Poesía
La ternura desarmada
10 de enero
Por Gabriel Limprich
Nos pasamos la vida
construyendo escudos,
disimulando nuestras grietas
para que el mundo no nos lastime.
Pero cuando te acuestas a mi lado
y buscas mi calor,
toda esa resistencia inútil
se viene abajo.
Al rozar tu piel dormida,
entiendo que entregarse
no es una lucha de fuerzas,
sino una rendición total
que nos despoja del orgullo
y nos devuelve a la inocencia.
«Mi niña hermosa»,
murmuro al verte descansar,
ajena por completo
a la incertidumbre del mañana
y a lo rápido que pasan los años.
Amarte así
es redescubrir lo vulnerable,
volver a ese niño que todos fuimos
antes de aprender a tener miedo.
Mientras respiro tu mismo aire
en esta habitación a oscuras,
comprendo que la mayor valentía
no es salir a enfrentarse
al universo entero,
sino atreverse a ser
completamente frágil
entre los brazos de la persona
que se ama.