Narrativa y ficción
La luz que no se apaga: sororidad y resistencia en La noche que apagaron la luz
Una columna de Colectivo Mar y Cueca sobre La noche que apagaron la luz. Colectiva Arpía.
En La noche que apagaron la luz, no es solo la fábrica la que se apaga. Se apagan los ecos de máquinas que marcaron jornadas enteras, el frío que calaba en los talleres, las miradas y las manos de tantas mujeres que sostuvieron con su fuerza el pulso de Chile. Esa oscuridad, lejos de ser derrota, abre un espacio para que la resistencia se despliegue.
La obra nos sitúa en el cierre de la histórica fábrica Bellavista Oveja Tomé, en 2007, cuando un grupo de trabajadoras organiza una toma como respuesta directa a los abusos sociopolíticos ejercidos desde quienes detentan el poder. No están atrapadas: están para decir basta, visibilizar años de injusticia y abandono, y construir juntas una respuesta colectiva.
En ese mundo marcado por la precariedad y el dolor, llega una periodista encubierta, un cuerpo ajeno que se infiltra en un espacio extraño. Pero la sororidad derriba barreras: la recibe y la hace parte. Así, la historia se enriquece con una mirada externa que cuestiona la forma en que los medios suelen posicionar relatos convenientes y rentables.
Cinco mujeres —diversas en edad, identidades, historias y roles— se organizan, se cuidan, discuten, ríen y enfrentan la adversidad hombro a hombro. Entre paredes húmedas y ecos industriales, transforman el espacio ocupado en un tejido vivo de apoyo mutuo y lucha compartida.
Antonia McCarthy, dramaturga y actriz, da cuerpo a estas voces reales que laten detrás de la historia. Su dramaturgia surge del encuentro entre memoria y creación, una manera de mantener vivas las historias que el silencio y la invisibilización intentaron sepultar.
Aquí, la sororidad no es palabra vacía, sino abrazo, escucha y fuerza compartida. Mujeres madres, adolescentes sosteniendo hogares, lesbianas, trabajadoras mayores que no se rinden. Mujeres que han sobrevivido violencias físicas, psicológicas, laborales y de género. Mujeres que, desde sus diferencias, se empoderan y desafían un sistema que las quiso calladas.
La obra desnuda las relaciones de poder y confronta el patriarcado desde la experiencia encarnada. Los hombres, en su rol de portadores de un orden opresor, se vuelven contrapunto de unas voces femeninas que no solo resisten, sino que crean comunidad, memoria y políticas de cuidado.
La noche que apagaron la luz no solo habla de un pasado clausurado, sino que ilumina las formas en que la resistencia se construye día a día. La obra nos invita a sostener juntas la memoria viva de quienes se atreven a nombrar sus heridas y a transformar el dolor en acción colectiva. Aquí, la luz no se apaga: se expande, se multiplica y camina entre cada una de sus biografías.