Reflexiones personales
Supermercado
Un sueño hecho realidad
Por Arroz
Estoy completamente enamorada de un sueño, un sueño que tiene que quedarse como sueño porque en la realidad es una pesadilla…
Sueño con un supermercado y su mano agarrando la mía. Todo es tan natural: la escarcha de los productos congelados los hace brillar, hay una ligera capa de polvo sobre esas latas que nadie parece querer y no me importa el motivo, hay azulejos húmedos por donde pasó el trapeador, todo está organizado, perfectamente organizado.
Recorremos los pasillos entre risas y todo se siente bien durante un instante.
Nos asomamos al pasillo de artículos para bebés y me pregunta si quiero tener un hijo… Traer al mundo a un ser humano hecho de mí y de él, una persona completa, creada y nacida de mis propias entrañas… ¿Podré soportar el dolor? Supongo que sí, pues biológicamente estoy hecha para cargarlo en mi vientre abultado, pero una chispa de incomodidad se enciende en mi pecho…
Respondo que pronto Dios nos lo mandará, que no nos apresuremos porque sus tiempos son perfectos… Por dentro, solo deseé que mi fe también funcionara como anticonceptivo…
Su mano seguía sobre la mía cuando empecé a sentirla pesada. No me fijé si había un anillo en alguno de mis dedos; supongo que ya no importa.
El tema de la conversación tiende a cambiar hacia un terreno manejable.
—¿Te gusta esta leche o prefieres la más barata?
Todo natural, supongo…
Seguimos avanzando. Los pasillos cada vez tienen precios más altos, aunque la escarcha es la misma, pero ya no cubre la fecha de caducidad. El polvo sobre las latas sigue siendo el mismo, pero su lista de conservadores es cada vez más larga y está escrita con una letra más pequeña. Hay azulejos que siguen húmedos, pero ahora también veo a la trabajadora que sostiene el trapeador.
¿Por qué traer un hijo a este mundo? Esta pregunta me toma por sorpresa…
A este mundo lleno de desigualdad, de injusticias, en donde su tiempo no le pertenezca, sus segundos tengan equivalencia en pesos y en donde el sufrimiento se ha normalizado…
Avanzamos por los pasillos y hay algo que me hipnotiza, pues parecen no querer terminar. Esa perfección ahora me parece calculada, pero ya estoy cansada de tanto caminar, estoy agotada de mantener mi sonrisa. Las luces se vuelven clínicas y todo empieza a abrumarme, a parecerme tan antinatural.
Suelto su mano…
Empiezo a correr con desesperación. Los malditos pasillos son más largos, la luz más fría. Todos parecen mirarme. Es raro, como si no se dieran cuenta de lo que está pasando, como si no vieran el signo de $ que tienen en la frente y no fueran conscientes de que están sentados en el anaquel, al lado de los productos.
Corro tan rápido que empiezo a hiperventilar. El oxígeno entra en mi sangre y me vuelve cada vez más consciente. Corro y corro hasta que mis pies sangran y mis rodillas duelen.
Veo la puerta de salida, aliviada… «Podré salir de aquí», pienso, hasta que él vuelve a tomar mi mano y me impide seguir corriendo. Me jala hacia esos pasillos eternos. Me resisto, pero ¿y si afuera del supermercado no hay nada?
Su mano se siente más como una condena.
Me ve directamente a los ojos y me pregunta:
—¿Quién va a pagar todo?
No supe qué responder. Me toma suavemente de la cintura y me posa sobre un anaquel, al lado de los electrodomésticos… Me da un suave beso en la frente, justo donde el signo de $ empieza a dibujarse.