Ensayo
Una puerta al mundo de GODZILLA
1. Despertando al monstruo
Por Gabriel
Lo que van a leer es un avance de mi nuevo libro UNA PUERTA AL MUNDO DE GODZILLA donde hablo de los secretos de la película original del monstruo, hago un análisis de su impacto social y cultural, y claro, hago las sinopsis y comentarios de TODAS las películas de Godzilla exhibidas hasta el momento.
Espero que les guste y si pueden adquirirlo y yo estaré muy feliz de que me lean.
Un saludo
Gabriel

Un destello de Armagedón
Es el primero de marzo de 1954 y el Dai-go Fukuryu Maru (irónicamente, Dragón de la suerte No. 5) flota sobre un tranquilo océano pacífico cerca de las Islas Marshall. Está amaneciendo y son exactamente las 6:45 de la mañana.
De pronto, un destello.
Una potente luz baña a la embarcación y la tripulación corre de inmediato a cubierta para observar un espectáculo sorprendente: el horizonte y el mar parecen arder, pintando de colores el cielo del amanecer. Al poco rato, una extraña lluvia de polvo blanco cubre el suelo de la cubierta y penetra a través de los ojos, los oídos, la nariz y la boca de los marineros. Nadie sabe que está ocurriendo.
Dos semanas después, la tripulación del Daigo Maru arriba al puerto de Yaizu, en la prefectura de Shizuoka, pero los hombres no vienen en buenas condiciones. Muestran síntomas de dolor de cabeza, náuseas y severa irritación de los ojos. La piel de muchos se encuentra extremadamente irritada también. ¿Tiene todo aquello relación con el espectáculo del primero de marzo?
Muy tarde se darán cuenta que sí: la tripulación de Daigo Fukuryu Maru fue testigo y víctima de una prueba secreta en el atolón de Bikini. Conocida como Operación Bravo, la marina norteamericana detonó una bomba H de 15 megatones de potencia —la Castle Bravo —, que borró del mapa a esta pequeña isla y atomizó a su arrecife de coral, convirtiéndolo en el peligroso polvo blanco que cubrió a la nave y a sus 23 marineros con radiación altamente letal. La operación fue un éxito pues resultó el doble de poderosa de lo esperado, pero sus consecuencias crecerían más allá de aquella pequeña zona del pacífico.
No solo el Daigo Maru fue afectado (se encontraba a 150 kilómetros de la explosión), sino también otras embarcaciones a las cuales no se les advirtió sobre la prueba. Todas ellas acabarían contaminadas y sus tripulaciones no durarían vivas mucho tiempo, morirían de leucemia, cáncer y otras enfermedades mortales derivadas de la radioactividad, el primero de ellos Aikichi Kuboyama del mismo Daigo Maru que fallecería a los pocos meses.
Pero esa no fue la única situación trágica. Toneladas enteras de atún contaminado se vendieron en el mercado japonés dando pie a un pánico nacional causado por la incertidumbre ¿Quién había comido esos pescados? ¿Estará contaminada la pesca futura? Una crisis comercial se desata sobre la industria pesquera y el gobierno ordena cerrar mercados de mariscos y destruye toneladas completas de ellos para impedir que contaminen al país.
Cuando el gobierno de los Estados Unidos es confrontado por esta situación, niegan su responsabilidad en el asunto, pero posteriormente —y a regañadientes— tienen que admitirla. Al gobierno norteamericano no le conviene un altercado con sus nuevos aliados y mucho menos con los sentimientos y el movimiento anti-americano de varios grupos radicales del Japón por lo que decide reparar el daño con una fuerte suma de dinero que el gobierno japonés se niega a aceptar. El gobierno norteamericano, por su parte, envía a cada viuda de los pescadores un cheque por 2.5 millones de yenes como compensación por el trágico incidente.
La prueba atómica afectó, según estudios del gobierno norteamericano a más de 856 pescadores y a los habitantes de las islas cercanas quienes tuvieron que ser evacuados. El milagro de la energía atómica unió de nuevo y de forma trágica a dos países y a dos culturas que no podían ser más diferentes. La experiencia atómica la vivirán juntos, pero desde dos posiciones totalmente encontradas: Uno es el creador de la bomba y el otro la victima de su poder desatado.
Al poco tiempo de la tragedia del Dai-go Fukuryu Maru, en 1955, una nueva tripulación encontraría su trágico final de una manera espantosamente similar, solo que esta vez, seria en las pantallas cinematográficas del Japón en una película de terror y ciencia ficción que se convertiría en un ícono fílmico y popular que no ha dejado de crecer hasta el día de hoy.
Una idea atómica
Tomoyuki Tanaka, productor de la compañía cinematográfica Toho vuela de Jakarta a Tokio. La realización de una película entre la empresa cinematográfica japonesa y su coproductora en Indonesia no ha funcionado y ahora regresa sin nada hacia las oficinas centrales. Necesita encontrar una idea para una nueva producción que sustituya la película que ya no se realizará. Finaliza ya el mes de marzo de 1954.
Mientras se encuentra sentado en uno de los sillones del avión, toma una de las revistas que la aerolínea edita para el entretenimiento de sus viajeros y en ella encuentra un artículo que habla de una nueva película que acaba de estrenarse en las pantallas de los Estados Unidos de Norteamérica. Se titula El monstruo de los tiempos remotos (The beast from 20,000 fathoms, Camille Laurie, estrenada en junio de 1953) y las fotografías muestras una criatura diseñada por Ray Harryhousen, una especie de lagarto gigante y antediluviano —conocido después como Rhedosaurus— que, al ser despertado de su letargo por una prueba atómica en ártico, logra llegar hasta la ciudad de Nueva York para crear caos, muerte y destrucción.
El asunto del Dai-go Fukuryu Maru se encuentra aún bastante fresco en la memoria de los japoneses y Tanaka piensa en la posibilidad de que Toho realice un film con estas dos premisas: un monstruo gigante al estilo de King Kong y el miedo que inspira la recién creada y poca controlada energía nuclear. Si, ahí había una buena idea.
Cuando Tanaka llega a Tokio expone la idea a los directivos de la Toho, consideran el proyecto atractivo, pero peligroso en dos sentidos. Aún existe un elevado resentimiento antiamericano en la sociedad y una película que exponga una vez más las heridas físicas y psicológicas de la experiencia atómica puede molestar a los norteamericanos. Y si, por otro lado, la película parece demasiado benigna con ellos, el mismo público la repudiara, como ocurrió con el drama de guerra Los niños de Hiroshima (Genbaku no ko, Kaneto Shindo, 1952) que fue criticada por no ser lo suficientemente dura con aquellos que habían arrojado la bomba.
De cualquier manera, Tanaka ya había incluido en el proyecto a un joven, pero exitoso escritor de ciencia ficción, Shigeru Kayama, para que desarrollara una historia con base en la idea de la película norteamericana. Kayama ya había escrito una historia de lagarto gigante en 1952, Jira Monster, sobre una criatura parecida a un reptil que, a dos patas, ataca a los residentes de una isla en el Pacífico , así que uniendo a ambas escribe el guión de lo que se titulará tentativamente Kaitei ni-man mairu kara kita dai kaijū(El monstruo gigante de 20.000 millas bajo el mar). El primer tratamiento de la historia se centra en una criatura marina que destruye a los barcos pesqueros en busca de comida. La bestia aún no ha sido descrita y la presenta más como una especie de animal insaciable que como un monstruo destructivo, pero eso pronto cambiará.
Por otro lado, el título no deja lugar a dudas del origen de su inspiración y aunque este cambiará posteriormente, las similitudes entre la película de Toho y El monstruo de los tiempos remotos son tan obvias que van a causar el enojo del creador de efectos especiales Ray Harryhousen quien siempre considerará que la serie de Godzilla no fue otra cosa que un robo descarado de su película.
Fuerza G
Iwao Mori, uno de los productores ejecutivos de Toho, aún con dudas, pero muy interesado en el proyecto —al que llama Proyecto G—, le presenta la idea a Eiji Tsuburaya, un experto en efectos especiales que ha colaborado en importantes películas bélicas filmadas por la compañía, así como miniaturas para las películas de Kurosawa.
Tsuburaya quedó encantado con la idea. De hecho, él mismo había preparado ya hacía tres años, un guión para una película que deseaba filmar, donde un gigantesco y monstruoso pulpo mutado ataca a unos barcos cargueros en el océano Índico. Tsuburaya está más que dispuesto a participar en el proyecto, e incluso anima a la misma compañía a llevarlo a cabo, pero necesitan a un director capaz que haga la historia visualmente creíble.
La respuesta se encuentra en el director Ishiro Honda.
La elección no fue casual. Con experiencia como documentalista y asistente de director, y con un reciente gran éxito de taquilla en su haber, Águila del Pacífico (Taiheiyo no washi,1953), Honda se perfilaba como la opción ideal. Se trataba de una película sobre el terror atómico y pocos mejor que Honda para saberlo. Con experiencia directa en batalla, Honda fue prisionera de guerra en China por casi medio año. Fue liberado y después de su regreso a Japón, en 1946, visitó las ruinas de Hiroshima. El mismo Honda comenta en una entrevista para Toho SF Special Effects Movie Series Vol. 3:
“Muchas de las imágenes que realicé [para Gojira] provienen de mi experiencia en la guerra. Después de la guerra, todo Japón, así como Tokio, habían sido reducidas a cenizas. La bomba atómica había surgido y había destruido completamente a Hiroshima”.
Honda tomó la historia de Kayama, pero no sin hacerle algunas modificaciones junto con su coguionista, Takeo Murata. Su aproximación estética y conceptual del monstruo acerca la historia no tanto a una metáfora sobre la bomba atómica, sino que Honda convertirá a su monstruo en una “bomba con patas”, la letal energía atómica encarnada en una bestia que no solo deja destrucción a su paso, sino que, además, contamina de radioactividad todo aquello que toca. Si el monstruo no te destruye con su violencia destructiva, lo hará con su veneno nuclear. Honda esperaba un filme más comprometido con la realidad social y geopolítica del Japón de los cincuentas, un acercamiento más riguroso a una problemática de postguerra que no acababa de desaparecer y que se recrudecía con un Japón que poco a poco iba adoptando una forma de vida más occidental.
No solo Honda vería en Gojira la oportunidad de plasmar sus experiencias en la guerra y la oportunidad de trasladar los horrores de aquello al cine. Más gente involucrada en el proyecto consideró al filme un buen vehículo para externar aquellas inquietudes y miedos que la sociedad japonesa todavía cargaba sobre la experiencia atómica, como el famoso compositor Akira Ifikube, autor de la música del filme (así como del rugido del Gojira), quien enfermó debido a la radiación. Su hermano perdió la vida debido a ella.
Indudablemente el trabajo de Honda como documentalista se vería reflejado en la película del monstruo, en especial cuando retrata tan vivamente el horror destructivo del monstruo en la ciudad de Tokio, que casi parece arrancado de un metraje real de Hiroshima.
Ahora sí, el equipo ya estaba listo y completo para comenzar a filmar.
Un interludio contextual
El desastre de Hiroshima y Nagasaki fue el golpe definitivo que acabo por desbaratar la cruenta guerra del Pacífico y dio punto final a la Segunda Guerra Mundial. Así mismo, fue también el fin de los anhelos expansionistas de Japón, quien durante casi setenta años había logrado una posición privilegiada entre los países de oriente con aventuras bélicas contra China (1894-95) y contra Rusia (1904-1905) de donde salió victorioso.
Todo ello dio ventajas comerciales y militares al Japón, quien se convirtió en la quinta potencia mundial. Desde 1868 en que se sentaron los cimientos para la modernización del Japón, convirtiéndolo en una potencia industrial, el imperio no había dejado de consolidarse. En la Primera Guerra Mundial, gracias a su coalición con los aliados, le otorgó varias posesiones alemanas en la costa de China, permitiéndo presionar a este país para obtener más concesiones económicas y políticas. Todo ello envalentonaba al imperio japonés que estaba a unos pasos de sentirse indestructible.
Su situación como potencia mundial y como país controlador de varias rutas comerciales desde sus victorias contra los rusos y los chinos, hacía más complejas y difíciles las relaciones con los Estados Unidos quienes comenzaban a tener conatos de tensión con el imperio del sol naciente. En 1922 tras la conferencia de Washington, Estados Unidos se retira de la alianza anglo-japonesa, teniendo que dejar territorios en China y Siberia, lo cual reduce al mismo tiempo, la capacidad de su poderío naval.
En 1929, la crisis mundial le pega fuerte al Japón, pues su exportación principal es la seda y los Estados Unidos, quienes son su mercado más importante se encuentran en una tremenda depresión que les impide importar.
Con frustraciones y problemas económicos, el Japón, quien ya muestra una tendencia bastante marcada a un gobierno abiertamente militarista, se lanza a una nueva aventura bélica con la conquista de Manchuria que acabará extendiéndose a una guerra declarada contra el gobierno nacionalista chino de Chinag Kai-shek.
Es entonces que en Europa se desata la Segunda Guerra Mundial abriendo una nueva oportunidad de expansión militar al Japón, uniéndose a Alemania quien se prepara para atacar el frente ruso. Con esa oportunidad de establecer de nuevo un control económico y político sobre China, mientras los rusos se encuentran entretenidos en su frente de batalla principal contra los alemanes, la esperanza de Japón se centra en que Estados Unidos permanezca neutral ante la guerra, situación que, sabían, terminaría tarde o temprano.
Irónicamente, los mismos japoneses facilitan esa decisión a los Estados Unidos cuando optan por atacar en Pearl Harbor (Hawai), esperando destruir su flota marina en un raid sorpresa. Por desgracia, el plan no resulta totalmente como se esperaba y el ataque se considera una traición, pues la declaración de guerra llega a los Estados Unidos después del bombardeo. De esta manera, los Estados Unidos entran en la guerra del Pacífico, pero declarando la guerra al Eje (Alemania, Italia y Japón) permitiéndo así apoyar a los ingleses y ganar la guerra.
La rendición del Japón debe ser incondicional, pero mientras los japoneses intentan lograr una rendición más digna, incluso frente a los rusos quienes acababan de entrar a la guerra del Pacífico, los Estados Unidos deciden arrojar dos bombas atómicas contra dos ciudades del Japón: Hiroshima y Nagasaki.
Más que una advertencia para los japoneses, es una muestra de poderío frente a los rusos quienes reciben el mensaje en carne ajena. La guerra fría acaba de comenzar.