Reflexiones personales
La autora de mi muerte
Una confesión oscura sobre un asesinato invisible, donde la víctima y su verdugo comparten un rostro, una historia y una misma identidad
Por anahialejo62

A quien encuentre esta carta:
Sí, yo la maté.
No voy a fingir inocencia ni a buscar una excusa que suavice lo que hice. Fui yo. Nadie más tuvo que intervenir. Nadie necesitó sostener un arma. Me encargué de todo yo misma, con una precisión que ahora resulta tenebrosa.
La encontraron una mañana. No había señales de que alguien hubiera entrado por la fuerza. La habitación permanecía intacta, las cortinas estaban cerradas y sobre el escritorio descansaba una taza de café que nadie había terminado.
Lo extraño no era su muerte, sino la tranquilidad del lugar.
No hubo cómplices, no hubo testigos. No tuve que esconderme de nadie porque aprendí a cometer el crimen a plena luz del día, delante de todos, sin que nadie sospechara absolutamente nada.
No la maté de inmediato. Eso habría sido demasiado sencillo.
Primero la hice sentirse insuficiente. Le enseñé a encontrar defectos donde antes encontraba belleza. Después le arrebaté la confianza y la sustituí por una voz que cuestionaba cada uno de sus movimientos.
La hice pedir disculpas por existir en lugares donde alguna vez había sido feliz.
Le arrebaté el derecho a sentirse orgullosa. Cada logro se convirtió en una obligación; cada error, en una prueba irrefutable de su inutilidad.
Y cuando intentaba levantarse, yo estaba ahí.
Siempre estaba ahí.
Lo más perverso fue conseguir que defendiera a su verdugo, que justificara cada herida, que llamara normal al sufrimiento y que confundiera la soledad con tranquilidad.
La víctima comenzó a desaparecer mucho antes de que alguien notara su ausencia.
Su risa se volvió una imitación. Sus sueños, una vergüenza. Su reflejo, un extraño al que ya no quería mirar.
No necesité un arma. Mi instrumento más eficaz fue la repetición: repetirle que no era suficiente hasta conseguir que dejara de cuestionarlo.
Quizás debería confesar todo. Decirles que yo estuve ahí cuando dejó de reconocerse, cuando abandonó sus sueños y cuando comenzó a tratarse con la misma crueldad con la que yo la había tratado durante años.
El expediente puede cerrarse.
La víctima y la culpable son la misma persona.
Y yo...
Yo todavía tengo que despertar cada mañana con ella.
Porque el crimen perfecto no fue aquel en el que nadie encontró el cadáver, sino aquel en el que todos siguieron hablando con la asesina sin notar que la víctima ya no estaba.
Firmado:
La autora de su propia destrucción.