Perspectiva de género y diversidad
Manifiesto Monstruo: El vampiro no pide permiso
Sobre Silencio. La serie dirigida por Eduardo Casanova. Por Colectivo Mar y Cueca.
No es el virus el monstruo.
Nunca lo fue.
El monstruo siempre ha sido el modo en que la sociedad necesita nombrar, aislar y domesticar aquello que no puede —o no quiere— comprender.

Silencio, la serie dirigida por Eduardo Casanova, no entra al campo cómodo del discurso higiénico sobre el VIH. No busca tranquilizar, no educa desde la pulcritud, no promete normalidad. Y ahí está su gesto político más radical: rehúsa ser correcta.
En tiempos donde el VIH es narrado desde la eficacia biomédica, desde la cifra, desde la carga viral indetectable como salvación simbólica, la serie incomoda porque se niega a reducir el virus a un dato clínico. No lo vuelve resfrío. No lo vuelve anécdota. No lo limpia.
Porque sí: hay tratamientos.
Sí: hay vida larga.
Pero también hay control.
También hay vigilancia.
También hay cuerpos que deben cumplir para ser aceptables.
Las pastillas no ordenan la vida: someten la rutina.
El tiempo se mide en tomas, en horarios, en adherencia, en disciplina.
No es castigo, pero tampoco es neutral.
Y decirlo no es negar el avance médico: es politizarlo.
El vampiro aparece entonces no como metáfora estética gratuita, sino como figura política. El vampiro es el cuerpo que vive con lo que otros temen. El cuerpo que no muere cuando debería. El cuerpo que sobrevive fuera de la norma. El cuerpo que necesita ocultarse, maquillarse, volverse noche para no ser exterminado a plena luz.

El vampiro es acusado de transmitir su ponzoña.
Como las personas seropositivas.
Como las disidencias sexuales.
Como los cuerpos pobres, migrantes, racializados, trans, enfermos, viejos.
Aquí el maquillaje no embellece: exagera.
La fotografía no suaviza: hiere.
La estética no higieniza: ensucia el encuadre.
Y eso ha sido profundamente criticado.
Se le acusa de morbosa.
De excesiva.
De irresponsable.
De reforzar estigmas.
Pero ¿qué estigma se refuerza cuando lo que se muestra es el miedo social y no el virus?
¿Quién se incomoda más: la persona seropositiva o el espectador que necesita pensar el VIH como algo ya resuelto?
Las ONG's y activistas que participaron o respaldaron el proyecto han sido claras: Silencio no es una serie pedagógica. No busca ser campaña. No representa a “todas” las personas con VIH. Y no tiene por qué hacerlo. Su lugar es otro: el del arte que desarma el consenso.
A diferencia de otras producciones actuales que apuestan por la normalización absoluta —cuerpos felices, sexualidades seguras, futuros sin conflicto—, esta serie se planta en el terreno incómodo de la herida que no cierra del todo. No niega el presente, pero tampoco lo celebra sin preguntas.
Porque el problema no es el virus.
El problema es el monstruo social que sigue necesitando culpables.
La homofobia.
El estigma.
La moral sanitaria.
La fantasía de pureza.
Este es nuestro manifiesto monstruo:
No queremos ser ejemplares.
No queremos ser pulcros.
No queremos ser indetectables para el ojo social.
Queremos existir con nuestras sombras, con nuestros colmillos, con nuestra memoria política intacta.
El vampiro no pide permiso.
El cuerpo disidente tampoco.
Diego Arriagada Mena. Colectivo Mar y Cueca.