Blogui

Escribe lo que
no te atreves a decir

Conectando lectores con escritores

Comparte historias, conecta emociones y encuentra personas que vibran como tú.

+{{ formatNumber(stats.bloguis) }}bloguis publicados
+{{ formatNumber(stats.lecturas) }}lecturas registradas
Comunidad activa Lectores · Escritores
"El silencio también narra."
— María, escritora en Blogui
BIENVENIDO DE VUELTA

Continúa tu historia.

Tu próximo blogui te está esperando.

o

¿No tienes cuenta? Crear cuenta

Al continuar aceptas nuestros Términos y el Aviso de Privacidad.

NUEVO EN BLOGUI

Únete a la comunidad.

Empieza a escribir lo que no te atreves a decir.

o

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión

Al continuar aceptas nuestros Términos y el Aviso de Privacidad.

INICIAR SESIÓN

Bienvenido de vuelta

Ingresa con tu correo y contraseña.

● {{errors.email}}

● {{errors.password}}

¿Olvidaste tu contraseña?

Iniciar sesión con código

o

¿No tienes cuenta? Crear cuenta

RECUPERAR CONTRASEÑA

¿Olvidaste tu contraseña?

Ingresa tu correo y te enviaremos un enlace para restablecerla.

● {{errors.email}}

o

¿Recordaste tu contraseña? Iniciar sesión

CÓDIGO DE ACCESO

Iniciar sesión con código

Te enviaremos un código por correo para acceder sin contraseña.

● {{errors.email}}

Ya tengo un código

o

¿Recuerdas tu contraseña? Iniciar sesión

VERIFICAR CÓDIGO

Ingresa tu código

Te enviamos un código de acceso a tu correo. Pégalo o escríbelo aquí.

● {{errors.email}}

● {{errors.code}}

Solicitar un nuevo código

{{ resetMode === 'asigna' ? 'ESTABLECER CONTRASEÑA' : 'RECUPERAR CONTRASEÑA' }}

Crea una nueva contraseña

{{ resetMode === 'asigna' ? 'Establece una contraseña para habilitar también el acceso manual.' : 'Ingresa tu nueva contraseña para acceder a tu cuenta.' }}

● {{errors.password}}

  • Mínimo 8 caracteres
  • Al menos 1 mayúscula
  • Al menos 1 minúscula
  • Al menos 1 número

● {{errors.confirm}}

o

¿Ya tienes cuenta? Iniciar sesión

CREAR CUENTA

Cuéntanos quién eres

Completa tus datos para crear tu cuenta.

● {{errors.nombre}}

● {{errors.usuario}}

● {{errors.email}}

Fecha de nacimiento
{{ d }}

● {{errors.fecha_nacimiento}}

● {{errors.password}}

● {{errors.password_confirm}}

● {{errors.edadCheck}}

● {{errors.terminosCheck}}

o

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión

DESCARGA LA APP

Lleva Blogui contigo a donde vayas.

Escribe, lee y conecta con tu comunidad desde el móvil.

Escanear código QR
QR para descargar Blogui
o descarga directo
Cargando...

Reflexiones personales

MOUNSTROS

Para mi, esto es el terror, por que temerle solo a espíritus, el

Por Ari


La primera vez que vi un monstruo, yo era demasiado pequeña para saber que lo era.

Recuerdo que estaba lloviendo.

La calle estaba casi vacía y el agua arrastraba pequeñas hojas hacia las alcantarillas. Yo caminaba junto a un adulto cuando escuché un gemido.


No era un ladrido.


Era algo más bajo.


Más triste.


Me detuve.


Debajo de un techo pequeño había un perro acorralado contra una pared.


Entonces escuché el golpe.


Pum.


El animal intentó levantarse.


Otro golpe.


Pum.


Y después un chillido.


Me quedé paralizada.


No entendía qué había hecho aquel animal para merecer aquello.


Miré sus ojos.


Todavía los recuerdo.


Eran enormes.


Estaban abiertos de una manera que nunca había visto antes, como si buscara en los rostros de quienes estaban alrededor una explicación.


¿Por qué?


Eso parecía preguntar.


¿Qué hice?


Yo también quería saberlo.


Quise acercarme.


Quise gritar.


Quise hacer algo.


Pero era pequeña.


Mis piernas temblaban.


Mi garganta se cerró.


Y alrededor de aquel hombre había personas que miraban.


Nadie hizo nada.


Nadie se acercó.


Nadie dijo basta.


El perro volvió a intentar esconderse.


Y yo entendí algo que aquella noche no supe explicar:


el miedo también puede tener ojos.


Desde entonces, cuando escucho un golpe seco, mi cuerpo recuerda.



Años después descubrí que los monstruos no siempre golpean animales.


Algunos golpean mujeres.


Una noche escuché gritos detrás de una pared.


Primero fueron palabras.


Después un golpe.


Después silencio.


Un silencio demasiado largo.


Y luego otro golpe.


No sé qué me asustó más: escuchar aquel sonido o imaginar lo que estaba ocurriendo al otro lado.


La encontré días después.


Tenía los ojos cansados.


Intentaba sonreír.


Me dijo que estaba bien.


Todos dicen eso.


Estoy bien.


Qué frase tan pequeña para esconder tanto dolor.


Ella amaba a aquel hombre.


O al menos había amado al hombre que creyó que era.


Él había prometido cuidarla.


Prometió protegerla.


Prometió estar con ella en los días buenos y en los malos.


Y, sin embargo, terminó siendo la persona de la que ella necesitaba protegerse.


Eso es lo que hacen los monstruos más peligrosos.


Primero consiguen que confíes en ellos.


Después convierten tu casa en una jaula.


Y finalmente consiguen que tengas miedo de pedir ayuda.


A veces pienso que los monstruos sobrenaturales tienen una ventaja sobre nosotros.


Al menos ellos no fingen.



Pero el monstruo que más miedo me da no apareció en una calle oscura.


No apareció durante una tormenta.


No salió de un cementerio.


Entró por una puerta.


Y yo era una niña.


No voy a contar lo que hizo.


Hay cosas que no necesitan ser pronunciadas para seguir doliendo.


Solo diré que después de aquel día algo murió dentro de mí.


No fue mi cuerpo.


Fue la sensación de estar a salvo.


Desde entonces aprendí que una habitación puede ser aterradora aunque tenga las luces encendidas.


Que una puerta cerrándose puede hacer que el corazón quiera escapar del pecho.


Que una mano acercándose puede convertirse en una amenaza.


Que algunas personas pueden tocarte y dejarte heridas que nadie puede ver.


Durante mucho tiempo pensé que el tiempo iba a borrar aquello.


No lo hizo.


El tiempo no borra a los monstruos.


Solo les enseña a esconderse mejor.


A veces aparecen cuando menos los espero.


En un recuerdo.


En un olor.


En una voz.


En una sombra que cruza demasiado rápido por el pasillo.


Y entonces vuelvo a ser aquella niña.


Pequeña.


Asustada.


Sin entender por qué alguien había decidido hacerme daño.

Después empecé a mirar a los niños de otra manera.


Porque existen monstruos que buscan precisamente a quienes todavía no saben defenderse.


Algunos niños crecen sabiendo que algo horrible les ocurrió.


Lo saben.


Lo sienten.


Y cargan con una repulsión que no debería pertenecerles.


Hay niños que sienten miedo cuando alguien se acerca demasiado.


Niños que dejan de querer abrazos.


Niños que se quedan callados.


Niños que miran fijamente una puerta.


Niños que aprenden demasiado pronto que existen secretos que los adultos les dicen que deben guardar.


Y hay otros...


otros son tan pequeños que ni siquiera tienen palabras para explicar lo que pasó.


No saben nombrarlo.


No saben contarlo.


Solo saben que fue horrible.


Que algo estuvo mal.


Que quieren alejarse.


Y esa es una de las cosas que más miedo me da.


Que un niño pueda sentir terror antes de conocer siquiera la palabra terror.


A veces me pregunto cuántos monstruos caminan hoy por las calles.


¿Cuántos están sentados en una mesa familiar?


¿Cuántos abrazan a sus hijos?


¿Cuántos saludan a sus vecinos?


¿Cuántos sonríen mientras alguien, en algún lugar, tiene miedo de ellos?


No tienen cuernos.


No tienen garras.


No tienen colmillos.


Tienen documentos de identidad.


Tienen fotografías familiares.


Tienen cumpleaños.


Tienen amigos.


Algunos incluso son queridos por muchas personas.


Y eso los hace todavía más aterradores.


Porque si un monstruo tuviera la cara de un monstruo, sería fácil escapar.


Pero ¿cómo huyes de alguien que parece una persona?


---


Anoche volvió a ocurrir.


Estaba acostada cuando escuché un sonido.


Un golpe.


Pum.


Abrí los ojos.


Esperé.


Nada.


Volví a escucharlo.


Pum.


Esta vez venía de afuera.


Me levanté lentamente.


El pasillo estaba oscuro.


No encendí la luz.


No sé por qué.


Quizá porque una parte de mí ya sabía que no debía hacerlo.


Caminé hasta la ventana.


Afuera no había nadie.


Solo la calle vacía.


La lluvia golpeando el techo.


Y entonces escuché un gemido.


El mismo sonido.


El mismo que había escuchado cuando era niña.


El perro.


El recuerdo.


El miedo.


Todo volvió de golpe.


Pero esta vez había algo diferente.


Escuché una voz.


Una voz humana.


Muy cerca.


—No pasa nada.


Me quedé inmóvil.


Porque conocía esas palabras.


Las había escuchado antes.


No pasa nada.


Las dicen después de golpear.


Después de lastimar.


Después de destruir.


Las dicen para que el dolor parezca pequeño.


Las dicen para que la víctima dude de sí misma.


Las dicen los monstruos.


Y entonces comprendí que no había ningún animal afuera.


No había nadie en la calle.


El sonido venía de mi memoria.


Me llevé una mano al pecho.


Mi corazón golpeaba tan fuerte que parecía querer salir.


Y fue entonces cuando escuché otra voz.


La mía.


Pero más pequeña.


Mucho más pequeña.


—¿Por qué nadie me ayudó?


Cerré los ojos.


Y por primera vez no intenté callarla.


—Porque eras pequeña —susurré.


La voz volvió a preguntar:


—¿Y por qué nadie ayudó al perro?


No tuve respuesta.


—¿Y a ella?


Silencio.


—¿Y a los otros niños?


No tuve respuesta.


Entonces comprendí cuál era el verdadero monstruo.


No era el hombre que golpeó al animal.


No era el hombre que golpeó a aquella mujer.


No era siquiera aquel que me dejó una herida invisible.


Era algo mucho más grande.


Algo que aparece cada vez que alguien ve el sufrimiento y decide mirar hacia otro lado.


Algo que crece cuando nadie habla.


Cuando nadie pregunta.


Cuando nadie ayuda.


Cuando el dolor de otro deja de importarnos.


Ese monstruo tiene millones de ojos.


Y todos nosotros podemos alimentarlo.


Apagué la luz.


La habitación quedó completamente oscura.


Por primera vez no tuve miedo de lo que pudiera aparecer debajo de mi cama.


Miré hacia allí.


No había nada.


Entonces miré hacia la puerta.


Tampoco había nada.


Sonreí.


Pero justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, escuché tres golpes.


Pum.


Pum.


Pum.


Esta vez no venían de afuera.


Venían de mi pecho.


Y una voz susurró:


—Todavía estoy aquí.


Abrí los ojos.


Y comprendí que tenía razón.


Algunos monstruos no se van nunca.


Porque no viven debajo de la cama.


Viven en los recuerdos.


En los cuerpos que aprendieron a tenerLos monstruos que aprendieron a parecer humanos


La primera vez que vi un monstruo, yo era demasiado pequeña para saber que lo era.


Recuerdo que estaba lloviendo.


La calle estaba casi vacía y el agua arrastraba pequeñas hojas hacia las alcantarillas. Yo caminaba junto a un adulto cuando escuché un gemido.


No era un ladrido.


Era algo más bajo.


Más triste.


Me detuve.


Debajo de un techo pequeño había un perro acorralado contra una pared.


Entonces escuché el golpe.


Pum.


El animal intentó levantarse.


Otro golpe.


Pum.


Y después un chillido.


Me quedé paralizada.


No entendía qué había hecho aquel animal para merecer aquello.


Miré sus ojos.


Todavía los recuerdo.


Eran enormes.


Estaban abiertos de una manera que nunca había visto antes, como si buscara en los rostros de quienes estaban alrededor una explicación.


¿Por qué?


Eso parecía preguntar.


¿Qué hice?


Yo también quería saberlo.


Quise acercarme.


Quise gritar.


Quise hacer algo.


Pero era pequeña.


Mis piernas temblaban.


Mi garganta se cerró.


Y alrededor de aquel hombre había personas que miraban.


Nadie hizo nada.


Nadie se acercó.


Nadie dijo basta.


El perro volvió a intentar esconderse.


Y yo entendí algo que aquella noche no supe explicar:


el miedo también puede tener ojos.


Desde entonces, cuando escucho un golpe seco, mi cuerpo recuerda.


---


Años después descubrí que los monstruos no siempre golpean animales.


Algunos golpean mujeres.


Una noche escuché gritos detrás de una pared.


Primero fueron palabras.


Después un golpe.


Después silencio.


Un silencio demasiado largo.


Y luego otro golpe.


No sé qué me asustó más: escuchar aquel sonido o imaginar lo que estaba ocurriendo al otro lado.


La encontré días después.


Tenía los ojos cansados.


Intentaba sonreír.


Me dijo que estaba bien.


Todos dicen eso.


Estoy bien.


Qué frase tan pequeña para esconder tanto dolor.


Ella amaba a aquel hombre.


O al menos había amado al hombre que creyó que era.


Él había prometido cuidarla.


Prometió protegerla.


Prometió estar con ella en los días buenos y en los malos.


Y, sin embargo, terminó siendo la persona de la que ella necesitaba protegerse.


Eso es lo que hacen los monstruos más peligrosos.


Primero consiguen que confíes en ellos.


Después convierten tu casa en una jaula.


Y finalmente consiguen que tengas miedo de pedir ayuda.


A veces pienso que los monstruos sobrenaturales tienen una ventaja sobre nosotros.


Al menos ellos no fingen.


Pero el monstruo que más miedo me da no apareció en una calle oscura.


No apareció durante una tormenta.


No salió de un cementerio.


Entró por una puerta.


Y yo era una niña.


No voy a contar lo que hizo.


Hay cosas que no necesitan ser pronunciadas para seguir doliendo.


Solo diré que después de aquel día algo murió dentro de mí.


No fue mi cuerpo.


Fue la sensación de estar a salvo.


Desde entonces aprendí que una habitación puede ser aterradora aunque tenga las luces encendidas.


Que una puerta cerrándose puede hacer que el corazón quiera escapar del pecho.


Que una mano acercándose puede convertirse en una amenaza.


Que algunas personas pueden tocarte y dejarte heridas que nadie puede ver.


Durante mucho tiempo pensé que el tiempo iba a borrar aquello.


No lo hizo.


El tiempo no borra a los monstruos.


Solo les enseña a esconderse mejor.


A veces aparecen cuando menos los espero.


En un recuerdo.


En un olor.


En una voz.


En una sombra que cruza demasiado rápido por el pasillo.


Y entonces vuelvo a ser aquella niña.


Pequeña.


Asustada.


Sin entender por qué alguien había decidido hacerme daño.


---


Después empecé a mirar a los niños de otra manera.


Porque existen monstruos que buscan precisamente a quienes todavía no saben defenderse.


Algunos niños crecen sabiendo que algo horrible les ocurrió.


Lo saben.


Lo sienten.


Y cargan con una repulsión que no debería pertenecerles.


Hay niños que sienten miedo cuando alguien se acerca demasiado.


Niños que dejan de querer abrazos.


Niños que se quedan callados.


Niños que miran fijamente una puerta.


Niños que aprenden demasiado pronto que existen secretos que los adultos les dicen que deben guardar.


Y hay otros...


otros son tan pequeños que ni siquiera tienen palabras para explicar lo que pasó.


No saben nombrarlo.


No saben contarlo.


Solo saben que fue horrible.


Que algo estuvo mal.


Que quieren alejarse.


Y esa es una de las cosas que más miedo me da.


Que un niño pueda sentir terror antes de conocer siquiera la palabra terror.


---


A veces me pregunto cuántos monstruos caminan hoy por las calles.


¿Cuántos están sentados en una mesa familiar?


¿Cuántos abrazan a sus hijos?


¿Cuántos saludan a sus vecinos?


¿Cuántos sonríen mientras alguien, en algún lugar, tiene miedo de ellos?


No tienen cuernos.


No tienen garras.


No tienen colmillos.


Tienen documentos de identidad.


Tienen fotografías familiares.


Tienen cumpleaños.


Tienen amigos.


Algunos incluso son queridos por muchas personas.


Y eso los hace todavía más aterradores.


Porque si un monstruo tuviera la cara de un monstruo, sería fácil escapar.


Pero ¿cómo huyes de alguien que parece una persona?


Anoche volvió a ocurrir.


Estaba acostada cuando escuché un sonido.


Un golpe.


Pum.


Abrí los ojos.


Esperé.


Nada.


Volví a escucharlo.


Pum.


Esta vez venía de afuera.


Me levanté lentamente.


El pasillo estaba oscuro.


No encendí la luz.


No sé por qué.


Quizá porque una parte de mí ya sabía que no debía hacerlo.


Caminé hasta la ventana.


Afuera no había nadie.


Solo la calle vacía.


La lluvia golpeando el techo.


Y entonces escuché un gemido.


El mismo sonido.


El mismo que había escuchado cuando era niña.


El perro.


El recuerdo.


El miedo.


Todo volvió de golpe.


Pero esta vez había algo diferente.


Escuché una voz.


Una voz humana.


Muy cerca.


—No pasa nada.


Me quedé inmóvil.


Porque conocía esas palabras.


Las había escuchado antes.


No pasa nada.


Las dicen después de golpear.


Después de lastimar.


Después de destruir.


Las dicen para que el dolor parezca pequeño.


Las dicen para que la víctima dude de sí misma.


Las dicen los monstruos.


Y entonces comprendí que no había ningún animal afuera.


No había nadie en la calle.


El sonido venía de mi memoria.


Me llevé una mano al pecho.


Mi corazón golpeaba tan fuerte que parecía querer salir.


Y fue entonces cuando escuché otra voz.


La mía.


Pero más pequeña.


Mucho más pequeña.


—¿Por qué nadie me ayudó?


Cerré los ojos.


Y por primera vez no intenté callarla.


—Porque eras pequeña —susurré.


La voz volvió a preguntar:


—¿Y por qué nadie ayudó al perro?


No tuve respuesta.


—¿Y a ella?


Silencio.


—¿Y a los otros niños?


No tuve respuesta.


Entonces comprendí cuál era el verdadero monstruo.


No era el hombre que golpeó al animal.


No era el hombre que golpeó a aquella mujer.


No era siquiera aquel que me dejó una herida invisible.


Era algo mucho más grande.


Algo que aparece cada vez que alguien ve el sufrimiento y decide mirar hacia otro lado.


Algo que crece cuando nadie habla.


Cuando nadie pregunta.


Cuando nadie ayuda.


Cuando el dolor de otro deja de importarnos.


Ese monstruo tiene millones de ojos.


Y todos nosotros podemos alimentarlo.


Apagué la luz.


La habitación quedó completamente oscura.


Por primera vez no tuve miedo de lo que pudiera aparecer debajo de mi cama.


Miré hacia allí.


No había nada.


Entonces miré hacia la puerta.


Tampoco había nada.


Sonreí.


Pero justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, escuché tres golpes.


Pum.


Pum.


Pum.


Esta vez no venían de afuera.


Venían de mi pecho.


Y una voz susurró:


—Todavía estoy aquí.


Abrí los ojos.


Y comprendí que tenía razón.


Algunos monstruos no se van nunca.


Porque no viven debajo de la cama.


Viven en los recuerdos.


En los cuerpos que aprendieron a tener miedo.


En los ojos de los animales que no entienden por qué los lastiman.


En las mujeres que todavía tiemblan cuando escuchan una puerta cerrarse.


En los niños que dejaron de sentirse seguros.


Y en las personas que sobrevivieron.


Yo soy una de ellas.


Y esta noche, por primera vez, no voy a esconder a mi monstruo.


Voy a mirarlo de frente.


Porque ahora sé su nombre.


Se llama crueldad.


Y lo verdaderamente aterrador...


es que tiene rostro humano. miedo.


En los ojos de los animales que no entienden por qué los lastiman.


En las mujeres que todavía tiemblan cuando escuchan una puerta cerrarse.


En los niños que dejaron de sentirse seguros.


Y en las personas que sobrevivieron.


Yo soy una de ellas.


Y esta noche, por primera vez, no voy a esconder a mi monstruo.


Voy a mirarlo de frente.


Porque ahora sé su nombre.


Se llama crueldad.


Y lo verdaderamente aterrador...


es que tiene rostro humano.

{{ winnerBannerDynamic && winnerBannerDynamic.ICONO ? winnerBannerDynamic.ICONO : '🏆' }} ¡Este texto ganó en {{winnerBannerData.CHALLENGE_TITULO}}! Descubre más publicaciones participantes. {{ winnerBannerDynamic.TEXTO_BOTON }} Ver publicaciones
{{ articulo.categoria_nombre }}
{{ articleChallenge.ESTADO === 'finalizado' ? 'Participó' : 'Participando' }} en BloguiChallenge {{ articleChallenge.TAG.startsWith('#') ? articleChallenge.TAG : '#' + articleChallenge.TAG }}
Contenido sensible

{{ tituloArticuloDecodificado }}

{{ descripcionRecortadaDecodificada }}

Incluido en {{ totalBloguiversosArticulo }} Bloguiversos • Explorar
{{ this.articulo.fechaPub }} • {{ this.articulo.time === 0 ? 1 : this.articulo.time }} min lectura • {{ this.articulo.fechaEd }}
{{articulo.comentarios}} {{ articulo.totalRetiwts }}
{{ tag.startsWith('#') ? tag : '#' + tag }}
{{articulo.comentarios}} {{ articulo.totalRetiwts }}

Comentarios

Ya estás al día

Reportar artículo

¿Qué está pasando?

Checaremos las normas de la comunidad, así que no te preocupes de escoger la opción perfecta.

Mínimo 10 caracteres requeridos.

Gestionar invitaciones

@
Invitar ?
? Buscando...

Usuarios invitados ({{ usuariosInvitadosModal.length }})

?

Cargando invitaciones...

No hay invitaciones aún

Busca usuarios arriba para invitarlos

{{ invitado.NOMBRE }}
@{{ invitado.USUARIO }}
? Aceptada ? Pendiente ? {{ formatearFecha(invitado.FECHA_CREACION) }}

¿Listo para tu siguiente historia?

Terminaste este bloguiverso. Estas historias podrían gustarte.

Ahora te mostraremos nuevas historias,
cuidadosamente seleccionadas para ti.

Cargando recomendaciones...
{{ fallback_tab_vacio_mensaje }}
Volver al inicio
Volver al inicio
Pausar
Continuar