Narrativa Autobiográfica
Miedo a la oscuridad
Un pasillo, una puerta cerrada, una casa sin luz. Hay miedos que se quedan con nosotros más tiempo del que quisiéramos.
Por Ellen Galvez
A los cinco años
Es de noche. Me quedo mirando el pasillo de mi casa, que arranca en la puerta de la cocina y termina en la puerta de la última habitación. A la izquierda está la puerta del baño. Siento cómo la vejiga me va a explotar. Estoy tratando de que mi cabeza deje de pensar en la bruja que vive en la mata de coco del patio, que olvide la escena de la Mujer de Judas, donde se está preparando para atacar. Que no piense que mis muñecas cobrarán vida como Chucky y aparecerán en el camino para asustarme.
Esto no ayuda en nada.
Siento cómo corren las lágrimas por mis mejillas mientras mi orina recorre mis piernas. No pude, no aguanté. Otra vez el miedo le ganó a la vergüenza.
A los siete años
¡No!
Abran la puerta, por favor.
Escucho sus risas del otro lado. A mí no me parece gracioso. Todo está oscuro y no puedo ver nada. El miedo me arropa de pies a cabeza. No sé quién pueda estar acechándome en esta oscuridad y esperando el momento perfecto para atraparme.
Abran la puerta. Por favor.
A los diez años
Se fue la luz y estoy sola en casa. Está anocheciendo. Solo puedo apretar los ojos lo más fuerte posible y rogar para poder quedarme dormida hasta que llegue la luz o mi madre. Por favor, que me duerma ya. Si me duermo, no pasará nada, o por lo menos no estaré consciente para sentirlo.
A los quince años
Miro para todos lados. Al parecer, nadie se está dando cuenta. Siento una enorme presión en el pecho; el corazón está por atravesarlo. Intento mover las piernas; creo que sí está funcionando. Estoy caminando, pero todo me da vueltas. Tengo que llegar al baño. Aguanta, aguanta un poco hasta llegar. Allí sí te puedes derrumbar.
A los dieciocho años
Me quedo mirando el techo, escuchando «Warrior» de Demi Lovato de fondo. No logro dormirme; no puedo dormirme. Tengo miedo de hacerlo, de enfrentar los demonios que me esperan al otro lado y no poder vencerlos. Me quedaré despierta lo más que pueda. No les daré el gusto de vencerme tan fácilmente.
A los veintitrés años
Miro el reloj despertador. Son las tres de la madrugada. Me siento tan agotada. Ya no sé si el sueño huye de mí o soy yo la que huye de él. Es irónico cómo durante mucho tiempo dormir fue mi refugio y cómo otros tantos años después fue mi peor enemigo.
Discúlpame, pero he estado tan asustada de confrontar mis miedos que te he usado a ti de escudo cuando no tienes nada que ver.
A los veintiocho años
Miedo. ¿Cuándo será que llegará el día en el que salgas de mi mente? ¿Cuándo será que vendrá el momento en el que dejes de controlar mi cuerpo? Dejé de ser la niña que le temía a lo que pudiera haber en la oscuridad. Sin embargo, me convertí en la oscuridad misma. Donde de mis miedos brotan las sombras. Esta es la última copa de vino; en la botella ya no queda ni una gota.
Miedo. Se está acabando el tiempo de negociar. Terminemos con esto, por favor. Ya no aguanto más.