Narrativa y ficción
El Maestro de Vida
¿ Haciendo las cosas cómo Dios Manda?
El maestro de vida
Al pueblo llegó un hombre que se anunciaba como maestro de vida.
Traía botas de avestruz, hebilla de campeonato y una sonrisa que parecía promesa de campaña.
Lo acompañaban un libro que, de lejos, parecía Biblia, y una especie de cruz que colocó a sus espaldas.
Rentó una carpa, mandó poner dos bocinotas y colgó una manta:
**«APRENDA A VIVIR COMO DIOS MANDA».**
Abajito, con letra más chica:
**«Cooperación voluntaria: quinientos pesos».**
Se llenó. Porque la gente siempre quiere hacer las cosas como Dios manda.
El maestro tomó el micrófono.
—¡Mi gente! Para tener un hogar bendecido hay que hacer tres cosas:
1. Respetar a la esposa.
2. Hablar con la verdad y respetar los principios.
3. Pagar lo que uno debe.
Don Chuy, sentado junto al pasillo, levantó la mano.
—Oiga, ¿usted no es el que salió en el periódico porque, mientras su señora estaba trabajando, se iba con otra a un motel?
El maestro se acomodó el cuello.
—Mi situación personal es compleja. He cometido fallas.
Desde atrás se oyó otra voz:
—¡Yo a usted lo conozco! ¡En otro pueblo le vendió a mi pariente una troca con el motor remendado! ¡Dijo que estaba «al llavazo» y la llave fue lo único que funcionó!
—Estamos hablando de principios, hermano. Y, en principio, se cumplió lo que dije: estaba «al llavazo». La llave funcionó, ¿o no?
Entonces se levantó el dueño de la carpa.
—¡Pues en la sucursal que tengo en Perros Bravos usted nunca me pagó la renta de la carpa ni de las sillas!
Hubo murmullos. Algunos comenzaron a levantarse.
El maestro golpeó el micrófono con un dedo.
—¡A ver, a ver! Yo vine a enseñarles cómo vivir como Dios manda. Mi vida es asunto entre Dios y yo. Todos hemos cometido errores. Y si alguno de ustedes no los ha cometido… ¡que me tire la primera piedra!
Una señora comenzó a aplaudir.
—¡Eso! ¡No juzguemos! Todos tenemos errores. ¿Y qué nos enseña Dios? ¡Que aprendamos a perdonar!
Varios la siguieron.
El maestro recuperó la sonrisa.
Los que habían reclamado se sintieron apenados y hasta pidieron perdón.
—Tiene razón, señora. Todos tenemos errores. Yo llevo cuarenta años casado y todavía hay días en que mi vieja quisiera devolverme con mi amá —dijo el dueño de la carpa.
Se soltaron unas risas.
Uno a uno fueron confesando sus faltas. Cada confesión recibía un asentimiento del maestro y un aplauso de los demás.
Y todos se sintieron liberados.
El dueño de la carpa volvió a pedir la palabra.
—Y nosotros también tenemos tarea. Porque bien que nos gusta venir a escuchar que hay que cambiar… siempre que cambie el vecino. ¡Yo prometo cambiar! Y aquí está mi ofrenda de compromiso: ¡cinco mil pesos!
Los aplausos hicieron que otros se acercaran.
Unos llevaban billetes; quienes no traían dinero dejaban sus relojes y joyas. Otros preguntaban si podían firmar un vale-compromiso, una promesa divina.
El maestro les aseguró que sí, siempre y cuando tuvieran la firme convicción de cumplir, porque con Dios no se debe jugar ni fallar.
Desde aquel día, el hombre de la hebilla se quedó en el pueblo.
Hoy vive cómodamente y cada semana reúne a más seguidores.
El dueño de la carpa ya no volvió a cobrarle: ahora la renta era su ofrenda de compromiso.
Cuando su esposa le recuerda cuánto dejan de ganar, solo responde:
—Ya, mujer. ¿Quiénes somos nosotros para interponernos en la obra divina?
Y todo porque todos cometemos errores… y debemos hacer las cosas como Dios manda...