Blogui

Escribe lo que
no te atreves a decir

Conectando lectores con escritores

Comparte historias, conecta emociones y encuentra personas que vibran como tú.

+{{ formatNumber(stats.bloguis) }}bloguis publicados
+{{ formatNumber(stats.lecturas) }}lecturas registradas
Comunidad activa Lectores · Escritores
"El silencio también narra."
— María, escritora en Blogui
BIENVENIDO DE VUELTA

Continúa tu historia.

Tu próximo blogui te está esperando.

o

¿No tienes cuenta? Crear cuenta

Al continuar aceptas nuestros Términos y el Aviso de Privacidad.

NUEVO EN BLOGUI

Únete a la comunidad.

Empieza a escribir lo que no te atreves a decir.

o

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión

Al continuar aceptas nuestros Términos y el Aviso de Privacidad.

INICIAR SESIÓN

Bienvenido de vuelta

Ingresa con tu correo y contraseña.

● {{errors.email}}

● {{errors.password}}

¿Olvidaste tu contraseña?

Iniciar sesión con código

o

¿No tienes cuenta? Crear cuenta

RECUPERAR CONTRASEÑA

¿Olvidaste tu contraseña?

Ingresa tu correo y te enviaremos un enlace para restablecerla.

● {{errors.email}}

o

¿Recordaste tu contraseña? Iniciar sesión

CÓDIGO DE ACCESO

Iniciar sesión con código

Te enviaremos un código por correo para acceder sin contraseña.

● {{errors.email}}

Ya tengo un código

o

¿Recuerdas tu contraseña? Iniciar sesión

VERIFICAR CÓDIGO

Ingresa tu código

Te enviamos un código de acceso a tu correo. Pégalo o escríbelo aquí.

● {{errors.email}}

● {{errors.code}}

Solicitar un nuevo código

{{ resetMode === 'asigna' ? 'ESTABLECER CONTRASEÑA' : 'RECUPERAR CONTRASEÑA' }}

Crea una nueva contraseña

{{ resetMode === 'asigna' ? 'Establece una contraseña para habilitar también el acceso manual.' : 'Ingresa tu nueva contraseña para acceder a tu cuenta.' }}

● {{errors.password}}

  • Mínimo 8 caracteres
  • Al menos 1 mayúscula
  • Al menos 1 minúscula
  • Al menos 1 número

● {{errors.confirm}}

o

¿Ya tienes cuenta? Iniciar sesión

CREAR CUENTA

Cuéntanos quién eres

Completa tus datos para crear tu cuenta.

● {{errors.nombre}}

● {{errors.usuario}}

● {{errors.email}}

Fecha de nacimiento
{{ d }}

● {{errors.fecha_nacimiento}}

● {{errors.password}}

● {{errors.password_confirm}}

● {{errors.edadCheck}}

● {{errors.terminosCheck}}

o

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión

DESCARGA LA APP

Lleva Blogui contigo a donde vayas.

Escribe, lee y conecta con tu comunidad desde el móvil.

Escanear código QR
QR para descargar Blogui
o descarga directo
Cargando...

Reflexiones personales

Mamá

a veces, las mujeres prefieren ser mujeres antes que hacerse cargo de los niños que trajeron al mundo

Por Ari

Ella había creído que una madre era una especie de refugio.


No uno de esos lugares que aparecen en los mapas, sino uno que existe incluso cuando el mundo se derrumba. Un lugar al que una criatura puede regresar después de conocer el miedo y encontrar todavía unos brazos capaces de decirle, sin palabras:


Aquí estás a salvo.


Eso había creído.


Porque desde pequeña le enseñaron que una madre podía enfrentarse al mundo entero por sus hijos. Que sería capaz de poner el cuerpo frente a una bala, las manos frente al fuego, el corazón frente a cualquier monstruo.


Las madres —decían— daban la vida por sus hijos.


Y ella lo creyó con la fe con la que creen los niños en las cosas que todavía no han tenido razones para cuestionar.


Por eso, cuando llegó el monstruo, no tuvo tanto miedo de él.


Tuvo miedo de que nadie viniera.


Y nadie vino.


La infancia tiene una crueldad particular: hace que uno espere que los adultos sepan cómo salvarlo.


Ella esperaba que su madre lo supiera.


Esperaba que lo notara en sus ojos.


En sus silencios.


En la forma en que comenzó a encogerse ante ciertas presencias.


Esperaba que una madre pudiera escuchar lo que una niña no sabía pronunciar.


Pero hay dolores que llegan sin hacer ruido.


Y quizá ese fue el más terrible.


El monstruo no solamente la lastimó.


También le enseñó que podía hacerlo y que el mundo podía continuar como si nada hubiera sucedido.


Después quedó el vacío.


Ese extraño lugar donde antes vivía la confianza.


Ese rincón del cuerpo donde alguna vez existió la certeza de estar protegida.


Ella creció.


Pero hay heridas que no crecen con nosotros.


Se quedan pequeñas.


Del tamaño exacto de la niña que fuimos.


Y a veces, muchos años después, esa niña vuelve.


No pide grandes cosas.


No pide explicaciones.


No pide que le devuelvan el tiempo.


Solo mira hacia la puerta.


Todavía espera.


Todavía cree que quizá su madre aparecerá.


Que quizá esta vez abrirá los brazos.


Que quizá esta vez dirá:


Yo te creo.


Yo te protejo.


No fue tu culpa.


Pero algunas puertas no se abren.


Y algunas madres llegan demasiado tarde.


O quizá nunca llegan.


Ella aprendió entonces una verdad que nadie debería descubrir siendo tan pequeña:


no siempre quien debe protegerte será quien lo haga.


Y esa verdad le dolió más que el propio monstruo.


Porque al monstruo podía odiarlo.


Podía llamarlo monstruo.


Podía imaginarlo lejos de ella.


Pero ¿cómo se odia a una madre?


¿Cómo se le reclama al mismo lugar del que alguna vez se esperaba refugio?


¿Cómo se le explica a una niña que aquello que le enseñaron sobre el amor materno no siempre se cumple?


Tal vez por eso ella nunca dejó de preguntárselo.


¿Por qué?


¿Por qué, si debía protegerla, permitió que se hundiera?


¿Por qué, si una madre es capaz de dar la vida por un hijo, no pudo dar siquiera un poco de sí misma para impedir aquello?


Quizá el amor también tenga sus contradicciones.


Quizá algunas personas aman y aun así fallan.


Quizá algunas madres quieren a sus hijos y, sin embargo, no saben salvarlos.


Pero hay cosas que una niña no entiende de filosofía.


Una niña no entiende de heridas generacionales.


No entiende de miedo.


No entiende de impotencia.


Solo entiende que cuando el mundo se vuelve oscuro, busca a su madre.


Y si la madre no está, aprende a tenerle miedo también a la oscuridad.


Ella nunca necesitó una madre perfecta.


Solo necesitó una madre que llegara.


Una madre que mirara al monstruo y dijera que no.


Una madre que entendiera que hay momentos en los que permanecer callada también puede convertirse en una forma de abandono.


Porque a veces el daño no está únicamente en quien hace el mal.


También existe una forma más silenciosa de crueldad:


la de quien pudo haber protegido y decidió, por miedo, ignorancia o incapacidad, no hacerlo.


Y quizá por eso ella creció con una idea que todavía le duele sostener.


Que una mujer debería ser capaz de poner a sus hijos por encima de todo.


No porque las madres sean santas.


No porque deban sacrificarse hasta desaparecer.


Sino porque cuando un niño está frente al abismo, espera encontrar una mano.


Ella esperaba encontrar la de su madre.


Encontró el vacío.


Y hay vacíos que pesan más que cualquier golpe.


Con los años aprendió a vivir con él.


Aprendió a caminar.


A reír.


A querer.


A sobrevivir.


Pero nunca consiguió convencer a aquella niña de que no había sido abandonada.


Porque en algún lugar profundo de ella todavía existe una pequeña criatura preguntándose qué hizo para que su madre no la salvara.


Y quizá esa sea la pregunta más injusta que puede hacerse una niña:


¿Qué tuve que hacer para que mamá no me protegiera?


La respuesta debería haber sido sencilla.


Nada.


Ella no tuvo que hacer nada.


Nunca fue su culpa.


Nunca debió necesitar ser salvada de aquello.


Y, sin embargo, nadie se lo dijo a tiempo.


Por eso ahora, cuando piensa en su madre, no piensa solamente en una mujer.


Piensa en una puerta.


Una puerta que esperaba que se abriera.


Una puerta detrás de la cual debía estar el refugio.


Una puerta que permaneció cerrada mientras ella aprendía, demasiado pronto, a sobrevivir.


Y tal vez esa sea la verdadera tragedia:


que algunas personas pasan toda su vida buscando afuera el amor que necesitaban encontrar en casa.


Ella dejó de esperar que su madre regresara.


Pero hay noches en las que todavía mira hacia la puerta.


No porque crea que alguien va a entrar.


Sino porque una parte de ella sigue siendo aquella niña.


La que todavía espera escuchar una voz.


La que todavía espera unos brazos.


La que todavía espera que, aunque sea una sola vez, su madre diga:


“Debí protegerte.”


Y entonces comprendería que quizá nunca necesitó que le devolvieran la infancia.


Solo necesitaba que alguien reconociera que se la habían arrebatado.

{{ winnerBannerDynamic && winnerBannerDynamic.ICONO ? winnerBannerDynamic.ICONO : '🏆' }} ¡Este texto ganó en {{winnerBannerData.CHALLENGE_TITULO}}! Descubre más publicaciones participantes. {{ winnerBannerDynamic.TEXTO_BOTON }} Ver publicaciones
{{ articulo.categoria_nombre }}
{{ articleChallenge.ESTADO === 'finalizado' ? 'Participó' : 'Participando' }} en BloguiChallenge {{ articleChallenge.TAG.startsWith('#') ? articleChallenge.TAG : '#' + articleChallenge.TAG }}
Contenido sensible

{{ tituloArticuloDecodificado }}

{{ descripcionRecortadaDecodificada }}

Incluido en {{ totalBloguiversosArticulo }} Bloguiversos • Explorar
{{ this.articulo.fechaPub }} • {{ this.articulo.time === 0 ? 1 : this.articulo.time }} min lectura • {{ this.articulo.fechaEd }}
{{articulo.comentarios}} {{ articulo.totalRetiwts }}
{{ tag.startsWith('#') ? tag : '#' + tag }}
{{articulo.comentarios}} {{ articulo.totalRetiwts }}

Comentarios

Ya estás al día

Reportar artículo

¿Qué está pasando?

Checaremos las normas de la comunidad, así que no te preocupes de escoger la opción perfecta.

Mínimo 10 caracteres requeridos.

Gestionar invitaciones

@
Invitar ?
? Buscando...

Usuarios invitados ({{ usuariosInvitadosModal.length }})

?

Cargando invitaciones...

No hay invitaciones aún

Busca usuarios arriba para invitarlos

{{ invitado.NOMBRE }}
@{{ invitado.USUARIO }}
? Aceptada ? Pendiente ? {{ formatearFecha(invitado.FECHA_CREACION) }}

¿Listo para tu siguiente historia?

Terminaste este bloguiverso. Estas historias podrían gustarte.

Ahora te mostraremos nuevas historias,
cuidadosamente seleccionadas para ti.

Cargando recomendaciones...
{{ fallback_tab_vacio_mensaje }}
Volver al inicio
Volver al inicio
Pausar
Continuar