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Romance

La Invitación Carmesí

Capítulo 4

Por América Rosas

El aplauso de Geneviève al final de aquel encuentro había sido una marca indeleble para Helena. Y es que, tras la interrupción de la musa principal, solo había atinado a correr apresurada a su habitación, vulnerable y a medio vestir, en un estado de shock indigno de una mujer como ella. 

En los días siguientes, la urgencia de Dante seguía satisfaciéndose en ella con una dominación implacable, pero la mente de Helena ya no le pertenecía por completo. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de Geneviève —su frialdad intocable, sus ojos de ámbar y la promesa velada que flotaba en su mirada— se instalaba en el centro de sus pensamientos. No era una simple rivalidad por el favor del creador sino una fascinación obsesiva. 

Helena había crecido idolatrando su figura en las portadas de los noventa y los dosmiles, y tenerla ahora al alcance de la mano, inmortal y perfecta, encendía en ella una urgencia visceral de validación. Sentía la imperiosa necesidad de buscarla, de arreglar las asperezas de aquel primer encuentro y demostrarle que no era una intrusa cualquiera, sino alguien digna de estar a su altura.

La oportunidad perfecta se presentó durante la noche de gala clandestina en el Atelier Segreto Rosso.

La alta sociedad de Milán ignoraba por completo que, bajo los cimientos de mármol del palazzo, las celebraciones adoptaban un código estrictamente carnívoro. En los salones principales, entre copas de vino tinto oscuro y notas de violín, las musas del taller se movían entre la élite y los jóvenes aspirantes a modelos masculinos seleccionados para la ocasión, entregándolos al apetito voraz que latía en los salones privados de «El Archivo».

Aprovechando el caos y la densa atmósfera de hedonismo que envolvía a los invitados, Helena se deslizó hacia los pasillos laterales, buscando el refugio personal de la única mujer que lograba desestabilizarla.

El salón privado de Geneviève era un santuario de espejos antiguos, terciopelo carmesí y velas de cera negra. Cuando Helena cruzó el umbral sin ser invitada, encontró a la exmodelo de pie frente a un espejo veneciano de cuerpo entero,ajustándose un collar de diamantes antiguos sobre la piel de porcelana.

Geneviève no se giró de inmediato. Reflejada en el cristal, su sonrisa afilada delataba que la estaba esperando.

—Entrar al santuario de una criatura que puede arrancarte la garganta sin parpadear demuestra una falta total de prudencia, Helena —murmuró Geneviève con una voz baja, sutil y embriagadoramente sensual, girándose lentamente para encararla—. O una ambición tan ciega que raya en la estupidez.

Helena contuvo el aliento, sintiendo el peso de la mirada de ámbar sobre ella. Avanzó unos pasos, rompiendo la distancia con una determinación calculada, pero permitiendo que la profunda admiración que sentía se filtrara en su tono.

—No vine a poner a prueba tu paciencia, Geneviève —respondió Helena con voz firme, aunque el pulso le latiera con violencia en las sienes—. Desde la noche en que irrumpiste en el estudio, no he podido dejar de pensar en ti. Sé cómo me miraste. Y sé que no me ves como una simple pieza decorativa para la colección de Dante.

Geneviève ladeó el rostro con una curiosidad felina. Acortó el espacio entre ambas con una gracia inhumana, deteniéndose a escasos centímetros de su espalda. El perfume a ámbar y gardenias antiguas que la acompañaba envolvió a Helena por completo.

—Dante cree que te ha doblegado con su violencia —susurró Geneviève contra su oído, mientras una mano fría y perfecta se posaba con ligereza sobre la clavícula de Helena, recorriendo su piel con una delicadeza infinitamente más peligrosa que cualquier fuerza—. Cree que por haberte marcado en la tarima ya eres suya. No comprende que las mujeres como nosotras no nacieron para ser exhibidas en una vitrina.

Geneviève alzó el rostro, fijando su mirada en los ojos de Helena a través del reflejo del espejo.

—Yo te ofrezco el pacto definitivo, Helena —continuó la musa, con un tono que helaba la sangre al tiempo que encendía los sentidos—. La inmortalidad, la belleza intocable y el poder absoluto sobre este mundo que se rinde a nuestros pies... a cambio de renunciar a tu pulso mortal y someterse a nuestra corte para siempre. Un trago de mi sangre, y la eternidad será tuya.

El aire en la habitación se volvió irrespirable. Helena sintió el roce helado de los colmillos de Geneviève sobre la piel de su cuello, una tentación tan hermosa como letal. Todo su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de una ambición desatada que había encontrado su cauce exacto.

Sin embargo, en lugar de entregarse al vértigo de sus colmillos, Helena exhaló una sonrisa lenta y astuta. Con una lentitud deliberada, se giró ante ella y acercó sus labios voluptuosos a esa boca fría, roja y letal,  deteniendo su avance.

—¿Someternos a su corte, Geneviève? —susurró Helena con audacia, fijando sus ojos en los de la vampiresa—. ¿Por qué conformarnos con reinar a su sombra, cuando podemos ocupar el trono? Si me entregas este poder absoluto,no será para servirle a Dante. Será para destronarlo... y regir este atelier juntas.

Geneviève se quedó inmóvil. La sorpresa inicial en sus ojos de ámbar dio paso a una chispa de profunda y perversa fascinación. La criatura milenaria comprendió entonces que no había llevado a una presa a su alcoba, sino a la única mente capaz de desafiar el orden del Atelier Segreto Rosso.

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