Romance
El Espejo de las Sombras
Capítulo 2
Por América Rosas
Las puertas de los probadores privados no se abrieron hacia una salida, sino hacia el verdadero corazón del Atelier Segreto Rosso.
Bajo la atenta y calculada mirada de Dante, Helena fue introducida en las entrañas del palacio. Aquel no era un espacio de trabajo convencional. Era un santuario sibarita donde el tiempo parecía no transcurrir.
A medida que avanzaba por los salones iluminados por la luz tenue de los candelabros, Helena comenzó a observar a mujeres atrapadas en jaulas de oro y vestidos de alta costura, sumidas en una existencia hedonista que exaltaba su belleza hasta el punto de asemejarse a verdaderas obras de arte.
Al detenerse frente a ellas, un escalofrío de reconocimiento recorrió la espina dorsal de Helena. A pesar de los años transcurridos, reconoció los rostros y las siluetas de famosas supermodelos que, en su momento, habían desaparecido de manera abrupta tras encabezar pasarelas internacionales, desfiles exclusivos y photoshoots legendarios firmados precisamente por el Atelier Segreto Rosso.
Todas ellas parecían congeladas en el tiempo, luciendo como si el paso de los años no tuviera el más mínimo efecto en ellas. Comprendió entonces que los misterios y las leyendas de los tabloides se quedaban cortos ante la macabra realidad de ese santuario.
Lejos de sentir rechazo, Helena sintió que la atmósfera densa y decadente del lugar se adhería a su piel. Su ambición, lejos de intimidarse, comenzó a corromperla por dentro, disfrutando de la certeza de que ya no pertenecía al mundo mortal.
Y en el centro de esa fascinación se encontraba Geneviève.
El primer encuentro entre ambas estuvo marcado por una hostilidad inmediata y afilada. Geneviève le bloqueó el paso entre los percheros de terciopelo con una superioridad felina, evaluándola como a una intrusa indigna de pisar el mismo suelo. Cada intercambio de palabras era un desafío sin concesiones, un pulso de miradas donde el desdén inicial rozaba la provocación pura.
Sin embargo, bajo esa fricción constante latía una corriente magnética e innegable. Cuando Geneviève la miraba fijamente a manera de advertencia, el roce helado de sus ojos esmeralda le transmitían un rastro de electricidad que la desestabilizaba por completo.
Mientras tanto, en el extremo opuesto del salón, la presencia de Dante ejercía una gravedad distinta. Cada orden suya,cada gesto con el que reafirmaba su dominio absoluto sobre el espacio y sobre ella, disolvía la distancia inicial en una cercanía peligrosa.
Dante la observaba con la quietud de un titiritero que medía cada latido, disfrutando del momento exacto en que la sumisión voluntaria de Helena comenzaba a tensarse con el deseo de poner a prueba los límites de su creador.