Fantasía
Entre colmillos y cicatrices
Capitulo 10
Por giulianna
VICTOR
Veo la ubicación de la enfermera en la pantalla de mi reloj; los espías se encargaron de implantarle el localizador. Dónde lo hicieron es algo que no me interesa. Solo sé que nuestro destino es el área de obstetricia, y hoy la suerte no está de su lado. Cuando se trata de torturar, da igual si estás embarazada o no; todo sea por haberse involucrado con los vampiros.
—No me digas, está esperando un bebé. Qué lindo —comento.
—Deberías hacerte una prueba tú también, por si acaso —le refuto a Silvia.
—Qué chistoso —masculla ella, cruzándose los dedos de las manos antes de entrar.
Las personas a nuestro alrededor nos miran alarmadas. Algunos se apartan apresurados para despejarnos el paso, mientras las mujeres embarazadas se llevan las manos al vientre, como si ese gesto pudiera protegerlas. Los hombres que las acompañan las instan a levantarse y se marchan a toda prisa.
Silvia abre la puerta de una fuerte patada y su sonrisa se ensancha al encontrar su objetivo.
—Sasha Walker, está detenida por la venta ilegal de fármacos en el hospital... —empieza a decir.
—Yo... yo no hice nada —se defiende la mujer, de unos treinta años, piel blanca y ojos azules, levantándose de la silla.
A su lado, una doctora de piel oscura y unos veinticinco años se queda en silencio, mordiéndose el labio inferior para contener cualquier palabra.
—Ahhh... —Silvia se pasa una mano por su cabellera rosada—. ¿Por qué siempre me interrumpen cuando quiero terminar mi discurso?
Sasha intenta escapar, pero al ver que le obstruyo la salida —y recordando que esta habitación carece de ventanas— comprende que está acorralada. Silvia se le acerca a zancadas, le toma la melena lisa con fuerza y tira de ella. La enfermera grita de dolor, con los ojos anegados en lágrimas. Por fin, la doctora reacciona y se levanta para intervenir, exigiendo que no traten así a una mujer en su estado.
—Siéntese y cállese, doctora, ¿o prefiere que quememos su clínica y exterminemos a su familia por ser cómplice de esta basura? —le espeto.
—Ya la tenemos, vámonos —digo, dándome la vuelta.
Escucho las súplicas de la mujer pidiendo ayuda, pero, por supuesto, nadie interviene: saben que hacerlo significaría cavar su propia tumba y la de sus seres queridos por desafiar al gobierno.
Nos dirigimos al auto. Sasha sigue forcejeando, incluso con las esposas puestas. Frunciendo el ceño, Silvia le propina un golpe seco en el abdomen que la obliga a arrodillarse, boqueando y a punto de vomitar.
—Eso te pasa por ser quisquillosa —masculla la cazadora antes de inyectarle un líquido diseñado para mantener dócil a la presa durante el trayecto.
Sin cuidado alguno, la arrastra de los brazos, abre la puerta trasera del vehículo y la empuja hacia el interior como si fuera un trapo. Qué aburrido.
—Qué pena que hoy no hayas podido disparar.
—Cállate —chasquea la lengua.
Recibo una notificación en el reloj: una vez terminada la misión, debemos patrullar. Aprovecho para ordenarle a Silvia que lleve a la chica directamente a las instalaciones. Me marcho ignorando su protesta. La prisionera me mira como un corderito aterrado, rogando mentalmente que no la deje a solas con esa loba. Pero yo no soy ningún pastor dispuesto a salvar al enemigo, así que la dejo atrás, abandonándola a su suerte con la cazadora y un final que ambos ya conocemos.