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Narrativa Autobiográfica

El día de la Enfermedad

un día cualquiera, cuando llega un malestar

Por Ernesto Manuel Bustos Padilla

Dicen que durante el parto, el dolor es tan fuerte que una mujer puede llegar a saber lo que siente un hombre cuando tiene gripe.


Parece chiste, pero es anécdota…


En días pasados, el hombre que se auto nombraba estoico y lleno de fe vio como su esposa enfermaba.


Un miércoles por la tarde empezó a sentirse mal. El jueves no quiso desayunar y se quedó recostada en la recámara.


Ahí se encendió una tenue luz amarilla: ella no era de acostarse.


No quiso comer.


Fue a comprar un rico caldo de res y preparó una limonada, pero tampoco se le antojaron.


Constantemente iba a verla y si estaba despierta, le preguntaba cómo seguía e insistía en que comiera algo.


Poco a poco insistencia se volvió más intensa. 


El deseaba quería que recuperara fuerzas y terminó presionando para que probara alimento. 


Finalmente comió un poco, solo para vomitar minutos después.


Y ahí empezó su lucha interna donde confrontó sus creencias y una parte de su pelea fue contra Dios.


Ellos tienen más de 40 años de matrimonio y siempre, cuando su esposa se enferma así, busca proveerle de todo lo necesario para su recuperación: va por un médico, por medicamentos, acerca el nebulizador o el aparato que requiera, pone el clima a una temperatura agradable y cuida que Candy ( su Schnauzer) no la moleste.


Y ora mucho, a su estilo, como estoico sabe que no debe perder la compostura y hace una especie de «llamada telefónica a Dios».


Le pide por su salud y, sobre todo, que dé sabiduría para hacer lo correcto para ayudarla.


Pero verla sin mejorar, a pesar de sus esfuerzos, lo llena de angustia.


Cuando esa angustia lo rebasa, no siempre mide el tono de su voz. 


La desesperación se le sale y termina dando más miedo que paz.


Y grita , pero no le grita a ella. No está enojado con su esposa.


Grita a la impotencia. Grita a su desesperación. Grita… a su miedo.


Se enoja con ese demonio propio,con sus sombras, con todo lo que se le mueve por dentro cuando ve sufrir a la mujer que ama y no sabe qué más hacer.


Y entonces, cegado por la desesperación de va contra Dios.


El sentía que Dios le fallaba.


Le reclamó y le gritó:


—¡Ya sana a mi esposa! ¿Quieres enfermar a alguien? ¡Enférmame a mí! ¡Ponte contra un hombre!


A la mañana siguiente, su esposa ya no tenía temperatura.


Tenía otro semblante y un poco más de ánimo.


Y, conforme avanzó el día, el empezó a enfermarse.


Diarrea, vómito, dolor de cuerpo, de huesos, temperatura y malestar general.


Se sentía fatal.


Su esposa desplegó toda su artillería médica para cuidarlo, pero sentía que no mejoraba.


Ella, contrario a su proceder, conservó la calma.


Cronómetro en mano, le daba los medicamentos a sus horas. 


Subía a verlo y ponía un trapito húmedo en la cabeza, que sentía a punto de explotar.


Entonces, entre el malestar y la fiebre, recordó la bravuconada:


«¡Enférmame a mí!».


Y volvío a hacer esa llamada telefónica al cielo:


—¡Señor, sí te lo pedí, pero poquita enfermedad! ¡Era una expresión, no una solicitud formal!


-Porque mi esposa es muy tolerante al dolor. Ella sí es chingona.


—¡A ella la hiciste femenino… y yo, tu hijo, salí más culino!


Después, ya sin tanta valentía, habló con su esposa y le pidió perdón por su desesperación.


Le dijo:


—Tú sabes que yo no sé ni cortarme bien las uñas; siempre me lastimo… Sin ti, yo estaría MUY mal.


- Pero , por favor, no me malinterpretes: podría aprender a cortármelas o ir con alguien que se dedique a eso.


Cuando te digo que sin ti estaría muy mal, hablo de mucho más que de tus cuidados.


Porque yo no te amo porque te necesite…


Te necesito porque te amo.

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