Fantasía
Entre colmillos y cicatrices
Capítulo 11
Por giulianna
Todo va bien hasta que recibo un mensaje de Leo. Me informa de que ya se encargaron de los cazavampiros, aunque Dayan, con su habitual imprudencia, casi pierde el brazo por intentar un movimiento nuevo que vio en un videojuego. Como era de esperarse, Roxana lo regañó sin parar. Él intentó callarla con un beso, y lo único que recibió fue una patada en la cabeza digna de un gol de media cancha. Me río para mis adentros; Dayan siempre haciendo locuras innecesarias.
Llegamos a Rock Creek Park y nos internamos en el bosque. Es un lugar espectacular, lleno de árboles altos y un precioso lago ideal para correr, caminar, hacer excursiones o tomarse fotos. En otra ocasión había venido con el incorregible, que no paraba de pedirme fotos. Tuve que darle varios codazos en las costillas para que me dejara en paz, aunque terminó robándome un par de instantáneas mientras yo me quedaba embelesada con la naturaleza, obligándome a posar a base de insistencia.
Dejamos la moto junto al camino, nos quitamos los cascos y nos adentramos en la espesura. El hombre me sigue sin protestar; aunque intenta mantener la calma, la tensión se nota en cada músculo de su cuerpo. De pronto, se sobresalta al ver que la marca en su frente comienza a brillar intensamente: una señal inequívoca de que estamos cerca de nuestro destino.
Parece que hoy es un buen día y podré llevar al hombre al reino. Sin embargo, mis planes se tuercen cuando el cielo se oscurece de golpe, cubriéndose de nubes grises que amenazan con descargar una tormenta.
—Ponte detrás de mí —le ordeno al hombre, que ahora está presa del pánico, mirando a todos lados buscando cazavampiros.
—¿Qué sucede? —alcanza a preguntar, pero le hago una seña seca con la mano para que se calle.
Lamentablemente, no son cazadores comunes. Mi instinto me advierte que se acerca algo mucho peor, algo capaz de erizarme la piel. Lanzo mi daga hacia la zona donde he intuido una figura, pero el intruso la esquiva con total facilidad.
—Siempre nos reciben de esta manera —dice un joven alto y musculoso, emergiendo de entre las sombras.
Tiene el cabello y los ojos de un tono plateado impecable. Viste un chaleco y un pantalón de cuero rojo, ajustado con correas en los muslos donde guarda sus dagas. En la mano sostiene una cadena larga, que tira para exhibir a su prisionero. Me quedo estupefacta: la marca en su piel brilla con la misma intensidad que la del hombre que está a mi espalda, el cual intenta cubrirse la frente con desesperación, aterrorizado al ver que ambos destellos se conectan.
—Es un "despertado" —afirmo, sin rastro de duda en la voz, identificando todavía el tatuaje del compañero espiritual que le han impuesto los vampiros.
—Así es, ¿a que no es hermoso? —responde el joven, acariciando la mejilla de aquel infeliz, que bota baba por la boca con los ojos completamente nublados.
—¿Qué le han hecho?
—Le dimos unos cuantos retoques; ahora ha quedado casi perfecto.
El hombre a mi lado no sabe qué hacer; está paralizado, esperando una orden.
—No corras a lo loco, escóndete entre los árboles. Yo me encargaré de exterminarlos —le digo.
Él me mira con angustia antes de asentir y huir.
—¿Exterminarnos a nosotros? —se ríe el joven de los Tenebrosos, soltando la cadena—. Ese despertado, o mejor dicho, Aniquilador, está diseñado para destruir a niñatas como tú. Te romperá los huesos y beberá hasta la última gota de tu sangre.
El despertado comienza a gritar. Sus colmillos se multiplican de dos a cuatro, y su musculatura se expande de manera grotesca. Su ropa, hecha de una tela especial que no se rompe, se amolda a su nueva y deforme anatomía. Sus ojos destellan en un rojo furioso, la baba le cuelga como a un perro rabioso y sus extremidades se alargan mientras se desploma para correr en cuatro patas.
Desenvaino mi espada extensible y llamo mentalmente a mis amigos; sé que vendrán pronto al percibir mi inquietud, algo nada habitual en mí.
El ataque es inminente. La bestia se abalanza sobre mí y lanza un puñetazo tan brutal que abre un cráter en la tierra. Consigo esquivarlo con un salto ágil, aunque una piedra proyectada por el impacto me golpea el hombro derecho. El monstruo no me da tregua; intenta desgarrarme con los dientes. Me impulso hacia arriba, alzando la espada dispuesta a atravesarle el cráneo, pero la criatura adquiere una velocidad sobrenatural y se esfuma en un parpadeo. De repente, siento que me agarran del tobillo y me lanzan con violencia. Destrozo varios árboles en la caída y, en el proceso, se me escapa la espada de las manos.
Aturdida y con un dolor agudo en la espalda, me pongo en pie de un salto. Debo detener al Tenebroso, que intenta llevarse al despertado; este último opone resistencia en vano, aullando pidiendo ayuda. Saco otra daga de mis botas y se la tiro directamente a la cabeza, obligando al joven vampiro a chasquear la lengua, molesto por no poder rescatar al hombre, que ahora yace muerto en el suelo.
Mis colegas me avisan mentalmente que no podrán llegar a tiempo porque se han topado con otro despertado de cuatro colmillos. Solo espero que logren sobrevivir.
Corro a recuperar mi espada intensificando mi velocidad, pero la monstruosidad me intercepta de nuevo, gruñendo con furia. Ya no me quedan dagas, así que, haciendo uso de toda mi fuerza, arranco un árbol de cuajo desde sus raíces y se lo lanzo al aniquilador. Mientras la bestia se concentra en sostener el tronco, aprovecho esos segundos de distracción para saltar hacia él y utilizar mis garras para arrancarle los ojos.
El monstruo enloquece, suelta el tronco y alcanzo a retroceder rodando por el suelo justo antes de que su largo brazo me atrape. Sin embargo, no esperaba que la bestia agarrara otro árbol y me lo arrojara de lleno. El impacto me hace escupir sangre; estoy adolorida y magullada. El aniquilador se planta frente a mí, me sonríe con una mueca siniestra y me agarra del brazo con intención de fracturármelo.
Grito de dolor.
De repente, las nubes se abren y el sol brilla con fuerza sobre el claro. La monstruosidad intenta retroceder para esconderse, pero al no encontrar refugio, emite un aullido de pánico absoluto. Su piel comienza a ampollarse y a quemarse por completo bajo la luz directa, hasta que queda completamente calcinado ante mis ojos.