablemente no falte mucho para que nos envíen noticias de su nuevo hogar.
—No te preocupes por eso. Llegarán justo a tiempo para ser testigos del fin del mundo.
—¿Y qué pasará contigo?
Michella se deslizó hacia él con gracia sobrenatural y posó sus delicadas manos sobre sus mejillas. Caleb apenas podía creer que aquella criatura de apariencia tan frágil fuera un ser de pura maldad. Acto seguido, sintió la suavidad de sus labios rozar la comisura de su boca, un gesto que le arrancó un rubor involuntario.
—No te preocupes por mí. Yo me encargaré de tomar lo que me vas a dar...
—¿Y qué es eso?
—Ya te darás cuenta a su debido tiempo... Aunque eres el elegido, la decisión final es tuya. Recuerda que todo poder tiene un precio, y toda elección exige un sacrificio.
Caleb presentía que estaba cavando un abismo del cual jamás podría salir. Pero, si ese camino le garantizaba la venganza contra su hermano y contra un pueblo que lo había tratado como a un paria, lo recorrería sin vacilar. Lo habían arrojado a la basura, desterrándolo de su hogar y arrebatándole su magia bajo la excusa barata de que la felicidad que proyectaba era una vil mentira. Tanto esfuerzo, tanta dedicación puesta en cada reflejo para regalar paz absoluta, ¿todo para qué? Para que el miedo de los mortales a la muerte destruyera su vida. Si tanto terror les provocaba morir, él mismo se encargaría de entregársela con sus propias manos.
Cuando abrió los ojos lentamente, se hallaba de pie. Su ropa, antaño empapada de sudor y cubierta de arena hedionda, lucía impecable y limpia; el hambre y la sed habían desaparecido por completo. Dio media vuelta y comprobó que seguía en medio del desierto implacable, bajo el mismo sol eterno. La mujer misteriosa ya no estaba, pero en su mente se había grabado con precisión un mapa que le indicaba exactamente hacia dónde debía marchar, acompañado de una fría presencia: una espada negra ceñida a su cintura.
Regalos oscuros que, tarde o temprano, le cobrarían una factura muy alta.