Narrativa y ficción
SOMBRAS QUE ABAZA
Miedo suspenso (basado en hechos reales)
No pude gritar.
No pude moverme.
Algo me abrazaba por la espalda y respiraba con la boca abierta en mi nuca.
—
Me dijeron que era parálisis del sueño.
—
La parálisis no gatea.
La parálisis no hace ruido entre la cocina y la habitación.
Y la parálisis no te vuelve a abrazar.
—
No son demonios.
Son almas que murieron solas.
Y ahora buscan a quién abrazar para siempre.
PRELUDIO: LA LLEGADA
Todo empezó el día que me cambié de casa. Estaba recién casada.
Era una casa nueva, tan nueva que nadie había vivido allí antes. Pequeña, perdida en medio de una huerta de mangos. De día era linda. Demasiado silenciosa, pero linda.
Pero al anochecer, se volvía fría. Un frío que no venía del clima.
La rodeaban árboles viejos, muy altos, que en plena oscuridad parecían acercarse. Salir afuera era asomarse a una penumbra espesa que cubría toda la huerta. Esa penumbra me escalofriaba el cuerpo.
Cuando por alguna razón tenía que salir, evitaba a toda costa voltear hacia el fondo de la huerta. Porque sentía que algo me miraba desde ahí. Me daban escalofríos. Una sonrisa nerviosa me traicionaba. Sentía un temor, un peso en los hombros, como si alguien se me subiera a la espalda.
El viento que respiraba me helaba por dentro. No era viento. Era como si la huerta misma estuviera respirando sobre mi nuca.
Y lo peor era que, cada noche, al fondo entre los mangos, se escuchaban pasos. Como si alguien caminara hacia mí entre las hojas secas. Cada vez más cerca.
En ese momento no quise saber qué era lo que vivía allí, o vivió antes de nosotros. Aunque ahora que lo pienso, sería interesante averiguarlo.
CAPÍTULO 1
Toda esa semana transcurrió casi normal. O al menos, eso quise creer.
Entre cajas, muebles y el intento de hacer que esa casa se sintiera mía, los días pasaban ocupados. Demasiado ocupados como para notar lo que realmente estaba ocurriendo a mi alrededor.
Por las noches escuchaba pasos entre la huerta. Ramas que crujían. Algo que caminaba lento, arrastrándose entre los mangos.
Me repetía que era normal. Tenía que ser normal. En una huerta vieja siempre hay animales viviendo entre los huecos de los troncos. Eso me decía para poder dormir.
Lo que no me dije fue por qué esos pasos, noche tras noche, se detenían justo debajo de mi ventana. Y por qué desde el colchón yo podía sentir cómo algo me observaba desde la oscuridad, esperando a que me quedara sola.
Casi siempre me tocaba estar allí de noche, afuera de la casa. De día trabajaba, así que mis labores de la casa y de la huerta las tenía que hacer cuando caía el sol. Por horas. Yo sola. En medio de los mangos. Dándole la espalda a la oscuridad.
Esa es la parte que nunca voy a olvidar: la sensación de tenerla detrás. De que la noche no estaba vacía. Sentía su mirada clavada en mi nuca, en mi espalda, mientras yo barría o lavaba ropa. Pero era más intensa cuando tendía ropa.
No me atrevía a voltear. Porque en el fondo sabía que si volteaba, iba a ver algo ahí parado entre los árboles viejos. Y cada noche, estaba un poco más cerca.
Una noche estaba lavando ropa. Ya obscurecía, pero no del todo. En ese momento justo donde la huerta no es ni de día ni de noche.
Entonces escuché entre los árboles: risas. Risitas de niños jugando. Pasitos cortos, traviesos, corriendo entre los mangos.
Me quedé helada. Aquí no hay niños.
Volteé solo de reojo. Y la vi. Una sombra pequeña, chiquita, que cruzó corriendo y se escondió detrás del tronco del mango más grueso.
Me obligué a seguir tallando la ropa. Las manos me temblaban. El agua ya estaba fría. Y otra vez: las risas. Más cerca. Y los pasitos, ahora tras de mí.
Me armé de valor. Solté la ropa y caminé hacia ese árbol. Con cada paso, el aire se ponía más frío. Llegué al tronco. Me asomé. Nada. No había rastro de nada.
Fui directo al hueco del mango donde juré que vi meterse a esa sombra pequeña. Metí la mano: vacío. Solo corteza podrida.
Y justo entonces, lo sentí. Un escalofrío que no me recorrió la piel... me la atravesó. Me subió desde los pies, como si algo se me hubiera trepado a la espalda.
No grité. Me fui alejando de lado, paso a paso, sin darle nunca, nunca la espalda al fondo de la huerta. Porque ahora sabía que lo que se escondía ahí ya me había elegido.
Desde ese día, dejó de observarme desde afuera. Empecé a sentirlo adentro. El mismo frío de la huerta. El mismo peso. Pero ahora dentro de mi casa. En la cocina. En el pasillo. Y sobre todo, en la habitación.
Entendí algo que me heló la sangre: lo que vivía entre los mangos ahora vivía conmigo. Se había mudado con nosotros.
Estar sola se volvió insoportable. En cuanto empezaba a obscurecer, la casa cambiaba. El aire se ponía tenso, pesado, como si las paredes contuvieran la respiración. Como si algo esperara.
Esa tarde que me acerqué al árbol, que nunca le di la espalda cuando me fui... no me fui sola. Se me subió. Se me trepó a los hombros. Frío, ligero como una sombra de niño. Y yo misma lo metí a la casa. Solo así podía entrar. Necesitaba que yo lo cargara.
Y ahora que estaba adentro, ya no necesitaba invitación. Era un huésped que no se quería ir.
Todo se pudrió después. De madrugada, la casa cobraba vida. La licuadora gritaba sola en la cocina. La televisión se encendía con estática, aunque nadie la hubiera tocado.
Y entonces, los golpes. Secos. Pesados. Algo caminaba afuera de la casa. Algo que por alguna razón llegaba ahí cada noche a la misma hora. Me despertaba rascando el piso aparentemente con sus patas. Yo nunca me asomé. No me atreví. Porque sabía que si miraba, eso que golpeaba también me vería a mí. Y yo siempre estaba sola.
CAPÍTULO 2
Una noche aburrida. Como todas. Sola en la casa. El reloj marcaba las 12:30 AM. No tenía sueño. De hecho, me aterraba dormir. Cerrar los ojos en mi cama y despertar en otro lugar... esa idea no me dejaba en paz.
Para no pensar en eso, decidí ver una película. No tenía internet. No tenía cable. Solo una vieja videocasetera y una torre de VHS polvorientos. Intenté ponerla para matar el tiempo, esperando a que mi esposo llegara.
¿Cuál sería mi sorpresa? Ninguna funcionaba. Una por una, las metía y la videocasetera solo escupía un letrero: ERROR.
Enojada, golpeé el aparato. Los casetes volaron por todas partes.
Entonces de reojo, la vi. Al final de la pila, escondida, había una que no había visto nunca. En la etiqueta, escrita a mano con marcador negro, se leía: EL EXORCISMO DE EMILY ROSE.
Y en lo más profundo de mi mente nació una pregunta helada: ¿Y si la pongo? ¿Y si esta sí funciona? Porque si funciona... significa que no estoy sola. Significa que alguien de otro mundo hizo que volteara y la viera... y que me está acompañando en este instante.
Temblorosa, la tomé con mis dos manos. Me dirigí a la videocasetera. Dos veces me detuve a mitad del camino, me moría de miedo.
La metí. Y ahí estaba empezando. La imagen de una chica de blanco, con el pelo suelto, perdida entre la niebla. Abajo, en letras grandes: EMILY ROSE.
«No. Para, para», susurré.
Presioné STOP. Una, dos, cinco veces. Nada. El botón se había quedado pegado, muerto. La película no se detenía. La chica de la niebla seguía ahí, mirando fijo.
«¿Qué hago?», pensé. ¡Desconéctala!
Corrí y jalé el cable de alimentación. ¡Plic! La pantalla se fue a negro. Un silencio espeso invadió la casa.
Pensé que había terminado, pero en realidad había formulado otra pregunta en mi mente:
Si estás aquí, haz que se encienda sin estar conectada.
Pero enseguida me arrepentí. No. ¿Qué sería de mí a esta hora? Sin nadie cerca. ¿A dónde iría si me tocara salir corriendo de aquí?
Me quedé paralizada en la soledad de esa noche, con el cable en la mano, y con la certeza de que acababa de cometer el peor error. Porque las preguntas en esta casa siempre tienen respuesta.
Y al instante, respondió.
Un ruido ensordecedor reventó desde la televisión. Rayas blancas y negras rasgando la pantalla. El volumen al máximo.
Un grito lleno de horror salió de mi voz. Un grito ahogado, seco, que se estrelló contra las cuatro paredes de esa habitación.
Sin pensarlo, jalé el cable nuevamente con brusquedad. Y se apagó también.
Corrí a la cama. Me tapé con la cobija de pies a cabeza. Mi corazón latía tan fuerte que era lo único que podía oír.
Y entonces los escuché: pasos. Pasos lentos acercándose a la puerta de la entrada. Arrastrados.
Contuve la respiración. Por debajo de la puerta vi la sombra. Larga. Oscura. Parada justo del otro lado. Un golpe sonó en la puerta de la habitación. Volví a gritar con todas las fuerzas de mi ser: ¡AAAAAAAH!
Era como estar atrapada dentro de una pesadilla, completamente despierta. Un sudor frío me empapaba. Mi única esperanza era que mi esposo llegara.
Pasaron veinte minutos. Escuché sus llaves. Llegó mi esposo y pensé que llegaban mi tranquilidad y mi paz.
O eso creí.
Porque cuando abrió la puerta, el frío no se fue. Al contrario, entró con él. Entendí que lo que me estaba haciendo temblar desde afuera, ahora estaba adentro. Estaba esperando a que él abriera.
En cuanto entró, sentí que ya no éramos solo dos en la casa. Éramos más. El ambiente se volvió tan denso que sentía que me asfixiaba. No me atreví a contarle nada a mi esposo. ¿Cómo le explicaba sin sonar como una loca?
Al día siguiente desperté con una sola idea: yo ya no quería estar sola allí. Porque ahora sabía que, aunque estuviera acompañada, siempre estarían esas sombras tras de mí.
Lo que no sabía es que esto apenas comenzaba.
Esa noche, por primera vez en días, dormí tranquila. Sin pesadillas.
Mi esposo se levantó temprano para ir a trabajar. Lo escuché vestirse a oscuras. Eran las 4:30 de la madrugada. Todavía era noche cerrada. La oscuridad en el cuarto era tan espesa que parecía tener peso.
Me di la vuelta para seguir durmiendo y fue ahí cuando lo sentí.
El cuarto estaba diferente. Demasiado silencioso. Ese tipo de silencio que está lleno de algo que contiene la respiración.
Tenía la certeza horrible de que algo me miraba desde un rincón. Quise levantarme, encender la luz, gritar. Pero me cayó encima un sueño pesado, antinatural, como si me hubieran puesto una mano húmeda sobre la cara. Era algo que me obligaba a dormir.
Y en esa lucha, lo escuché: un ruido seco en la trabe que separaba el cuarto de la cocina. Como si alguien grande y torpe hubiera tropezado.
Me helé por completo. Luego el silencio otra vez.
Hasta que el colchón se movió.
Algo se había subido a la cama. Desde los pies. No caminaba. Gateaba. Podía sentir cada una de sus rodillas, cada una de sus manos hundiéndose en el colchón. Lento. Pesado. Acercándose.
Hund... hund... hund...
Cada vez que avanzaba, la cama se hundía más, y mi cuerpo se iba deslizando un poco hacia él. El olor a tierra mojada y a humedad empezó a llenar mis fosas nasales.
Quise gritar el nombre de mi esposo, pero no me salió la voz. No podía moverme. Estaba paralizada.
Se detuvo justo tras de mí. Sentí su respiración fría en mi nuca, y entonces, muy despacio puso encima de mí su mano fría. Como abrazándome.
Respiraba con la boca abierta, pegada a mi nuca. Podía sentir su aliento frío estrellándose contra mi espalda, una y otra vez.
«¿Quién eres?», me pregunté por dentro.
Estaba atrapada en un lapso de tiempo donde el reloj no camina. Un mundo desconocido del que toda la vida dudé y del que me burlé... pero sí existe.
Existe entre la oscuridad de la noche y la vulnerabilidad más pura de la soledad. Ahí es donde ellas te brindan compañía. Quizás sean almas que vivieron siempre en soledad y murieron solas. Quizás buscan traer un poco de paz a sus almas perdidas para sentirse aliviadas. Por eso buscan la compañía de los vivos. No te hacen daño, porque no te quieren soltar nunca más.
Un tierno abrazo helado en la madrugada.
Solo recuerdo que así como llegó, se fue. Se alejó resbalando por la cama. Gateando, como un animal que no quiere hacer ruido.
Oí el golpe. El mismo golpe, entre la cocina y la habitación.
¡Y pum! Volví a mi mundo. Sin aliento. Con el pecho vacío.
La claridad de la madrugada empezó a asomarse por la ventana. Creo que fue eso lo que alejó a mi perturbador amigo de mi soledad. Por ahora.
En el trabajo se lo platiqué a una amiga. Ella trató de tranquilizarme diciéndome que existe la parálisis del sueño. Y aunque no me convenció del todo, me tranquilizó un poco. Aunque yo sabía que había más cosas raras aparte de lo que trepó a mi cama.
Y así, día tras día, ese ser regresaba. Cada madrugada. A la misma hora.
Fue tan frecuente que después empecé a temerle menos. Te acostumbras al abrazo helado. Te acostumbras a no respirar.
Lo que no me explicaba era por qué me sentía observada cuando caía la noche. Veía sombras afuera. Oía ruidos. Otras... ¿Cuántas hay? Porque unas todavía habitan la oscuridad de la huerta... y otras se quedaron adentro. Conmigo.
Un día de tantos, decidí averiguar qué era. Estaba totalmente paralizada, pero necesitaba saber qué me acompañaba cada noche. Pedí de corazón poder moverme. Solo un poco.
Y funcionó.
Empecé a mover los dedos de un pie. Después todo el pie. Luego logré moverlo hasta la rodilla. Comencé a recorrer con mi pie su extremidad.
Y efectivamente, era un pie. Casi como los nuestros, solo que muy delgado, como si solo un poco de piel cubriera el hueso. Frío. Tieso.
Ahí entendí. No solo era un alma: tenía cuerpo, pues lo pude tocar.
Y desde ese día entendí que esa cosa de otro mundo me eligió a mí. Y se sentía bien cuando me hacía compañía.
Después me fui de ahí. A vivir a otra parte.
Pero cada noche sueño con esa casa. Tan frecuente... Sueño que vuelvo y digo: «¡Siempre! ¿Por qué he vuelto si yo no quiero?». Es como si la casa me llamara. Me entra una necesidad de volver ahí….. mi alma grita deseperada por volver a senir el abrzo de media noche. Pero tengo miedo de que ese ser quiera venir conmigo y quizás ahora sea malo conmigo por todo este tiempo que lo deje en soledad.
Supe que vivieron más personas después de mí. Se fueron muy pronto. Platicaron que había cosas malas en la casa. Que en las noches los agredían: rasguños, golpes, gritos con rabia, lamentos con dolor.
Ya no era solo un abrazo. Ya no buscaba compañía.
Ahora estaba enojado.
Quizás Porque yo me había ido quiere que regrese .