Misterio y Terror
El vampiro del Centro Histórico
¿Has oído hablar del vampiro del Centro Histórico? Se dice que a menudo se le puede observar deambulando por las calles de esta zona...
¿Has oído hablar del vampiro del Centro Histórico?
Se dice que a menudo se le puede observar deambulando por las calles de esta zona, en especial por la Colonia Centro, que es donde se cree que reside desde hace años. Se le ha visto, especialmente por las noches, caminando por la avenida Isabel la Católica, de Fray Servando hasta la altura de 16 de Septiembre. También se le ha llegado a encontrar paseando por las tardes sin que la luz del sol parezca afectarle, al menos no más que a los humanos. Estas caminatas no son un simple capricho bohemio; le sirven para examinar su entorno en busca de su siguiente víctima. Algunas caen rendidas ante su seguridad, encanto y su actitud misteriosa y seductora. Otros tantos, al percatarse de sus inusuales colmillos, intentan huir, pero para entonces ya es demasiado tarde, pues solo se alimenta en la intimidad de su departamento.
Si conoces la zona, seguramente has pasado por el lugar donde se cree que reside, pues el edificio no pasa desapercibido para quien camina observando con detenimiento su alrededor; fácilmente podrá notar su imponente aspecto, que a menudo puede causar curiosidad o incertidumbre. Se encuentra en el Callejón Netzahualcóyotl, en medio de la cuchilla que colinda con Izazaga, y a solo unos pasos de la estación de metro Isabel la Católica. Es un inmueble angosto, con ocho pisos de altura, de fachada de color crema y bordes de un rojo quemado, con ventanales largos de borde negro, de forma rectangular, que se repiten como una cuadrícula infinita. De frente, puede recordar a la proa de un barco de concreto varado a mitad del tráfico del centro. Está rodeado por un estacionamiento a su lado, cuenta con comercios en la planta baja y una lona roja con un místico hexagrama colgando de su estructura, anunciando clases de esoterismo. Yo lo había visto; sin embargo, nunca le presté tanta atención hasta que mi amigo Marco me contó de su encuentro con el vampiro antes de su partida. Ahora, cada vez que paso por aquí, siento un escalofrío por todo el cuerpo.
Mi amigo y yo nos conocimos en la UACM, en el plantel Centro Histórico, donde ambos cursábamos la licenciatura en Comunicación y Cultura, para cuando ocurrió el primer contacto entre ellos, él cursaba el último semestre de la carrera; para entonces, yo ya casi no iba a la universidad, pues me dedicaba a la tesis y al servicio; en cambio, él aún pasaba mucho tiempo por la zona.
Al ser un cinéfilo apasionado, al menos un día a la semana iba a La Casa del Cine a disfrutar de una buena película, sin saber que prácticamente se encontraba en la ruta y zona predilecta del vampiro. En esa ocasión, al salir de la última función, se lo encontró frente a frente en las escaleras de camino a la salida. Se saludaron y comenzaron a platicar de la cinta; mi amigo se dirigía al metro, pero la charla era tan amena que decidieron continuarla en el mítico y ahora extinto bar “El Mexicano”. Allí ambos ordenaron un buen mezcal y un par de cervezas artesanales, que eran del gusto de los dos. Entre trago y trago, pasaron un par de horas y la química y la complicidad crecieron, al grado de confesarle su verdadera naturaleza: le aseguró que tenía aproximadamente cien años de vida vampírica, que la luz del sol ya no le afectaba -al menos no más que a los humanos- debido a su avanzada edad, pues para los de su especie, a mayor edad, mayor es la fortaleza que adquieren. Marco pensó que todo era parte de su personalidad bohemia, una excentricidad propia de algunos artistas de método o de alguien que ha construido un personaje hasta el punto de creérselo por completo, así que optó por seguirle el juego, preguntándole más acerca de su mitología.
Le contó que requieren de sangre humana para sobrevivir, pero también pueden disfrutar de cualquier líquido comestible; se pueden reflejar en los espejos, proyectan sombra y no están helados como los muertos: simplemente tienen una temperatura ligeramente por debajo de la media de los seres vivos. Pasan las noches despiertos y duermen en cuanto amanece, aunque él solo requería hacerlo durante un par de horas, pues ya no necesitaba más. Marco accedió a seguir la velada en su departamento, donde continuaron bebiendo y hablando de cine hasta el amanecer; sin embargo, al despertar, mi amigo sintió una debilidad profunda, pero lo atribuyó al exceso de alcohol y a la desvelada. En su cuello, un par de ligeras marcas pasaron desapercibidas como un recuerdo fortuito de la noche.
No fue hasta mediados del 2020, en medio de la pandemia que tomó al mundo por sorpresa, que todo cobró sentido. Marco enfermó gravemente de los pulmones. Con los hospitales colapsados y la vida escapándosele con cada respiración, recibió la visita de aquel extraño, quien le ofreció la única salvación posible: completar la transformación para concederle la eternidad y así librarlo de la muerte. Poco después de su funeral, recibí un inquietante mensaje de texto de mi difunto amigo, en el que me revelaba lo ocurrido y terminaba con la frase: «Ya no podremos vernos; mi vida es completamente otra, pero cada vez que pases por ese edificio, que sepas que ahí estoy».