Narrativa y ficción
Capitulo 1 La cosecha
Es cuatro de julio. Día de la cosecha. En el distrito 4, no quedan profesionales.
Por Bibi BRZ
El agua salpica mi cara. Apesta a pescado. Cae en mis manos, y el olor y la mugre se pierden en las calles del Distrito 4. Me limpio rápido el cuerpo. Espero que nadie me vea desnuda detrás de la fábrica de enlatados.
En unas horas comienza la cosecha. Como cada cuatro de julio. Los tributos profesionales de este año apenas alcanzan los diez años de edad. Hay una especie de pánico, ¿sabes? No estamos listos para mandar a nadie. Desde hace unos años no gana nadie del distrito; ya todos los profesionales de más edad se sacrificaron.
Se oyen rumores de que va a ser legal y van a sacar a los tributos de esos huevos enormes llenos de papeles. Eso hace que me tiemblen las manos al ponerme el vestido de color morado horrendo que acabo de robar de un almacén.
Me pongo los zapatos que me aprietan y me levanto el cabello en un chongo alto. Unos rizos me caen en la cara. Los acomodo metiéndolos con los dedos entre los mechones. Aliso el vestido con las manos. Está arrugado y manchado.
El himno comienza a sonar. Los pequeños están formándose, del más chico al más grande. Sus padres los calman desde lejos. Los agentes de la paz forman una valla humana.
Esta vez, mi nombre aparece más de cien veces. He pedido tantas teselas que olvidé la cuenta. Los agentes de la paz me dijeron que, como compensación, aunque tuviera más de dieciocho años, mi nombre seguiría apareciendo el doble. «Recuerda que es un regalo del Capitolio».
Me quedo un rato más detrás de la fábrica. Saco un cigarro y lo prendo. Las primeras caladas me calman un poco el hambre. No puedo pasar a comer a la viga. Es el mercado negro, donde cambio los ostiones que pesco en el mar. Pero no en la costa principal.
Me paso la valla que casi siempre está electrificada. Así que llegué a un acuerdo con un agente de la paz para que me deje pasar de vez en cuando, a cambio de pescar uno que otro salmón. Ese que dan muy caro hasta en el mercado negro.
Fuimos buenos socios y eso porque hace meses lo trasladaron al Capitolio. Nunca le vi la cara. Hablamos un par de veces, pero hasta ahí.
Se oyen los pasos en marcha. Apago rápido el cigarro y me arrincono al lado de unos botes de basura. Ellos pasan en fila. Tienes que agachar la cabeza, no los mires, te delatas, sabes.
A uno se le cae un papelito. Espero que se alejen más. Lo recojo y veo que es de Adrik. El reemplazo del primer agente de la paz.
Te espero después de la cosecha.
Leo en el papel. Lo guardo para más adelante hacer más cigarros.
Camino a la plaza principal. Las pantallas a los lados muestran el símbolo del Capitolio. Niños de un lado y niñas del otro. Me coloco hasta atrás. Por tener veinte años soy de las últimas.
Un niño de la primera hilera cae al suelo. Me pongo de puntas y veo que su pantalón está mojado. El himno de Panem comienza a sonar.
Sale una mujer. Es diferente a la de años pasados. El alcalde dice su discurso. Sus ojos bailan de un lado a otro. Todos buscamos al niño. Dos agentes de la paz se lo han llevado.
Los tributos profesionales están del otro lado del podio. La mujer es alta y rubia, con un vestido de lentejuelas de color rojo. Lanza sus chispas por el reflejo del sol sobre ella. Cuando el alcalde termina, la mujer le arrebata el micrófono y se dirige a los profesionales.
—Es un honor servir a su distrito, por eso pregunto quién será voluntario…
El golpe de las olas del mar sobre las piedras es lo único que alcanzo a escuchar. El himno de Panem suena bajo. Las pantallas muestran las imágenes de la guerra y la rebelión, las historias de los primeros Juegos y un pequeño resumen de los antiguos ganadores.
Del otro lado del podio, cubriéndose del sol, están los tres vencedores del Distrito 4: la viejita Mags, la loquita de Annie, esa chica que grita cuando en la viga se le corta la cabeza a un pescado, y Finnick Odair.
Al mencionar su nombre, por la mujer chispa los gritos y aplausos se oyen. Él lanza un par de sonrisas, que son apagadas casi al instante. Solo del lado de los estirados, se oyen vítores ¿sabes? Esos a los que les va mejor aquí en el distrito. Esos que pueden pagar las academias de entrenamiento para sus gordos hijos. Aquellas caras que, aunque aplauden, se palidecen conforme avanza la cosecha.
—¿No hay entonces voluntarios?
El silencio es interrumpido por un disparo. Una parvada de gaviotas sale volando de entre la costa. Graznan, seguidas de los gritos de una mujer que se avienta sobre el cuerpo del niño meón.
El agente de la paz guarda su arma.
—Es Adrik —pienso.
Reconozco la manera en que se coloca, con las piernas abiertas y agarrando el arma con ambas manos. Después se pasa una mano sobre la frente, como para secarse el sudor que, por el casco, le ha caído en los ojos. Le apunta a la mujer.
Así como me apuntó el día que lo conocí.