Narrativa y ficción
Mi hijo ya no le tiene miedo a la oscuridad
Hay veces que los miedos se ocultan atrás de los sueños...
Por Fernando Cuervo
Debí hacerle caso cuando pude. Me llamaba por las noches gritando ¡papá, papá! Entonces, me volteaba para ver la hora y dejaba salir un aliento cansado. Sucedía con frecuencia. Me levantaba de la cama con pesadez y me acercaba a su habitación para consolarlo. Mi hijo siempre fue así: huidizo de todo lo que aparentaba un peligro o una ligera amenaza. Al principio lo entendía porque creció solo a mi lado y yo también tenía días donde me llenaba de silencios. Creí, inútilmente, que con el tiempo el miedo disminuiría y las cosas tomarían un curso "normal". Sin embargo, ya nada fue normal desde esa noche.
Me contó que tuvo otra vez las pesadillas. Eran varias, una después de otra. Me sorprendía el nivel de detalle que lograba recordar y cómo se aferraba a esas imágenes: en el sueño estamos juntos caminando, en un día soleado, pero no tenemos sombras, de un momento a otro suena un pitido muy fuerte y es de noche, él trata de abrazarme, pero yo ya no existo y todo se vuelve oscuridad.
Entonces, lo calmé y le dije que sólo había sido un sueño; esa frase cliché que uno se repite después de despertar en medio de sudores y taquicardia. Lo llevé conmigo y tratamos de dormir en mi habitación.
Los días siguieron como antes, sólo que en la ciudad comenzó un incremento en la contaminación del aire y el gobierno lanzó los comunicados de contingencia. Había tardes enteras que nos quedábamos en casa y de vez en cuando veíamos el aire gris pasar por nuestra calle y dejar empolvadas las ventanas y los automóviles. Ese ambiente me entristecía, volteaba a ver a mi pequeño y su cara sólo me regresaba una angustia pesada.
Una de esas noches fue cuando enfermó y yo temía que fuera por el problema ambiental. Lo atendía y procuraba que no empeorara su estado. Pero los sueños continuaron, cada vez más seguido y mi hijo parecía perder fuerzas. Yo también perdía ánimos. Me preguntaba si el miedo nos habría gobernado a través de la incertidumbre o si mi cabeza me jugaba malas pasadas porque, al igual que él, comencé a tener las pesadillas.
Por obvias razones no le comentaba nada, sólo lo miraba luchando por dormir y trataba de hacer lo mismo. Quería ser la fortaleza de un hogar pequeño que se empezaba a llenar de dudas. Recuerdo que en un sueño buscaba a mi hijo en un campo enorme, alejado de todas las ciudades. Y pasaba la tarde corriendo de un lado a otro, hasta que se hacía de noche y oía un grito. Sólo que no era de él. Parecía un ruido que jamás hubiera escuchado antes. De pronto, sentía su mano en la mía, me decía "todo va a estar bien, no tengas miedo", giraba la cabeza y era una sombra completamente negra. El ruido me ensordecía y me despertaba de golpe.
Pasaron más días así hasta que llegó el toque de queda permanente. También enfermé y trataba de ocultarlo, aunque nuestros recursos fueran disminuyendo de forma acelerada. No había información certera sobre lo que ocurría, muchos rumores en todos lados y la histeria inundaba a la población. En un intento de seguir protegiéndolo, trataba de que él no escuchara nada de aquello, no obstante, era un esfuerzo inservible: la situación era un caos.
Esta tarde, mi pequeño despertó gritando, movía las piernas y los brazos de una manera desesperada y me llamó, pero no me dijo "papá", lo hizo por mi nombre de pila: ¡Fernando, Fernando! Lo tomé entre mis brazos y lo apreté hacía mí. Miré su rostro y parecía calmado. Ya no había rastros de la enfermedad. Me tomó de la mano y me llevó hacia la sala y desde la ventana comenzamos a ver cómo la última luz de la tarde se perdía en el horizonte. Me ha dicho "Fernando, todo va a estar bien". La noche se hace presente y aunque la gente intente encender las luces de sus casas es inútil, ya no hay electricidad. Se oye algo a lo lejos parecido a un quejido larguísimo. Mi respiración se acelera, pero no logro decir algo. El viento de la contaminación es cada vez más denso y negro como si estuviese hecho de petróleo. Me suda el cuerpo y trato de entornar la mirada, sin embargo, cada vez es más difícil. El ruido incrementa hasta llegar a nosotros. Giro la cabeza, él sonríe y me dice "hoy es el día". Su calma me hiela la sangre, ya no logro ver nada y sólo pienso que mi hijo ya no le tiene miedo a la oscuridad.