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Romance

El Trono de Seda y encaje

Capítulo 5

Por América Rosas

Cuando los relojes marcaron la medianoche, el estudio principal se iluminó con la calidez solemne de docenas de velas negras.

Dante aguardaba en el centro de la tarima con una copa de vino en la mano y una sonrisa de absoluta autosuficiencia en los labios. Su presencia irradiaba un dominio implacable.  Creía que el banquete nocturno era la culminación de su obra, el ritual definitivo mediante el cual él mismo transformaría a Helena en la pieza final de su colección eterna.

Ignoraba por completo que el tablero ya había sido invertido.

—Acércate, Helena —ordenó Dante con su voz grave, un barítono que vibraba con autoridad absoluta, extendiendo la mano para invitarla a subir a la tarima—. Ha llegado el momento de que dejes atrás lo que fuiste y ocupes el lugar que te he destinado.

Helena avanzó con el pulso firme pero mostrando una inseguridad calculada, luciendo un entallado vestido negro de seda y encaje que se amoldaba a sus curvas con una perfección insolente. No había rastro de sumisión en sus ojos, sino una avidez hambrienta. Al llegar junto a él, se arrodilló como exigía el protocolo del creador, a escasos milímetros de su cuerpo, exhibiendo ante él su pecho con una falsa vulnerabilidad deliberada.

Geneviève emergió de las sombras del fondo, acompañada por el círculo silencioso de las musas de «El Archivo». Su presencia no era la de una enemiga oculta, sino la de una cómplice que oficiaba una ceremonia prohibida.

—Permítenos ayudarte a consagrarla, Dante —susurró Geneviève con una voz melodiosa y cargada de una sensualidad hipnótica, mientras se colocaba a las espaldas de Helena—. Una creación de esta magnitud exige que todas las manos de esta casa participen en su bautismo.

Dante, embriagado por la vanidad y por la densa atmósfera de deseo que saturaba el estudio, aceptó con una ligera inclinación de cabeza, magnánimo.

El tiempo pareció dilatarse en una ceremonia donde la atmósfera se espesó con cada respiración. Las manos de Geneviève se deslizaron por los hombros de Helena, desatando con gestos milimétricos los tirantes del vestido hasta dejar al descubierto su piel dorada. Al mismo tiempo, las musas de «El Archivo» se acercaron desde los flancos, rodeando a Dante en una danza circular y fluida, besando y acariciando su espalda, sus costados y su pecho con una insistencia tan seductora como asfixiante.

Dante exhaló un suspiro de oscuro placer, sintiendo el calor de los cuerpos femeninos que lo cercaban, sin percatarse de que cada roce era un ancla invisible que le robaba movilidad.

Geneviève tomó la mano de Helena y, con la yema de sus propios colmillos, abrió un surco carmesí en su propia muñeca. El olor a sangre milenaria inundó el aire, denso y embriagador.

—Bebe la eternidad, Helena —murmuró Geneviève contra los labios de la joven, antes de presionar su muñeca contra su boca.

Helena bebió con avidez, sintiendo el fuego helado de la inmortalidad recorrer sus venas, transformando cada terminal nerviosa en una chispa de poder absoluto. Mientras el cambio estallaba en su interior, uniendo su pulso al de Geneviève, se levantó lentamente y se fundió en un beso largo y anhelado a su verdadera creadora. 

Es ese momento, con un movimiento repentino y coordinado, las musas cerraron el círculo. Las telas de alta costura se convirtieron en ataduras, los brazos de Dante fueron apresados contra su torso por una fuerza inhumana y sincronizada que lo obligó a caer arrodillado sobre la madera oscura de la tarima. Al unísono, inclinándose como una sola marea de depredadoras insaciables, las musas de El Archivo hundieron sus colmillos en su piel, devorando su fuerza y dejándolo deliberadamente debilitado, al borde del colapso.

La furia estalló en los ojos acerinos de Dante, un destello letal de traición y sorpresa, pero antes de que pudiera liberarse y ejercer su poder, Helena se inclinó sobre él, con los colmillos aún manchados de carmesí, y le arrebató la copa de los dedos, dejándola caer para que se hiciera añicos contra el suelo.

—El taller ya no te pertenece, Dante —susurró Helena contra sus labios, con una voz cargada de un triunfo helado y absoluto, besándolo con furia y devorándolo hasta casi exiguarlo.

Las musas lo trasladaron a la habitación que había sido de Helena, quedando encadenado y aprisionado por la red de lealtades que sus propias creaciones habían decidido romper, convertido en una amenaza latente, un recordatorio viviente del peligro que acechaba en las sombras del palacio si alguna vez se atrevían a flaquear.

En la sala principal, Geneviève y Helena se reigieron como las dos nuevas supremas del Atelier Segreto Rosso ante el círculo de musas que celebraron el fin del tedio de sus siglos de encierro, la sumisión perpetua a un creador que las consideraba objetos de vitrina y la promesa de un poder que por fin les perteneciera por derecho propio.

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