Poesía
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Quizás para ti solo fui un rostro entre miles, pero para mí, durante una canción, fuiste todo el universo.
Te he soñado solamente una vez, pero cada vez que recuerdo esa noche del concierto sigo mirando tu rostro cantando arriba de aquel escenario.
Dónde la multitud de personas gritaba tu nombre, se convirtió en un océano de luces, un mar de estrellas artificiales que palpitaban a tu ritmo.
Recuerdo cómo la música no solo se escuchaba, sino vibraba en el centro de mí pecho.
Tú estabas ahí, suspendido en una constelación de focos blancos, con el cabello alborotado por el viento invisible de los ventiladores, la voz, esa voz que parecía sostener el mundo que cortaba el aire como un rayo de luz en medio de la penumbra.
En ese instante, el resto del recinto dejo de existir.
Los gritos se volvieron un murmullo lejano, un eco sordo, mientras tus ojos buscaban algo en el vació, y por un segundo infinitesimal, una fracción de tiempo suspendido, sentía que ese destello de vida estaba dirigido había mí.
Te he soñando una sola vez, es cierto, pero la vigilia es un museo donde guardo esa imagen.
La curva de tus labios al alcanzar la nota alta, el sudor recorriendo tu sien como un rastro de plata, y la forma en que el escenario, con toda su arquitectura de cables y acero, se transformó en el único lugar del universo donde valía la pena estar.
Hoy, cuando cierro los ojos, todavía puedo ver el resplandor de esa noche grabada en mis pensamientos.
No solo es el recuerdo de una artista bajo el foco, sino la memoria de un instante perfecto, donde la distancia entre tu y yo se borró por completo, dejando solo la música, tu rostro encendido y este silencio mío, que aún te canta en voz baja.