Narrativa y ficción
Mi VIRUS es POLÍTICO
«Cuando mis cenizas regresen al mar volveré a ser sirena» Un libro de Gerundio
Gerundio lo escribe, pero no es solo de él: es de todas, todos y todes quienes habitamos el virus en nuestras biografías, en las ausencias, en las cicatrices que cargamos como una segunda piel. Ser seropositivo no es únicamente un dato médico: es cargar con la memoria de quienes murieron en silencio, es enfrentar el juicio social, es sostenerse en comunidades que inventaron nuevas formas de amar y cuidarse porque el Estado y las instituciones decidieron dejarnos morir.
La memoria nos lleva a Edmundo Rodríguez, el primer diagnóstico de VIH en Chile, narrado por la prensa en plena dictadura con un tono de alarma y estigma. No fue solo un diagnóstico: fue un castigo social y político. Esa historia abrió la puerta a un repertorio de violencias que siguen resonando: las esterilizaciones forzadas a mujeres seropositivas, la exclusión laboral, los hospitales donde se atiende “al paciente con VIH” como si fuera una amenaza, no una persona. En 2024, ONUSIDA reportó 1,3 millones de nuevos diagnósticos en el mundo, y apenas un 76% de las personas que viven con VIH tiene acceso a tratamiento. En Chile, solo 7 de cada 10 personas diagnosticadas reciben terapia. ¿Qué significa eso? Que más allá del discurso del “Chile moderno e inclusivo”, seguimos precarizando vidas con cifras que no alcanzan para sostener la dignidad.
Decimos que el virus es político porque en él se juegan derechos negados: el acceso universal a la salud, la educación sexual integral que sigue ausente de las aulas, la justicia para las mujeres sometidas a violencia ginecológica, la seguridad laboral de quienes son despedidos apenas se filtra su diagnóstico. Es político porque el virus atraviesa las decisiones presupuestarias: cada recorte en prevención, cada campaña de comunicación que nunca se emite, cada silencio institucional, es un acto político que mata.
Pero ser seropositivo también se cruza con lo territorial. No es lo mismo vivir con VIH en Santiago que en Talagante, en Arica, en Chiloé o en una población de cualquier periferia. Ahí el estigma es doble: porque el diagnóstico circula como rumor en comunidades pequeñas, porque los tratamientos no llegan con la misma rapidez, porque no existen centros especializados ni acompañamiento psicosocial. El virus revela las fracturas de un país centralista, clasista y profundamente desigual.
Ser maricón y ser seropositivo en estos territorios es habitar la intemperie: donde la Iglesia sigue dictando moral, donde las familias callan por vergüenza, donde el dedo inquisidor no solo señala, sino que aísla. Es ahí donde el virus se vuelve también agite colectivo, donde lo político no es solo el parlamento o las elecciones, sino la sobrevivencia cotidiana, la red tejida entre vecinas, la marcha, el cuerpo en la calle, el arte como refugio y como arma.
Por eso insistimos en que el virus es político: porque habla de cómo se administra el deseo y el placer, cómo se legisla la memoria y la educación, cómo se decide qué vidas son dignas de duelo y cuáles se archivan en el silencio. Hablar de VIH es hablar de mujeres, migrantes, poblaciones, pueblos indígenas, disidencias sexuales y de género. Es hablar de infancias precarizadas, de personas adultas mayores invisibles, de juventudes que siguen cargando el estigma de un virus que no eligieron.
Los medios han sido cómplices. En los ochenta y noventa hablaron del “cáncer rosa” y del “mal de los homosexuales”. Hoy, en 2025, apenas si abren espacio para informar de un aumento del 7% en los casos en Chile en 2022, sin contexto, sin educación, sin memoria. El virus no aparece como problema político, sino como nota roja, como dato de salud, como fetiche cobarde. Y, sin embargo, desde el arte, la literatura y las memorias, hemos insistido en devolverle su lugar político. Reinaldo Arenas lo gritó hasta el último de sus días, Hervé Guibert lo escribió con crudeza poética, Pedro Lemebel lo convirtió en crónica para la ciudad herida. Hoy Gerundio lo escribe desde Santiago. Ciudad Capital. Notificado en Talagante. Casi 20 años atrás. Con un libro que es también bordado, danza, performance, memoria. Un arte que disiente. Que cuestiona las formas hegemónicas de orden y el “sentido común”. Una cartografía donde el virus y su protagonista se conjugan siempre en presente. Haciendo visible lo invisible. Oponiéndose al discurso oficial y a la definición institucional de “Sociedad”.
Decir que el virus es político es denunciar el avance del fascismo en América Latina, que criminaliza mujeres y disidencias, que recorta políticas de salud y educación, que convierte nuestros cuerpos en campo de batalla moral. Pero también es afirmar que el virus es rabia convertida en justicia, memoria convertida en palabra, dignidad convertida en escritura.
Cuando mis cenizas regresen al mar volveré a ser sirena es un libro que no busca encajar. Es un libro que se expande en objetos, que se derrama en intervenciones, que hace de la autoficción un grito colectivo. No es un texto solitario: es una jauría. Y en esa jauría nos encontramos todas y todos los que sabemos que el virus, como la memoria, siempre ha sido político.