Narrativa y ficción
El VIH no es la etiqueta: es la tinta con la que escribo mi biografía
Una columna de Colectivo Mar y Cueca sobre «Cuando mis cenizas regresen al mar volveré a ser sirena». Un libro de Gerundio.
“Escribir este libro fue emanciparme de los fantasmas que me enseñaron a callar". Gerundio lo dice, pero en sus palabras también caben quienes viven y acompañan al virus desde otros cuerpos y afectos. Porque el VIH nunca fue solo un dato clínico: se transformó en territorio político, en marca social, en un idioma que trastoca la manera en que nos vinculamos.
Lo seropositivo no se encierra en un laboratorio ni en una cifra estadística. Se vive en la sobremesa interrumpida por silencios, en la promesa de futuro que se arruga con preguntas incómodas, en el deseo vigilado por la moral. Se vive también en la piel del entorno: amistades, amores y familias que cargan con la mirada lastimera y con esa pregunta venenosa —“¿y no te da miedo?”—, como si el amor, un abrazo o un beso fueran actos de riesgo y no de humanidad.
El virus expone un juicio colectivo que desborda al individuo y desnuda al Estado. Las esterilizaciones forzadas a mujeres seropositivas, las salas de espera separadas, los despidos encubiertos, la educación sexual integral postergada, los recortes en prevención archivados como si fueran papeles sin vida. La historia oficial construyó una versión aséptica donde la dignidad nunca fue un derecho, sino una concesión. Esa deuda política, cultural y social todavía nos atraviesa.
Gerundio escribe desde ese lugar: sobrino, vecino, artista, amigo. No como una víctima, sino como quien revela que el virus interpela a toda la comunidad. Sus páginas insisten en que un cuerpo seropositivo no es ruina, sino memoria viva; no es carga, sino cartografía de luchas compartidas. Ahí, la escritura no se ofrece como refugio solitario, sino como trazo colectivo que denuncia y abraza a la vez.
Cuando mis cenizas regresen al mar volveré a ser sirena es más que un libro: es un gesto de visibilidad y justicia. Una voz que quiebra silencios heredados para recordarnos que el VIH no es la etiqueta, sino la tinta con la que se escribe una biografía. Y que esa tinta —hecha de memoria, rabia y afecto— sigue reclamando comunidad, derechos y dignidad para todas las vidas que intentaron reducir a un diagnóstico.