Narrativa Autobiográfica
El día de la Enfermedad
un día cualquiera, cuando llega un malestar
Dicen que durante el parto, el dolor es tan fuerte que una mujer puede llegar a saber lo que siente un hombre cuando tiene gripe.
Parece chiste, pero es anécdota…
En días pasados, el hombre que se auto nombraba estoico y lleno de fe vio como su esposa enfermaba.
Un miércoles por la tarde empezó a sentirse mal. El jueves no quiso desayunar y se quedó recostada en la recámara.
Ahí se encendió una tenue luz amarilla: ella no era de acostarse.
No quiso comer.
Fue a comprar un rico caldo de res y preparó una limonada, pero tampoco se le antojaron.
Constantemente iba a verla y si estaba despierta, le preguntaba cómo seguía e insistía en que comiera algo.
Poco a poco insistencia se volvió más intensa.
El deseaba quería que recuperara fuerzas y terminó presionando para que probara alimento.
Finalmente comió un poco, solo para vomitar minutos después.
Y ahí empezó su lucha interna donde confrontó sus creencias y una parte de su pelea fue contra Dios.
Ellos tienen más de 40 años de matrimonio y siempre, cuando su esposa se enferma así, busca proveerle de todo lo necesario para su recuperación: va por un médico, por medicamentos, acerca el nebulizador o el aparato que requiera, pone el clima a una temperatura agradable y cuida que Candy ( su Schnauzer) no la moleste.
Y ora mucho, a su estilo, como estoico sabe que no debe perder la compostura y hace una especie de «llamada telefónica a Dios».
Le pide por su salud y, sobre todo, que dé sabiduría para hacer lo correcto para ayudarla.
Pero verla sin mejorar, a pesar de sus esfuerzos, lo llena de angustia.
Cuando esa angustia lo rebasa, no siempre mide el tono de su voz.
La desesperación se le sale y termina dando más miedo que paz.
Y grita , pero no le grita a ella. No está enojado con su esposa.
Grita a la impotencia. Grita a su desesperación. Grita… a su miedo.
Se enoja con ese demonio propio,con sus sombras, con todo lo que se le mueve por dentro cuando ve sufrir a la mujer que ama y no sabe qué más hacer.
Y entonces, cegado por la desesperación de va contra Dios.
El sentía que Dios le fallaba.
Le reclamó y le gritó:
—¡Ya sana a mi esposa! ¿Quieres enfermar a alguien? ¡Enférmame a mí! ¡Ponte contra un hombre!
A la mañana siguiente, su esposa ya no tenía temperatura.
Tenía otro semblante y un poco más de ánimo.
Y, conforme avanzó el día, el empezó a enfermarse.
Diarrea, vómito, dolor de cuerpo, de huesos, temperatura y malestar general.
Se sentía fatal.
Su esposa desplegó toda su artillería médica para cuidarlo, pero sentía que no mejoraba.
Ella, contrario a su proceder, conservó la calma.
Cronómetro en mano, le daba los medicamentos a sus horas.
Subía a verlo y ponía un trapito húmedo en la cabeza, que sentía a punto de explotar.
Entonces, entre el malestar y la fiebre, recordó la bravuconada:
«¡Enférmame a mí!».
Y volvío a hacer esa llamada telefónica al cielo:
—¡Señor, sí te lo pedí, pero poquita enfermedad! ¡Era una expresión, no una solicitud formal!
-Porque mi esposa es muy tolerante al dolor. Ella sí es chingona.
—¡A ella la hiciste femenino… y yo, tu hijo, salí más culino!
Después, ya sin tanta valentía, habló con su esposa y le pidió perdón por su desesperación.
Le dijo:
—Tú sabes que yo no sé ni cortarme bien las uñas; siempre me lastimo… Sin ti, yo estaría MUY mal.
- Pero , por favor, no me malinterpretes: podría aprender a cortármelas o ir con alguien que se dedique a eso.
Cuando te digo que sin ti estaría muy mal, hablo de mucho más que de tus cuidados.
Porque yo no te amo porque te necesite…
Te necesito porque te amo.