Narrativa y ficción
El emblema que excluye no es símbolo, es frontera
Una columna de Mar y Cueca
El domingo, en plena grabación en el Parque Forestal, un hombre nos interrumpió. Nos dijo que quería mostrarnos “una ofensa a la patria”: la obra de Janet Toro en el Museo de Bellas Artes, donde dos banderas chilenas aparecen intervenidas —una con la estrella cortada, otra rayada—. Su indignación se dirigía al símbolo, no a lo que ese gesto podía significar.
Nos preguntamos: ¿qué es realmente una ofensa a la patria? ¿Intervenir una bandera en un museo o vivir en un país que margina, precariza y expulsa a quienes no encajamos en la norma?
La patria que nos imponen no siempre nos nombra. La bandera no flamea igual para quienes crecimos desde los bordes, las disidencias, los cuerpos que no encajan en la versión oficial de ciudadanía. Y sin embargo, se nos exige respetar un símbolo que muchas veces ha servido más para el control y el disciplinamiento que para la libertad.
El arte, como el de Toro, abre una fisura: tensiona lo incuestionable, incomoda lo sagrado, devuelve la bandera al terreno de lo humano y lo político. No es un gesto vacío. Sus banderas, creadas en el contexto del 2019, dialogan con esa rabia social, con ese cansancio colectivo frente a la desigualdad. Y en lugar de ser leídas desde su trayectoria, desde la curatoría, desde la historia de artistas que antes también usaron los emblemas nacionales como soporte crítico, se reduce su gesto a “inmoralidad”.
Esa mirada no es ingenua. Es parte del mismo orden que busca que las mujeres, las disidencias, las comunidades marginadas, consumamos siempre un arte dócil, hegemónico, domesticado. Que seamos espectadoras y nunca protagonistas en la discusión de qué es lo nacional, qué es la memoria, qué es la justicia.
Por eso la pregunta no es si Toro rompió una bandera. La pregunta es por qué incomoda tanto ver un símbolo nacional intervenido por una artista, una mujer, por una creadora que se atreve a confrontar los mitos fundantes de este país.
La verdadera ofensa no es cortar una estrella en una tela. La ofensa es sostener una patria que expulsa, calla y castiga a quienes habitamos los márgenes.
La patria no se honra con símbolos intocables, sino con dignidad, con memoria viva y con justicia social.