Fantasía
Entre colmillos y cicatrices
Capítulo 12
Por giulianna
VICTOR
Patrullo con desgano por las calles más congestionadas. Lo que realmente desearía es estar en zonas de mala muerte, con olores nauseabundos, o metido en un bar de mal vivir asustando al cantinero para que me invite una cerveza gratis.
Meto la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón, saco un chicle de fresa y me lo llevo a la boca. Justo cuando voy a formar un globo, me detengo en seco al verla. No esperaba cruzarme con ella: esa mujer de cabello largo y negro como el azabache, piel de porcelana, ojos plateados y una sonrisa torcida, adornada con tatuajes de significado místico en los brazos. Me guiña un ojo. Escupo el chicle y salgo tras ella.
Empiezo a abrirme paso a empujones entre la multitud que me estorba, hasta que, de repente, se desata una estampida. La gente grita aterrorizada, corriendo en todas direcciones. Un hombre me agarra del hombro y me suplica que haga algo. Chasqueo la lengua y, sin pensarlo dos veces, le propino un puñetazo en el abdomen con mi brazo biónico, haciéndolo a un lado.
No me importa el caos; mi único objetivo es encontrar a la mujer. Sin embargo, un segundo después comprendo de qué huía el hombre. Veo a un despertado —o algo muy parecido— atrapando a la gente por los tobillos y arrojándolos como si fueran muñecos de trapo. Se dispone a hacer lo mismo con una señora que intenta poner a salvo a su hijo.
Esa imagen me golpea de golpe, devolviéndome al pasado: me recuerda a mi madre, intentando protegerme de la peor bestia que nos topamos.
Saco la pastilla negra que guardo en un tubo alargado, sujeto a mi pulsera derecha, y me la trago. Acto seguido, extraigo mi sable de luz y corro a toda velocidad, alzando los brazos para descargar un golpe vertical. Para mi sorpresa, el filo no corta su extremidad de tajo; apenas le deja una grieta humeante. Me preparo para repetir el ataque, pero la furiosa criatura de cuatro colmillos intenta desgarrarme el cuello, obligándome a dar un salto hacia atrás para esquivarla.
El monstruo pierde el interés en mí y redirige su mirada hacia la mujer, que intenta levantar a su hijo tras ser derribado por la estampida. El niño rompe a llorar. El despertado se abalanza sobre ellos a una velocidad aterradora, pero mis piernas responden al límite de mis fuerzas. Me interpongo en su camino, agarro el brazo donde le había dejado la marca del sable y, usando mi prótesis biónica y con un grito desgarrador para acumular valor, tiro con toda mi alma hasta arrancárselo de cuajo. Un chorro de sangre negra y de hedor putrefacto me baña el rostro y el pecho.
No alcanzo a percatarme del contraataque: con su otro brazo, la bestia me propina un puñetazo brutal que me hace salir volando. Intento ponerme en pie, pero es inútil. La vista se me nubla y la oscuridad empieza a llamarme. No puedo dejar a la madre y al hijo desamparados, pienso. Grito de frustración, pero al intentar levantarme las piernas me fallan y vuelvo a desplomarme contra el suelo. Lo último que alcanzo a percibir son unas llamas devorándolo todo antes de cerrar los ojos.