Romance
La Sangre y el Pulso
Capítulo 3
Por América Rosas
La medianoche en el Atelier Segreto Rosso no traía silencio, sino el eco lejano de copas de cristal chocando en los salones privados del fondo, un sector que Dante llamaba burlonamente «El Archivo».
El estudio principal se había vaciado, quedando reducido a la luz cenital que caía sobre la tarima de madera oscura y a la presencia imponente de Dante. Esperaba de pie, con las mangas de la camisa arremangadas y las manos apoyadas en la superficie, dominando el espacio como un depredador que vigila su territorio. Sus ojos, de un azul acero implacable, medían cada movimiento de Helena con una fría precisión.
Ella cruzó el umbral con el pulso firme, luciendo un vestido de seda ligera que se adhería a la perfección a sus curvas embriagantes, resaltando la calidez de su piel dorada bajo la luz fría del taller. No era una simple modelo para él, ella lo sabía. Para Dante, las mujeres que habitaban esas paredes no desfilaban para las cámaras del mundo exterior, eran musas esculpidas en el tiempo para alimentar su soberbia y su apetito de sangre
—Has pasado demasiadas horas merodeando por los salones del Archivo, Helena —la voz de Dante barrió la distancia entre ambos, grave y cortante como una cuchilla—. Crees que husmear entre las piezas de mi colección te otorga alguna clase de ventaja.
—Los salones solo muestran lo evidente, Dante —respondió ella, deteniéndose a escasos centímetros de su cuerpo, con la barbilla en alto y los ojos fijos en la negrura helada de su mirada—. Que no eres un hombre común, y que este taller no es más que una galería de trofeos congelados en el tiempo.
Dante no retrocedió. Un destello de furia fría cruzó sus facciones antes de transformarse en una sonrisa lenta y peligrosa.Con una velocidad felina, dio un paso al frente, atrapando su cintura con fuerza, empotrando sus caderas contra el borde de la tarima. Las manos de Helena se abrieron paso instintivamente dentro de camisa de él, sintiendo el calor firme y dominante de su cuerpo.
—¿Trofeos? —su risa fue un eco áspero contra el cuello de Helena—. Piensas demasiado en el pasado, niña. No guardo recuerdos inútiles. Colecciono voluntades completas. Y tú viniste aquí buscando ser la pieza central de una vitrina de la que nunca se sale.
El enfrentamiento verbal se quebró de inmediato, disolviéndose en un encuentro físico violento, implacable y sin concesiones. Las manos de Dante se cerraron salvajes sobre su espalda, recorriendo la línea de su columna mientras sus labios se fundían contra los de ella en un beso que no ofrecía tregua. Helena no retrocedió y le devolvió la intensidad, enredando los dedos en su cabello, mordiendo su labio inferior hasta arrancar un rastro de sangre que Dante saboreó con una mueca de oscuro deleite. Cada roce era un pulso de poder, una guerra abierta sobre la piel donde el deseo se alimentaba del peligro de ser consumidos.
Cuando la tormenta de respiraciones agitadas comenzó a calmarse en la penumbra del estudio, con Helena semidesnuda, apoyada contra el pecho de Dante y el rastro del deseo aún vibrando en el aire, un aplauso lento, seco y perfectamente medido resonó desde los umbrales de la sala.
—Magnífica escena —la voz de Geneviève cortó el silencio con una elegancia tan helada como letal.
Helena se giró bruscamente, separándose a medias de los brazos de Dante. Geneviève estaba de pie junto a las pesadas cortinas de terciopelo, envuelta en su eterno vestido carmesí. Sus ojos de ámbar brillaban hambrientos, y en sus labios se dibujaba una sonrisa de colmillos afilados que no escondían nada.
—Has tardado demasiado en reclamar lo que es tuyo, Dante —murmuró Geneviève, avanzando con pasos lentos y felinos hacia la tarima, hasta detenerse a escasos centímetros de ambos—. Aunque dudo mucho que esta pequeña mortal esté lista para lo que ocurre después de que las puertas del estudio se cierran por completo.
Dante rodeó la cintura de Geneviève, sin apartar los ojos de Helena, mientras una tensión perversa y sugerente electrificaba el ambiente.